Ventanas

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abril 23, 2013 por anagomez

El sol quiere morder, pero todavía necesito una chaqueta gris para asomarme a la galería a fumar. Al otro lado de la calle veo unas cortinas moverse y recuerdo que hoy detrás de esas cortinas puede vivir quien yo quiera.

 

Dora abrió los ojos aquella mañana y se fijó en la mancha junto a la ventana. Había crecido durante el invierno y ahora el calor la secaba desde fuera hacia dentro, formando dibujos terrosos. Se levantó y se puso el uniforme de la cafetería sobre la camiseta de tirantes con la que había dormido. En la calle sólo se cruzó con una pareja que había salido la noche anterior y todavía no había vuelto a casa. Hacia las cuatro de la tarde Tomas entró en el local y ocupó una de las banquetas de la esquina. Mili avisó a Dora con un codazo y un guiño y ella le sirvió café en una taza. Después contó todos los billetes y las monedas de la caja y recogió su chaqueta gris. Tomas salió detrás de ella dejando unos céntimos sobre la barra y mirando al suelo.
- No entiendo por qué no quieres que lo sepan-, dijo él en la calle.
- No hace ni un año que murió, Tom-, respondió Dora mirándole con fastidio.
Cuando llegaron al apartamento de ella pusieron un programa en la televisión y se abrazaron en el sofá sin decir nada más. Por la noche Dora hizo una lista de la compra y la dejó sobre la mesa de la cocina, después colgó la camisa blanca de Tomas en la puerta del armario y cerró las cortinas. Al otro lado de la calle pudo ver a una chica cerrando la puerta de su casa al salir. Se había dejado la luz del pasillo encendida.

 

El sábado de madrugada Martín me recogió en la discoteca y fuimos a desayunar a mi casa. La ciudad todavía estaba desdibujada y por la calle sólo caminaba una mujer vestida con un uniforme rosa y una placa metálica en la solapa. Delante de un tazón de yogur con fresas y nueces le conté a Martín lo que tenía que escribir para el taller de escritura de Clara.

- Tengo que imaginar quién vive enfrente y después tengo que imaginar lo que ve desde allí.

- ¿En esa ventana?-, preguntó señalando unas cortinas blancas al otro lado de la calle.

- Exacto-, contesté.

 

Cuando Dora abrió los ojos, Tomas ya se había marchado. Se puso unos vaqueros, se recogió el pelo y se fue al supermercado. Compró detergente y un bote de judías con tomate y volvió a casa. Cerró las cortinas, se desnudó de nuevo y metió la mano debajo de la cama. Sacó una bolsa de papel de unos grandes almacenes con un montón de fotografías en su interior. Dora las extendió todas encima de la cama y buscó una en concreto. Se deshizo de las demás y se metió entre las sábanas con ella.
A mediodía volvió a salir de casa con el uniforme puesto. La cafetería estaba llena de familias ruidosas y grupos de amigos y Dora apenas se dio cuenta de que Tomas se había hecho un hueco en la barra. Otra camarera que no era Mili le llenó la taza de café. Poco a poco el establecimiento se fue quedando en silencio y cuando ya había oscurecido, Dora cogió su chaqueta gris y se despidió de sus compañeras, que sonreían en el interior de la cocina. Tomas la esperaba fumando apoyado en la pared.
- Mañana no podré venir a buscarte. Tengo que ir con los niños al cementerio-, comentó él, caminando a su lado. Ella no dijo nada.
En cuanto llegaron al apartamento se quitaron la ropa y se metieron en la cama. Dora se durmió mirando la mancha de la pared, iluminada por las luces del piso de enfrente.

 

Ayer por la tarde quedé con Rita y con Salva en una cafetería sin identidad. Detrás de las conversaciones apresuradas se escuchaban la voz de Otis Redding y un rumor de olas de otra época. Había conseguido librarme de mis sombras casi por completo y podía planear fiestas de cumpleaños extravagantes y viajes en coches legendarios, todo ajeno a mi realidad, pero sencillo y cálido.

Cuando volví a casa la ventana de la casa al otro lado de la calle estaba oscura.

 

Dora se despertó sola un día más. Se levantó y metió las camisas blancas de Tomas en la lavadora junto a su uniforme rosa. Después puso las judías con tomate en una olla y llenó la bañera. Cuando salió del agua dejó el tapón puesto y se miró en el espejo durante mucho tiempo, estirando las arrugas de su cara y apretando los pechos con los brazos. La ventana de la habitación estaba empañada por la humedad. La limpió con la cortina blanca y vio a una pareja en la casa de enfrente. Charlaban y se reían sentados delante de una mesa en la que había tres rosas amarillas dentro de un jarrón. El timbre del teléfono sonó, haciendo reaccionar a Dora, que cerró las cortinas, pero no lo cogió. Abrió el armario y eligió un vestido ligero, se puso colorete en las mejillas y probó varios peinados. El teléfono sonó dos veces más y otra más mientras se calzaba unos zapatos cómodos.
Después de pasar la vista por la estancia, Dora cogió su chaqueta amarilla, la bolsa de papel con publicidad de unos grandes almacenes que guardaba debajo de la cama y salió de la casa sin mirar atrás. Cuando bajaba por las escaleras pudo oír el teléfono de nuevo.

 

Martín se ha marchado y estoy apoyada en la ventana de la galería fumando. He celebrado el día de las historias imaginando a Tomas al otro lado de la calle, calentando unas judías con tomate precocinadas, solo, en la oscuridad. Buscando la pintura que compró para arreglar la pared manchada hace casi un año.

Pero algo se mueve detrás de las cortinas y es real. Un visor, puede que el piloto de una cámara. De pronto me he dado cuenta de que yo también puedo ser observada en mi ventana.

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2 comentarios »

  1. Rosa dice:

    Me gustan las ventanas indiscretas.

  2. abaraz dice:

    Me encanta el juego como de espejos paralelos donde se van reflejando los personajes. Muy bueno

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