Tambores electrónicos. Parte II

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abril 4, 2013 por anagomez

Ayer a las nueve de la mañana Martín y yo nos dirigíamos hacia la casa de mi jefe con las manos apretadas dentro de los bolsillos. El plan era sencillo. Esperaríamos frente al portal hasta que le viéramos salir y le seguiríamos hasta el lugar en el que le había citado Alma.

Entramos en una cafetería desde la que se veía la fachada de ese edificio arenoso y nos sentamos uno junto al otro con El País sobre la mesa. No le prestábamos atención, sólo pasábamos las hojas y escuchábamos su crujido familiar.

Pedimos un café y un té y después dos zumos de naranja y después un bocadillo de atún con alcaparras y dos cañas y del portal sólo salieron una señora y un perro cabizbajo con un abrigo de pelo verde, un cartero comercial cargado con folletos y una pareja de adolescentes que se habían saltado la primera hora de clase, probablemente de matemáticas.

Unas cuantas personas ocupaban los taburetes del local como si lo hubiesen hecho cada día durante los últimos 26 años, mirando la televisión y perdiendo monedas rítmicamente en la máquina tragaperras.

Alrededor de las doce y media llegó Rita y una hora después Martín se fue a trabajar. Mi amiga había madrugado para poder avanzar en el diseño de la imagen de una cadena de panaderías, el más importante que le han encargado hasta el momento. Quería acompañarme en esta aventura novelesca, pero a mí me empezaba a pesar el papel de investigadora serena. Así que salimos de la cafetería con la imagen de un personaje ridículo que se atreve a hablar de transparencia desde una pantalla clavada en la televisión.

Llovía de nuevo en Madrid y lloverá hoy también. Antón y María querían saber si les necesitábamos, pero no había nada que hacer en aquel lugar. La puerta permanecía cerrada. Rita y yo nos acomodamos en un banco y hablamos y fumamos hasta olvidar lo que habíamos ido a hacer allí.

Hacia las seis de la tarde vimos aparecer el coche de Salva por la esquina y sin darnos tiempo a recordar la seriedad de la situación mi jefe salió del portal y se detuvo para mirar a ambos lados de la calle. No podía vernos detrás de una furgoneta oxidada y no había nadie más cerca, así que echó a caminar en dirección contraria. Rápidamente nos metimos en el coche y le seguimos manteniendo una distancia segura.

Si entraba en el metro Rita iría tras él, pero siguió caminando con la espalda muy recta y los brazos separados del cuerpo. Dobló la calle y se metió en un Mercedes tostado resplandeciente. Apenas podíamos seguirle por las callejuelas, sorteando peatones y jardineras, y cuando llegó al Paseo de la Castellana sorteó motos y semáforos. Después de varios kilómetros protegidos por la ciudad, de pronto se hundió en un subterráneo sin reducir la velocidad y nos quedamos a solas con las luces naranjas.

En nuestro coche se desarrollaba una escena histérica. Salva se inclinaba sobre el volante con un aspecto descolorido y los ojos irritados, Rita buscaba un emoticono que resumiese la persecución para enviarlo al resto del grupo y yo rodaba en el asiento de atrás, tratando de registrar todas las huidas posibles de aquel agujero. Éramos incapaces de mantener un volumen razonable y nos gritábamos unos a otros sin escucharnos.

Al cabo de unos minutos, los pasillos se estrecharon y el Mercedes entró en un garaje sombrío. Recogimos el ticket y atravesamos una barrera rayada tan real como los tambores electrónicos de nuevo en el interior de ese vehículo. Nos guiamos por las luces, las sombras y los sonidos respondidos por todos los muros. Mi jefe bajo tres plantas y detuvo el motor y nosotros nos quedamos una antes. Era más prudente que yo bajase la última pendiente andando.

 
 
Garaje2
 
 

Una oscuridad sucia y sofocante llenaba todo el espacio. Me pegué a una pared y avancé en silencio. De vez en cuando giraba la cabeza para reconocer a mis amigos acompañándome, pero temía que en cualquier momento una persona sin rostro apareciese al final de la cuesta. Entonces no tendría posibilidad de ocultarme ni de huir. Cuando llegué al final del muro me asomé. Tardé un momento en completar la dudosa claridad de esa cueva, pero al fondo pude ver a mi jefe, apoyado en su coche. Aquel escenario tenía algo común que no conseguía recordar. Unos minutos más tarde una mujer salió del ascensor haciendo ruido con unos tacones de madera. La pareja estaba demasiado lejos como para que pudiese entender sus palabras o sus gestos y todo duró menos de dos minutos. Sin previo aviso, la mujer volvió a meterse en el montacargas y mi jefe hizo rugir el motor antes de salir derrapando. Tardé menos de un segundo en pensar lo que debía hacer. Me escondí detrás de un coche hasta que el piso se quedó vacío y entonces corrí hacia el ascensor y escribí a Salva y a Rita para que siguiesen al dueño de la discoteca de vuelta.

Cuando salí a la calle la claridad me golpeó los párpados. Pensé que había perdido a la mujer misteriosa, a la anterior encargada del guardarropa, a Alma, pero pude escuchar sus pasos huecos doblando la esquina. La seguí de nuevo por el Paseo de la Castellana y de nuevo me metió por estrechas callejas con negocios de fotografía y restauración. Caminamos una detrás de la otra durante casi 50 minutos, como si hubiésemos podido ser amigas si no nos separasen siempre esos 20 metros. Finalmente se metió en un portal y yo me quedé sola, en la calle, hasta que me di cuenta de que no era sensato dejarse ver por allí y volví a casa para contar las novedades a los demás.

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1 comentario »

  1. [...] la respuesta. Quizá no la conocen. Y por la tarde busco la manera de seguir adelante. Recuerdo los tambores electrónicos que nos llevaron a la boca del lobo y la calma que se sucede y que siempre pasa. Reviso el correo [...]

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