Tambores electrónicos. Parte I

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abril 2, 2013 por anagomez

Antón ha metido los palitos de hojaldre con queso y semillas de amapola en el horno y el paté de anchoas se enfría en la nevera, la mesa está puesta y una oscuridad premonitoria se agarra a las paredes. Yo reviso mi correo electrónico, aunque lo hago de forma rutinaria. Estoy convencida de que la respuesta que di no es la correcta y puede que haya cerrado esa puerta definitivamente.

En la cocina Salva y Rita beben cerveza y discuten a mi compañero esa idea de acoso tan superficial que unos cuantos se empeñan en extender para hacer ruido. Son esos que se esconden de nosotros en sus salones con apliques dorados, los que vuelven a inventar conspiraciones terroristas, los González Pons siempre a punto de ser imputados. Son los que pulsarán el botón rojo para seguir arrancando a las personas de sus casas y después se irán a comer una ración de bravas.

 

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Han olvidado por qué están en sus sillones de cuero envejecido y quiénes somos. Limpian los billetes de 500 euros que llegan en camiones de basura desde Suiza, saquean a los ahorradores estafados,  se rodean de gentuza y nos perdonan la vida cuando pedimos explicaciones.

Ha sonado el timbre de la puerta. Es Martín. El último miembro de este grupo disparatado que hemos formado para investigar a mi jefe.

Después de haber visto ese sobre y esa letra que ya me resulta familiar, tenía que entrar en su despacho. Él no cerraba la puerta de ese cuarto, pero siempre estaba por allí, saliendo y entrando, así que debía ser rápida.

El miércoles me metí en el guardarropa y no me moví. La discoteca había abierto para celebrar la Santa fiesta, pero fue una noche pobre. El jueves Martín me acompañó, como de costumbre, mientras la encargada nos miraba con su habitual chicle de vinagre en la boca. Cuando salí me sentí avergonzada. Parecía incapaz de reunir el valor suficiente para hacer algo importante por fin, así que me obligué a no retrasarlo más allá del viernes.

No pude comer durante todo el día y por la noche me vestí mecánicamente y salí a la calle con el abrigo colgado del brazo. No sentía el frío, pero temblaba igual. El local se iba animando rápidamente y yo notaba el corazón latiendo al ritmo de los tambores electrónicos. Mis amigos habían querido ayudarme, pero yo sabía que si estaban por allí Laura no me quitaría la mirada de encima.

Hacia la una llegaron varios tipos encorbatados y muy borrachos. Se plantaron delante de mí acompañados por una encargada aparatosa y servicial y fueron dejando sus abrigos sin soltar ni una sola moneda en mi bote metálico. De repente se me heló la piel. Allí estaba David L. con su habitual balanceo, pero él ni siquiera me miró.

Laura me hizo un gesto para que fuese al despacho del jefe a avisarle y supe que no tendría una ocasión como aquella. Llamé a la puerta y salió dispuesto a soltarme uno de esos siniestros pensamientos que tanto le divierten, pero en cuanto vio a sus amigos se olvidó de mí. Y entonces me colé en la habitación. Sólo tenía unos segundos antes de que ese gorila recordase que yo estaba allí para atender a sus ridículos caprichos, así que empecé a rebuscar por la mesa. Todo estaba revuelto y apestaba a sudor y a tabaco. Facturas, botellas vacías, un cortaúñas, gafas de sol. Sólo era capaz de escuchar un gemido patético que salía de mi garganta. La pobre bombilla del techo daba un aspecto de pensión enmoquetada a la estancia. Y por fin la encontré, cuando ya estaba a punto de irme corriendo, en la papelera. Estaba arrugada y olía a alcohol.

 

Carta

 

 

Cuando salí del despacho no había nadie cerca. Volví a mi cuartucho y me bebí una copa casi sin permitirme respirar.

Al día siguiente estudiamos la carta de esa tal Alma, que había sido la anterior “polilla” del local. Citaba al destinatario en un lugar y un día que no conocíamos. Volví a perder el apetito cuando Rita confirmó lo que todos estábamos pensando.

- Tienes que volver a entrar en el despacho.

Esa noche no noté mi corazón ni quise gritar desde el estómago, sólo sentí una extraña tristeza. Veía a mi jefe salir constantemente de ese cuarto, pero no me decidía y las horas pasaban sin darme una tregua. Quedaban pocos abrigos en mis perchas, cuando vi desaparecer al jefe y la encargada detrás de las cortinas. Entonces salí corriendo y me metí en el cuarto cerrando la puerta detrás de mí. Sabía qué debía buscar. En la pared había un calendario en el que estaba todo apuntado. Pasé las páginas frenéticamente y no encontré nada inusual. Existía la posibilidad de que el día X hubiese pasado y eso me desanimó, pero entonces vi su teléfono móvil sobre la butaca. Oí voces fuera, pero debía correr el riesgo. Me metí en sus citas y allí estaba: MIER. 3 de abr. Alma.

Volví a dejarlo todo como estaba y me acerqué a la puerta. Fuera la encargada preguntaba por mí. Abrí una rendija y la vi frente a la entrada. No pude evitar darme el gusto de volver a la garita y poner mi cara más inocente.

Ahora estamos todos sentados alrededor de la mesa, comiendo palitos de hojaldre y haciendo planes. Mañana os contaré más.

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7 comentarios »

  1. Rosa dice:

    Cada vez más emocionante

  2. Néstor dice:

    Genial!

  3. jesus maria moreno solanas dice:

    “No sentía el frío, pero temblaba igual” Me encanta la frase.

  4. Paula dice:

    Me encanta, qué bien escrito y qué intríngulis…

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