Ritmo

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diciembre 10, 2013 por anagomez

Efectivamente, Antón y yo compartimos silencio y canelones en la encimera de la cocina. Hace más de una semana. Hoy todo es diferente, la soledad nos está ganando una partida más y ya no quedan recetas ni pasos de María en el portal.

Se marchó en medio de una tormenta de la que yo ya no puedo escapar.

Siento haber asustado a mis amigos y me esforzaré por contar todo lo que pasó desde aquel viernes.

 

29 de noviembre

 

El día despertó en aquella oficina con cristales velados y ritmo inquieto. No había olvidado la cita en el garaje, pero había vuelto a concentrarme en la rutina, en los anuncios de perfumes y préstamos fáciles.

Aquel personaje que había dirigido mi vida durante varios meses había huido sin atender a nuestras preguntas, pero el miedo que había visto en sus ojos era una respuesta. Tenía que descubrir qué inquietaba a ese grandullón inconsciente y lo hice.

A las tres en punto apagué el monitor, buscando Changes entre los temas de David Bowie en el teléfono, y entré en el ascensor de la oficina detrás de un tipo que permaneció de espaldas a mí. Cuando salió se despidió del empleado de seguridad y entonces me quedé rígida en mitad de la recepción.

Conocía aquella voz. Sus palabras estaban grabadas en mi cerebro: “No sabes en lo que te estás metiendo, déjalo estar si no quieres tener problemas muy serios”.

Era imposible que todo aquello fuese casual. Apenas una semana atrás había vuelto al garaje en el que trabajaba y ahora estaba allí.

Sin pensarlo fui detrás de él. Puede que yo también sea una inconsciente o que esta historia sin fin me haya convertido en alguien diferente.

Me mantuve a distancia y le vi dar la vuelta al edificio por una calle por la que nunca había ido y de repente se coló en un pasadizo precipitado. Dejé pasar un par de minutos y nadie entró o salió de allí, así que me acerqué. Estaba prácticamente sola y tuve que concentrarme en el compás que marcaban mis botas para no salir corriendo. Entré en aquel callejón que atravesaba las entrañas de la oficina. Sabía lo que iba a encontrar cuando llegase al final, pero de pronto escuché pasos al fondo. Me escabullí sin hacer ruido y me fui directa al metro, buscando The man who sold the world en la pantalla del móvil.

 

30 de noviembre y 1 de diciembre

 

El fin de semana prometió miles de minutos rebeldes y se marchó sin despedirse, agarrado a la guitarra de María.

Martín estuvo fuera de Madrid hasta el lunes y Salva pasó el sábado con su familia, así que intenté no aburrirme con mi compañía. Desayuné tostadas con nocilla, me reconcilié con el gimnasio y releí la Carta a una señorita de París. Encendí la televisión y la apagué cuatro veces, di un paseo por el Canal de Isabel II y deseé no haber visto todavía la película que cambiará mi universo. Busqué un regalo, comí pipas, ojeé El País.

Confirmé que la realidad es más absurda que los conejitos vomitados por Cortázar, que las políticas de cuchilla se complementan con patéticos spot navideños, que Robin Hood llena grandes carteras falsificadas con billetes robados a los pobres para hacerse rico y que ese cobarde del sillón más grande sigue haciendo un muro con nuestras opiniones. Todos defienden la misma patria y no es la tuya.

 

2 de diciembre

 

De nuevo la mañana llegó cuando ya me había encerrado en ese espacio degenerado. No podía pensar en nada que no fuese aquel pasillo, pero tampoco importaba. Durante 8 horas tuve la certeza de que era la protagonista involuntaria de una comedia negra y quise saber cuántos espectadores tenía, así que a las tres en punto volví a dar la vuelta al edificio.

Busqué un lugar seguro al otro lado de la calle y pasé al menos una hora vigilando la entrada a esa realidad perversa. No pasó nada. Nadie entró ni salió y apenas pasaron un par de coches por delante. Daba la impresión de que fuese un territorio ajeno a la ciudad.

Y por fin decidí entrar. La sensación de pánico que había tenido el viernes anterior me volvió a dominar, pero fui capaz de avanzar.

Durante varios metros el pasadizo se estrechaba a ambos lados, pero de pronto se abrió en una especie de patio con una claraboya que dejaba entrar una luz mentirosa. Había llegado al final del recorrido. Frente a mí había una puerta metálica protegida por un panel numerado y por aquella imagen.

La había encontrado. Era la araña que David L. había enviado a mi Alejandro a través de DUD.

Durante unos segundos no supe qué hacer y después me acerqué a la puerta y la empujé, pero no se movió. Entonces sonó mi teléfono dentro del bolso y volví a correr lejos del caos.

Cuando llegué a casa de Martín le hablé de todo ello, aunque mi mente sólo podía concentrarse en un número. Pensamos avisar a la policía, pero no teníamos nada que contar que motivase la entrada en ese sitio ajeno, de manera que sólo podíamos hacer una cosa.

Cuando nos acostamos seguía repitiendo esa cifra armónica: 5481.

 

3 de diciembre

 

Me desperté convencida de que recordaría ese día el resto de mi vida y me despedí de Martín en la entrada del metro.

Ya no veía ninguna razón para meterme en aquella oficina de cartón piedra, pero debía mantener la sensación de normalidad. Durante toda la mañana busqué algún indicio de lo que estaba sucediendo realmente allí, pero nada se salió de lo común.

Cuando salí a la calle Martín me esperaba. Le cogí de la mano y le guié. Repartimos el temor y el coraje y respiramos el último pedazo de libertad antes de marcar los cuatro dígitos en el panel. La puerta se abrió y se cerró detrás de nosotros con un ruido incondicional. Nos dimos la vuelta sobresaltados y allí estaba él.

- Bienvenidos-, dijo sonriendo-, les esperábamos desde hace mucho tiempo.

 

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