Soñar arañas

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agosto 20, 2013 por anagomez

Cuando me desperté la araña seguía allí. Dejé los cuentos de Monterroso germinando sobre la mesilla y me arrastré hasta la cocina. Delante de una rodaja de sandía compartí la mañana del domingo con familias de uno a siete miembros, con pan, azúcar y leche fría sobre manteles de plástico, con periódicos tibios, camisetas amarilleadas y música que entra en todas las casas pero no sale de ninguna ventana.

Después de una noche lunática por fin encontré armonía en mi soledad y pude organizar la verdad encima de una mesa de madera.

El viernes había llegado a la discoteca tarde y había tenido que soportar el ingenio agresivo de Laura. La noche parecía tranquila al otro lado de mi mostrador, así que pude concentrarme en un sudoku killer que jamás conseguiré completar.

 

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Recordaba las madrugadas que había pasado frente a Martín en aquella cajonera. Recordaba momentos en los que había creído que toda aquella locura merecía la pena, pero ese viernes no sabía que pensar. Y de repente se plantó delante de mí. No Martín. Ese David L.

- Hola guapa-, me dijo con una voz suave que me espantó.

Intenté que mi gesto fuese neutro, pero notaba cómo mis pómulos se endurecían en una mueca descontrolada.

- Voy a dejar mi abrigo por aquí-, continuó, acercándose a mi cara con su aliento vulgar.

Apenas pude sostener aquella chaqueta inoportuna, pero el apoderado ya había desaparecido tras las cortinas de la pista.

No conseguí pensar en otra cosa durante el resto de la noche y entonces le volví a ver entre todas las personas que salían con un balanceo solidario a la calle. Se volvió a quedar muy quieto delante de mí con una sonrisa sucia en la boca y la ficha con el número de su abrigo sujeta con fuerza entre los dedos. Lo cogió de mis manos rígidas, se lo puso con calma y rebuscó en los bolsillos sin dejar de enseñarme los dientes.

- Vaya-, dijo acercándose de nuevo-, esperaba encontrar algo dentro.

Y así desapareció de nuevo. Yo no pude dejar de tiritar hasta que el taxi que había pagado con todas las propinas de la noche me dejó en la puerta de casa.

Al parecer, soñar con arañas tiene un significado positivo, pero el sábado amanecí con una sensación dolorosa en el estómago. Llamé a Rita y juntas decidimos que esa noche llevaría la fotografía que había hecho llegar hasta mí, pero el terrible apoderado no volvió a aparecer por el local.

La noche se fue apagando triste y me marché cuando empezaba a amanecer. Fuera me esperaba él. No David L. Martín. Compramos pipas, nos sentamos en un portal y hablamos durante horas. Nos despedimos cuando los perros sacaban a sus dueños a pasear.

Desperté poco después y, efectivamente, la araña todavía estaba allí, pero también estaban el sol y una cafetera italiana.

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Martes y 13

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agosto 13, 2013 por anagomez

Hace más de una semana de aquel cigarro y del siguiente, pero todavía quedan preguntas por responder. Puede que las cuestiones no terminen nunca entre Martín y yo y que Jesús tenga razón, pero como dice Rosa creemos lo que queremos.

Estoy sola en la ciudad, incluso Rita ha huido, y las noches son suaves caníbales. Preparo tempura de calabacín y berenjena con miel y limón y escucho Hora 25, dejo pasar las horas, mientras una tela de araña soñada en el circo me va rodeando.

La verdad es una enorme mentira de la que nos quieren hacer cómplices, pero no se lo vamos a poner fácil.

 

Buzón

 

Es martes y 13 para dos personajes olvidadizos y mañana probablemente será otro día de mala suerte para la actualísima Dolores de Cospedal, mientras en mi discoteca acartonada cada noche es estéril. Nada ha cambiado después de haber recibido ese nuevo mensaje sin texto, una imagen premonitoria grabada en el techo de mi habitación cada vez que cierro los ojos.

 

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Martín no sabe dónde localizar a Alma, así que tendré que esperar a que vuelva a salir de su escondite para conocer más de esta trama.

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En el jardín secreto

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agosto 6, 2013 por anagomez

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- Pues aquí me tienes-, comenté sin mirar a Martín a los ojos. Cuando le había visto acercarse había tenido que apoyar las manos en la piedra caliente para recuperar la realidad.

- ¿Qué tal estás?-, preguntó sentándose en el banco. No cometió la torpeza de abrazarme y dejó espacio para quedar uno frente al otro-. Parece que hace un siglo que no nos vemos-, comentó breve.

- Hace más de dos meses-, respondí con los ojos fijos en nuestros pies fronterizos. Entonces me di cuenta de que no le había conocido en verano, con ropa fina y la piel tostada.

- ¿Cómo va todo?-, insistió.

- Supongo que ya lo has leído-, contesté afilada.

- Prefiero que me lo cuentes tú.

- Pues va…-, las letras me habían dejado sola en aquel Jardín del Príncipe de Anglona-. No lo sé. Estoy triste y enfadada…-, no había tenido tiempo de poner nombre a todo lo que había dejado que pasara-,  y perdida.

- Ya.

- ¿Me lo vas a explicar?-. Le miré a los ojos con el sol en mi contra y noté cada órgano debajo de las costillas.

- ¿Por dónde empiezo?-, quiso saber.

- Por el principio, por favor.

Se acomodó y rascó la piedra que nos separaba con el dedo pulgar.

- La madrugada del 1 de enero no te buscaba a ti en la discoteca,- hizo una pausa y me miró a los ojos como un actor que necesita la aprobación de la primera fila de butacas-, buscaba a Alma-. Le costaba encontrar la manera de decir aquello-. No la conocía, sólo había hablado un par de veces con ella y me había parecido una chica triste.

Entre los rasgos que había repasado una y otra vez en su cara, algo me resultó ajeno de pronto.

- Después desapareció sin más-, continuó- y llegaste tú a ese antro. Desde entonces sólo te busco a ti-. Tuve que encogerme para conseguir que el aire de aquella mañana llegará a los pulmones.

- ¿Qué es lo que no me estás contando?-, las preguntas se amontonaban desordenadas-,  ¿por qué la buscabas?-. Empecé a sentirme incómoda en el papel de inquisidora.

- Porque la última noche que la vi pasó algo extraño-, explicó-. Yo estaba cerca del ropero y vi a tu jefe agarrarla por el brazo y decirle algo-. Miró las ramas como si le ayudasen a recordar aquella noche-. Estaba muy cabreado y le hablaba muy cerca. Quise hacer algo, pero ella no parecía asustada-, aclaró-. Se soltó de un tirón y le contestó con una sonrisa muy siniestra en la boca.

- ¿Te contó qué había pasado?-, pregunté con urgencia.

- No, sólo me dijo “cosas de trabajo” y se metió en el baño. Cuando salió tenía los ojos muy rojos. No la volví a ver-. Terminó su relato, regresando a nuestro banco de verano.

Me cogió la mano con ternura y entendí la advertencia que me había hecho sobre ese jefe violento cuando todavía nos estábamos reconociendo y su insistencia para que olvidase el asunto.

- No he dejado de preocuparme por ti-, comentó como si le hubiese transmitido mis reflexiones a través de la yema de los dedos. Y entonces me aparté de nuevo.

- ¿Y la foto?-. Las dudas nos rodearon de nuevo.

- Hace un mes y medio me la encontré-. Mi expresión le obligó a justificarse-. Yo no lo planeé.

- ¿Qué quería?

- Me preguntó por ti-. Martín volvió a detener el tiempo y a las personas que nos rodeaban-. Quise saber por qué te había mandado aquellas notas-, explicó con prisa-, le pedí que me dijese qué pasaba en la discoteca, con el boxeador y sólo me dio largas. Pero cuando le pregunté por la página esa, Do ut des, te juro que no sabía de qué le hablaba.

Las sombras se deslizaban silenciosas hacia mis pies.

- ¿Por qué no me lo contaste?-. Aquella parecía la pregunta que más le costaba responder.

- No lo sé-, habló con el cuerpo más que con la garganta-, te había pedido tantas veces que lo dejases y tenía tan claro que no lo ibas a hacer-. Quería decir mucho más, pero no sabía cómo.

Encendí un cigarro y se lo di. Necesitaba saber mucho más, pero yo también quería contarle que había recibido un nuevo mensaje.

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Reflexión

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julio 30, 2013 por anagomez

A veces la realidad es una auténtica cabrona. Después de golpes como el del pasado miércoles los minutos parecen diferentes. Cuesta seguir tachando días en el calendario con la tranquilidad con que lo hacíamos antes de que sucedieran. Es inevitable seguir caminando, pero ya no olvidaremos a 79 personas que perdieron sus vidas en un instante dolorosamente cruel.

A mi alrededor la verdad mantiene un caos ligero sin sentido en estos días de tristeza sin control. Vuelvo a la discoteca cada noche esperando una respuesta limpia a ese desafío que lancé desde un lugar más seguro, pero mi jefe mantiene su desprecio por los seres insignificantes y no he vuelto a ver a un David L. siempre imprevisto.

No puedo evitar pensar en Alma, esa “polilla” que ha vuelto a mi realidad con violencia. Quizá su relación con Martín sea la clave de todo este misterio, pero por el momento no lo puedo saber.

Mis amigos han entrado en un estado de inestabilidad que se suma inevitablemente al calor. María terminó siete exámenes y ha vuelto a casa para descansar y Antón ha conseguido un nuevo trabajo temporal como monitor de campamentos de teatro para niños. Me han dejado sola en una casa que tiene más esquinas y más ecos de los que conocía.

Varias veces al día he tenido la necesidad de abrir el cajón de mi escritorio y buscar algún detalle de esa fotografía que explique las sonrisas encontradas de esos personajes que me han provocado tantos sentimientos en apenas siete meses.

Y entonces Martín volvió al presente. El sábado de madrugada preparaba pan tostado con paté de aceitunas negras y alcaparras cuando recibí un mensaje que me obligó a sentarme.

 

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Necesito una explicación. Necesito volver a verle cara a cara para saber si lo que me cuenta es real.

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Juegos de azar

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julio 16, 2013 por anagomez

Jugué a los detectives y perdí. Pasé tres noches delante del portal del tal Diego esperando que me llevase hasta la persona que debía recibir ese sobre que empezaba a pesarme, pero no se movió de su madriguera alfombrada. No fue necesario. Todo quedó claro frente a un café que no merecía azúcar.

La semana se resignó y yo huí del cemento el domingo temprano. El tren me llevó a la costa, a las tardes sencillas, pero no pude librarme de lo que había descubierto en ese papel prohibido.

El salitre pegado a los tercios de cerveza rellenó los vacíos, la tristeza, pero la pasada noche trajo silencio. Hacia las cuatro me senté delante del ordenador y escribí: “Entregado”.

En el momento en que envié el mensaje a David L. desde la cuenta de correo del falso Alejandro el sueño me recuperó. La luz de un cielo despreocupado con olor a tostadas me abrió los ojos, caminé descalza por la playa y respiré fuerte. Comí mejillones con salsa picante y participé en uno de esos momentos que sólo se comparten con la familia alrededor de una mesa con platos vacíos y copas llenas, como la caída del muro de Berlín, el quinto Tour de Indurain o el último capítulo de Cristal.

Un momento protagonizado por ese Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, para desgracia de la mayoría absoluta, un tipo que cuida a sus buenos amigos de Pontevedra, ABC y Soto del Real, que vende propaganda al mejor postor y censura a los medios con intereses encontrados, que nos cree igual de ignorantes, embusteros y miserables. No lo somos. El tiempo de las excusas escritas en un papel ya pasó, ahora es el de la auténtica soberanía popular, la indignada y la educada. No nos intentéis cargar con vuestros complejos.

Un momento vergonzoso que nos unió en la indignación y que sólo el absurdo más elegante puede relatar sin decepcionar.

 

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Pero a pesar de la realidad y de las olas no puedo ignorar esa fotografía con la que he cargado durante tres noches sin saber, esa imagen que muestra la sonrisa imposible de Martín, una sonrisa que devuelve la misteriosa Alma con sus tacones, una imagen que me obligó a huir en el primer tren de cualquier espacio compartido con esa intimidad inimaginable y traidora. Sonrisas que encierran un instante de la vida de ambos o puede que toda su existencia.

Ha llegado el momento de dar la cara en esta partida de tramposos, porque después de varios días a oscuras he llegado a la conclusión de que sólo hay una persona que conozca a la que puede interesar el contenido de ese sobre. Yo.

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Los buenos, los malos y los demás

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julio 9, 2013 por anagomez

 

La tercera noche apenas aguantó un par de horas frente a aquel edificio huérfano. Se caló el sombrero y se enredó con las sombras lejanas de la ciudad. En su despacho le esperaba una botella de bourbon dentro de una bolsa de papel cómplice.Dejó el abrigo sobre una silla coja y sacó el sobre de su bolsillo. Los letreros luminosos de otras vidas le permitían ahorrar la luz de aquel cuchitril en el que llevaba demasiado tiempo atrapado. Miró de nuevo aquel trozo de papel sobado y pensó en el misterio con el que se había dejado relacionar. Nadie que conociese sabía qué contenía ni a quién iba dirigido, pero la verdadera incógnita-, pensó-, es si me convierte en parte de los buenos, parte de los malos o parte de los otros.Después de unos minutos se durmió con los pies sobre la mesa. Lo que soñó no es más importante que lo que no cenó, al menos para este relato.Por la mañana el sol esperó en la escalera de incendios a que despertase. Cuando abrió los ojos se asomó a la ventana y percibió la podredumbre habitual entre los pies rápidos de los comunes. La corrupción y el vicio se habían hecho con los despachos y el poder se ejercía desde celdas preventivas.

 

De nuevo calculó la influencia que aquella carta tenía sobre su independencia, se lavó la cara y volvió a un puesto de vigilancia descorazonador. El inquilino de aquel piso había resultado ser un secundario muy obstinado. Tenía que guiarle hasta la persona que debía recibir el recado secreto, pero durante tres noches se había negado a abandonar el edificio.Un coche de policía pasó por delante del banco en el que leía el periódico. Sus ocupantes le miraron con recelo durante varios segundos, pero después del primero ya había tomado su decisión.Cogió el periódico y caminó hasta encontrar una cafetería silenciosa. Recorrió el local y se sentó frente a una mesa digna de compartir secretos valiosos. Tenía tanta hambre como dinero para pedir huevos y café negro. Esperó a que llegase la comida con el cuchillo en la mano y en cuanto la camarera se dio la vuelta rasgó el sobre.De nuevo en el despacho el café se volvía cada vez más amargo. No lloraba por mí-, recordó que decía su viejo amigo Marlowe-. Era tiempo de que derramara algunas lágrimas, simplemente, Martín.

 

 

Marlowe despacho

 

Semana negra de Gijón, 5 a 14 de julio de 2013…

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Derribando muros

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julio 2, 2013 por anagomez

No consigo decidir qué música es la adecuada para ambientar un misterio cuando el sol se niega a marcharse. Puede que Woody Allen tuviese una solución diplomática para esta crisis. Llevo dos días mirando ese sobre junto al ordenador y no he averiguado qué contiene ni qué debo hacer con él.

Soy incapaz de concentrarme en la realidad de la pantalla, en las verdades y las mentiras que se suceden y que dejan de interesar pasadas las dos horas de digestión legítimas, en personajes grotescos que comparten gomina y puro en el módulo IV de Soto del Real como lo hicieron en la boda de la hijísima y en el término imputación, que ha perdido inmensidad desde que se escribe en cursiva en las tarjetas de visita de docenas de ex consejeras-diputados-directores-delegadas.

He pasado dos noches sin poder borrar la imagen de Salva frente a mi puerta con ese sobre en una mano y una botella de vino en la otra. Durante una hora le grité mientras él preparaba crêpes con queso y pistachos en silencio. Todavía me asusta pensar en lo que le podía haber pasado.

Voy de una página a otra apuntando ofertas de trabajo que me saquen de este Madrid noctámbulo y esquizofrénico, sin perder de vista ese papel envejecido y sellado. Sin poder olvidar a mi amigo sentado frente a mí, bebiendo vino y esperando a que me templase para contarme lo sucedido.

- Así que has ido allí-, le animé finalmente.

Sonrió tranquilo y asintió con la cabeza.

- Pero, ¿cómo sabías la dirección?-, todavía no podía creer lo que había hecho.

- Nos la dijiste después de haber ido tú-, contestó.

- ¿Y?

- Llamé a la puerta 35 y me abrió el tipo con bastón y me preguntó qué quería-, respondió dando un trago-. Yo llevaba pensado el número y se lo dije.

- ¿5481?-, notaba la rigidez en la boca.

- Sí-, comentó mientras dibujaba la cifra con el dedo sobre la mesa-. Se quedó mirándome extrañado y pensé que me iba a cerrar la puerta en las narices, pero entonces le dije que iba de parte del boxeador y puso una cara de terror que me dejó acojonado.

Le miraba sin poder sacar una sola palabra de la garganta.

- Me pidió que esperase y se metió en la casa-, siguió con su relato-. Intenté cotillear un poco, pero sólo se veía el pasillo. Después de un rato salió con el sobre y me lo dio.

 

Sobre

 

- ¿Cómo se te ha ocurrido hacer algo así?-, quise saber preocupada.

- Era algo que tú no podías hacer-, dijo encogiéndose de hombros-. Hay más.

Hizo una pausa dramática y yo bebí para ayudar a tragar lo que venía.

- Me dijo literalmente: “Esta es la última puerta que debes cruzar. No abras el sobre ni intentes averiguar qué contiene. Sólo encuentra a alguien a quien entregar el mensaje”. Y cerró.

Ninguno de los dos ha averiguado que significa, pero Salva me ha sacado del laberinto derribando muros y yo tengo el deber de encontrar respuestas a este acertijo para él, para ambos. Aprovecharé la noche para ocultar el verano y dar con ese alguien, con la carta en una mano.

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En verano

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junio 25, 2013 por anagomez

Esa revelación daba la vuelta a aquello que había creído hasta el momento. Regresé a mi guardarropa con las piernas adiestradas y me quedé muy quieta, pensando qué sentido tenía todo.

Caminé sola con las manos dentro de los bolsillos y me escondí durante un par de horas en la galería del salón con el cenicero a mano. A mi cabeza venían imágenes de un garaje siniestro, el pasillo que llevaba hasta la puerta 35, varias notas huérfanas y una página web que no me permite avanzar, pero no conseguía relacionarlas.

Estaba amaneciendo y detrás de los cristales un color cobarde impedía adivinar la época del año.

 

Amanecer Alex Katz

 

Pero el verano ya calienta fachadas. Pone bermudas a los malvados para darles vacaciones, alarga tardes y extiende el olor del churrasco por las terrazas. Saca a los indignados a la calle y los mete en grandes auditorios, cierra aulas y el muy deficiente Ministro de Élites aprovecha para ponerlas en venta.

Algunas aventuras terminan aquí, otras se aplazan y otras se empiezan a soñar. Yo me despido de mis compañeros del taller de Clara con una gran fiesta, pero sólo hasta septiembre.

 

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Las noches de calor no riñen con la melancolía de la ficción, pero yo no puedo dejar de pensar qué tengo que hacer, frente a una galería delatora tres veces a la semana. Sé que no hay vuelta atrás, pero cómo voy a acercarme a la puerta de un tal Diego que hace sólo un par de meses se despedía con la intención de no volver a verme. En este momento soy incapaz de seguir adelante sola así que os pido ayuda para dar el siguiente paso.

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Carreteras retorcidas

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junio 18, 2013 por anagomez

Volví a reunir al comité de crisis a las 10 de la mañana en el portal de Salva. Después de una ridícula discusión sobre el lugar que debían ocupar la sandía rellena de Rita y la mochila para imprevistos de su amigoamanteenemigoydenuevoamigo en el maletero, salimos de Madrid por la A-1 para celebrar la visita del sol de proximidad en alto.

- Aquí detrás nos vamos a quedar pegados-, comentó mi amiga despreocupada y yo sentí cómo mis hombros se hundían un poco, pero Renato Carosone me apartó de una pena que se quedaba junto a las cuatro torres. Con los personajes estroboscópicos, las exclusivas de calle y las fiestas de fin de curso delante de botellas de vino rebajado. Con el ridículo empresario de la Cavada en busca de nuevas víctimas y los mismos ricos con sus mismos codiciables.

Las carreteras se estrechaban y retorcían a medida que nos acercábamos a Patones de Arriba con una sandía cargada de ron dando vueltas detrás de nosotros.

Recorrimos las calles desiertas y guardamos el silencio de las piedras calientes para utilizarlo de vuelta. Subimos y después bajamos al rio. Nos sentamos alrededor de una mesa frente al  humus con bastones de zanahoria que había preparado Antón siguiendo la receta del Cocinero Fiel.

Después del segundo vaso de licor de sandía les enseñé a mis amigos el nuevo mensaje que había encontrado en esa página Do ut des dirigido a Alejandro: “Número 5481, su padrino le dará instrucciones para abrir la segunda puerta”.

- ¿Cómo piensas conseguir esas instrucciones?

- Es imposible que puedas hacerlo.

- Ahora sí que se ha acabado.

- Pásame la sandía.

De vuelta a la ciudad la carretera todavía tenía propiedades sedantes, pero frente a la discoteca aquella misma noche las alarmas volvieron a sonar. Cuando entré en el local Laura señaló con la cabeza al pasillo de forma despectiva y me advirtió de que el jefe estaba encerrado en el despacho y de que no quería ser molestado. Durante las últimas semanas había pasado mucho tiempo en aquella habitación.

Parecía que todo había terminado, pero de pronto se me ocurrió una idea. Llamé a Salva y le di el número de teléfono de la barra para que dejase un recado a los camareros haciéndose pasar por Alejandro y avisando de que pasaría por allí sobre las dos. Media hora después uno de ellos cruzó el pasillo y llamó a la puerta del cuarto privado del jefe. Salió de allí antes de que hubiese pasado un minuto, encerrando de nuevo los secretos.

Ahora tenía que conseguir que saliese y confiar en que hubiese dejado sus planes para mi alter ego a la vista. No pude evitar pensar en Alma, en cómo había conseguido acercarse a mí sin permiso. Ahora yo estaba haciendo lo mismo. Sus amenazas me parecieron súbitamente inocentes.

A las dos en punto respiré profundamente el aire corrupto del local y crucé el pasillo. La encargada había desaparecido dentro de la sala con sus amigas falsificadas. Llamé a la puerta y abrí una rendija.

- Hay un tipo que te quiere invitar a una copa-, le dije como una actriz sin talento-. Está dentro.

Saltó de la silla y echó a correr. Tenía que aprovechar ese instante. Entré y recogí varios vasos de la mesa tratando de encontrar algo. Uno de los cajones del escritorio estaba abierto, así que tiré de él y lo volví a cerrar al momento.

Intenté esquivar a mi jefe en la barra. Miraba en todas direcciones desesperado y cuando me vio corrió hacia mí acorralándome como en un viejo videojuego, me agarró del brazo y me preguntó cómo era. Le di un par de indicaciones vagas, dejé los vasos y volví a mi garita.

 

 

Allí pensé en lo que había visto en aquel cajón. Junto al número 5481 había escrito una dirección que me resultó familiar. Todo quedó claro cuando leí el número de la puerta: 35.

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En el circo

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junio 11, 2013 por anagomez

La pista central se iluminó de pronto. Estaba vacía y descolorida. En la carpa sólo se escuchaban mis pisadas. Caminé hacia un asiento de plástico rojo, sin preocuparme por las personas que me rodeaban. No sentía frío ni calor, cansancio o hambre, sólo esa sombría intuición de los sueños.

 

 

Un payaso triste salió a la arena para presentar el espectáculo. La grada rió sus ocurrencias, pero yo no pude escucharlas. Sólo le veía gesticular sin ganas y mover los pies desnudos en círculo.

El asiento junto al mío estaba vacío.

Una extraña multitud salió a la pista y desfiló con el payaso a la cabeza. Había acróbatas y gladiadores, un hombre bala voló suavemente sobre la grada con un gesto de dolor intenso y un ventrílocuo bajó las escaleras charlando con su disciplinado muñeco. Una pareja de trapecistas trataba de dar impulso a su columpio sin fuerza. Finalmente se dejaron caer derrotados sobre una gran tela de araña.

Los agujeros en la lona dejaban entrar una luz insoportable que buscaba las retinas.

Después de dar varias vueltas al recinto, los personajes fueron desapareciendo por un pasillo mullido con sus artilugios y olor a gasolina en la garganta y el público bajó la voz hasta desaparecer. En la pista central un foco empezó a moverse. Forcé la vista hasta descubrir un punto negro que se movía ágil.

De pronto me di cuenta de que se acercaba a la escalinata que llevaba a mi asiento y apreté los puños, incapaz de moverme.

 

Cuando he abierto los ojos he sentido un zumbido bajo los párpados. Me he levantado de la cama desorientada y he recorrido la casa. Estoy sola.

He preparado palomitas y me he sentado a leer las noticias en eldiario.es sin poder quitarme de la piel esa inquietud.

Todo sigue girando en torno al escenario de un agrio freak show en el que las pulgas saltan al ritmo del silbato de un maestro de ceremonias déspota y eventual con afán de protagonismo (ya había advertido que no mencionaré su nombre por temor a que se refleje al otro lado del espejo como un asesino sobrenatural de serie B). Mientras, González Pons sorprende al público más vulnerable con un número de escapismo muy fresco y el mago Capital hace desaparecer los billetes de los espectadores preferentes.

Además, los bufones Florianotti y Escuderi arrancan carcajadas con su aparatosa inocencia y fuera de la carpa se deleita a los presentes con un espectáculo de agua y fuego en una plaza encendida.

Y cuando empezaba a perder el eco de aquel sueño, he abierto un nuevo mensaje de David L. Apoderado.

 

Segunda Puerta

“Eres una persona desconcertante, Alejandro. Encajarás bien en DUD. David L. Apoderado”.

 

Un foco ilumina algo amenazador que se acerca a mi asiento para obligarme a participar en este espectáculo de pesadilla y recuerdo las palabras de advertencia y apoyo de Rosa y de Jesús.

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