Imágenes. Parte II

7

octubre 29, 2013 por anagomez

He necesitado dos semanas para ordenar este relato y para asimilar lo que implica. Frente a la pantalla iluminada todavía no he dejado de sentir el frío de lo que sé y de todo lo que aún desconozco.

 

El lunes pasado entré en ese edificio por la Corredera Alta de San Pablo. El sonido de la calle se apagó en cuanto pisé aquellos suelos oscurecidos por el abandono. Los escalones, una curva misteriosa, el cristal opaco y varios comercios consumidos contaban una historia común.

Todas las puertas estaban cerradas, todas las bombillas fundidas y las voces se acumulaban en balcones inesperados. Y al doblar una esquina confusa la vi. Apoyada en la fachada de la antigua tienda Langa, leyendo La conjura de los necios, Aquella conjura de los necios en la que guardo todas sus notas, esperándome.

Me miró acercarme, torpe, y sonrió.

Un año de dudas se acumuló en mi boca, pero no llegó a salir ningún sonido de ella.

- Veo que has conseguido encontrarme-, dijo con la garganta desentrenada.

A nuestro alrededor las personas no tenían rostro y caminaban despacio hasta desaparecer en sus propias vidas.

- ¿Qué hacemos aquí?-, pregunté.

Mis palabras llegaron a la cúpula de vidrio mojado, rompiendo la pesadilla y empujándome a aquel momento absurdo.

- Mi padre trabajó aquí-, comentó-, guardo un sello de la tienda.

La miré esperando una explicación que acabase de convencerme.

- Pensé que si de verdad estabas interesada en encontrarme harías un esfuerzo-, concluyó con desgana, buscando un cigarro en su bolsito rojo.

Quise sacar alguna palabra de mi estómago, escupir todo lo que había provocado con sus sentencias apáticas, obligarla a mirar lo que no era capaz de expresar en mis ojos.

- ¿Me puedes explicar qué quieres de mí?-, pedí con angustia.

Echó un hilo de humo en la otra dirección buscando un apoyo invisible y se acomodó en una cristalera triste.

- Necesitaba ayuda-, dijo-. Quería que alguien que no tuviese nada que ver conmigo metiese las narices en ese cubo de basura para saber qué pasa allí.

- No me sirve-, respondí nerviosa.

Tiró el cigarro al suelo y se encogió en su bufanda.

- Yo estaba con alguien-, explicó, recordando un momento doloroso-. Él me metió en el ropero de la discoteca. Durante un tiempo todo fue muy bien. Nos llevábamos muy bien entre todos, tomábamos copas juntos e íbamos a fiestas en casa del jefe.

Me miró buscando una señal de conformidad. Entonces recordé la reunión en la que había trabajado en aquel piso siniestro. Allí había recibido la última nota y había conocido a David L.

Todo lo que me contaba intentaba encontrar su lugar en esta historia en la que me atrapó a principio de año.

- Pero entonces todo cambió-, continuó-. Ese hijo de puta hizo algo que nos hundió a Diego y a mí.

No me sorprendió aquella revelación. Busqué más detalles en su gesto, pero sólo reflejaba odio y angustia. Le di un momento para que recuperase la distancia con aquello que había dejado cicatriz.

- Me fui de casa de mi novio-, quería acabar cuanto antes-, pero seguí trabajando allí durante varios años para intentar averiguar algo, hasta que ese cabrón me pilló en su despacho y tuvimos una bronca.

Por fin me miró a los ojos y me enseñó lo que llevaba guardado en las entrañas. Dio unos pasos y volvió a enfrentarse a mí.

- Martín estaba allí y lo vio todo-, apuntó en voz baja-. Después llegaste tú y el jefe me dijo que me marchase sin montar el numerito y no se apartó de mí, así que no pude decirte nada.

Recordé aquella coletilla que me había golpeado el estómago, “ya sabes nena”.

- Y después me dejaste la nota-, completé su relato.

Ella asintió y noté como sus hombros se relajaban. Era mi turno, así que traté de ordenar todas las preguntas que se amontonaban.

- ¿Por qué me amenazaste?-, tenía que ir con cuidado para evitar que huyese de nuevo.

Alma rebuscó dentro de su bolsito rojo y sacó una libreta pequeña con dibujos infantiles en la portada. Era un intruso con colores de chicle dentro de aquel vacío cenizo.

- Es mi diario-, lo abrió por la última página y fue pasando hasta la primera-. Cuando empecé a escribirlo mi vida era diferente.

Volvió hacia delante más despacio y pude ver varias páginas arrancadas. Había sacado las advertencias de sus propias anotaciones.

- Aquella noche te quedaste en la garita y yo me metí en el despacho con ese-, comentó con una mueca de desprecio, refiriéndose al boxeador-. Me dio un sobre con dinero para que dejase las cosas tranquilas. Cuando salí tú estabas con Laura en la entrada, así que metí esa página en tu libro. Fue lo único que encontré para advertirte y, realmente, me pareció apropiado-, sonrió con amargura.

Reviví el momento en el que había visto la nota por primera vez. “Este va a ser tu último año”.

- ¿A quién iba dirigida esa amenaza?-, presioné. No quería que cayese en aquella sombra otra vez.

- A mí misma-, recordó con voz ronca.

De nuevo quería guardar entre las columnas de aquella galería de Fuencarral sus misterios, pero me debía verdades. Así que saqué de mi propia mochila aquellas tres notas y las coloqué delante de ella en el suelo.

Nos volvimos a mirar a los ojos en silencio y ella encendió un cigarro más.

- Sólo escribí la última después de conocerte-, dijo mirando aquel papel. “Las predicciones se están cumpliendo”.

- ¿Por qué?-, exploté-, ¿por qué has jugado conmigo durante todo este tiempo? Las notas, el sello, siempre a escondidas, la gabardina, ¿qué esperas que haga por ti? ¿Qué esperas que piense de ti si me puteas para conseguir algo que no sé qué es?

Miró sus pies como una cría humillada, mientras yo daba pequeños pasitos a un lado y a otro con el ritmo del corazón en los zapatos.

- A Diego le gustaba mi forma de ser-, comenzó un nuevo relato incoherente, recuperando su arrogancia crónica-. Esos juegos que te molestan. Así es como soy.

- Me asustaste-, escupí acercándome a ella-. Me metiste en algo muy raro.

Me tragué todo el aire amontonado en aquel pasillo y esperé a que continuase.

- Lo siento-, tartamudeó como si fuese la primera vez que sacaba aquellas palabras de su interior-. Quería que te interesaras por lo que pasaba en la discoteca, pero hace un par de meses Diego me dijo que habías ido a su casa y que habías preguntado por mí y me entraron remordimientos.

No pude evitar una sonrisa a la altura de esas suyas, tan rojas y asimétricas.

- Entonces fui a ver a Martín-, siguió, aceptando mi reproche mudo-. La noche que vio mi pelea con el jefe me dijo dónde estaba su oficina, así que sólo tuve que esperarle en la entrada.

Ahora la que quería fumar era yo.

- Le pregunté por ti y me dijo nosequé de una página.

- Do ut des-, la ayudé-. ¿Qué sabes de eso?

- Nada-, aseguró inmediatamente.

De pronto unas lámparas colgadas en techos rebeldes iluminaron los rincones y por primera vez aquella tarde la creí.

- ¿Quién es David L.?-, ya no había motivo para guardar cartas en la manga.

Su mirada fue de nuevo sincera. Sólo me quedaba una gran pregunta que hacer.

- ¿Qué pasó con el jefe?

Alma la esperaba con terror, pero las dos sabíamos que no nos íbamos a marchar de allí hasta que la respondiese, así que la animé a comenzar cuanto antes.

- Fue el 3 de abril, ¿verdad?-, me miró rígida-. Yo también sé colarme en sitios a los que no he sido invitada-, apunté, recordando el garaje hasta el que había seguido a mi jefe.

- Sí-, respondió todavía confusa-. El 3 de abril de 2010.

Aquella chica había trabajado durante tres años en el guardarropa después de aquello, así que debía haber sido veneno para ella.

- Era sábado y yo había trabajado, así que llegué de madrugada a casa-, relató-. Diego no estaba allí. Me había sorprendido no verle en la discoteca; solía ir cada noche, como Martín cuando tú ocupaste mi puesto.

Tuve la impresión de que nunca sabría hasta qué punto me conocía, cuántas veces me había observado, cuándo había seguido el sonido de mis pasos, como había hecho yo hasta aquella puerta con el número 35.

- Me sorprendió, pero estaba tan cansada que no le di importancia-, reflexionó-. Creo que en parte me marché de allí porque me sentía culpable.

Una lágrima se escondió en su bufanda.

- Llevaba un par de horas durmiendo cuando llamaron por teléfono y antes de cogerlo supe que había pasado algo. Era la madre de Diego y me llamaba desde el hospital-, levantó la cabeza-. Le habían dado una paliza en un garaje y estaba en coma.

Se encogió entre aquellos muros tratando de envolverse en piedra.

- Se despertó después de varios días-, continuó-. Si no te importa no te voy a contar los detalles de la recuperación, pero ya te habrás dado cuenta de que tendrá secuelas de por vida. El caso es que nunca dijo nada, ni a su familia ni a mí ni a la policía.

Cada vez pasaban menos personas a nuestro lado, parecían comprender la gravedad de lo que Alma estaba descubriendo. Yo tampoco quería interrumpirla con preguntas intransigentes.

- Una tarde vino el jefe a verle y me pidió que les dejase solos-, recordó-. Cuando se marchó y volví a entrar en la habitación Diego tuvo una crisis que casi lo mata. Entonces empecé a sospechar que tenía algo que ver con la paliza, pero me volqué en la rehabilitación y me olvidé de todo lo demás.

Arrugó el paquete después de dar una calada que parecía capaz de sacarla de su pasado.

- Poco a poco fui confirmando lo que pensaba y me desentendí de la discoteca.

Aquella explicación era insuficiente.

- No fue por nada en concreto, sólo el miedo que intentaba esconder cada vez que hablábamos del jefe, el tiempo que habíamos vivido juntos. Lo conocía tan bien-, comentó dejando el dolor para refugiarse en la ira-. Y entonces les vi juntos como si no hubiese pasado nada. Tuve una bronca con Diego y me marché. Sólo le veo un par de veces al año, para que no se olvide de que aquello también me marcó a mí.

Se apartó de la pared y lanzó la colilla lejos, buscando la calle con la cabeza.

- Volví a la discoteca como si no hubiese pasado nada-, concluyó-. Sabía que Diego no diría nada para protegerme. El resto ya lo sabes.

 

Han pasado dos semanas de aquello y soy incapaz de olvidar la mirada de Alma cuando nos despedíamos. Tenía los ojos tan rojos como la boca, éramos casi amigas caminando una junto a la otra hacia el metro. Habíamos compartido unas horas intensas y yo había guardado su teléfono justo antes que el de Antón.

- De todas formas ya no estoy en el ropero.

Cuando le dije el nombre de la empresa en la que había empezado a trabajar me agarró el brazo con fuerza.

- Diego trabajaba allí cuando me metió en la discoteca.

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Imágenes. Parte I

3

octubre 22, 2013 por anagomez

Había dejado aquella fotografía sobre la mesa, con su reflexión a cuestas, peleando con el olor del pan tostado. Martín tampoco se atrevía a tocarla. Era la primera vez que se veía junto a Alma en ese papel peregrino, relleno con sonrisas molestas.

Así que nos fuimos a la galería para alejarnos de ella. Entre abrigos y mantas recordamos la conversación que habían tenido en esa discoteca delirante el pasado doscerodoce, aquel encuentro, cada vez menos casual, el robo de una imagen que vuelve, las notas que guardo entre las páginas de aquel libro que leía la madrugada del 1 de enero, conversaciones clandestinas en un garaje, amenazas, una gabardina abandonada en el perchero. Diego, el boxeador, David L.

Alma.

Agotamos un par de horas buscando la manera de localizarla, llenamos varias copas de vino y volvimos a encontrar un hueco para las verduras asadas entre la inquietud.

Esa noche conseguimos apartar la imagen sin sentido de nuestra realidad y al día siguiente me levanté para preparar café y me atreví a mirarla de nuevo. Pero sólo por la parte en la que había escrito su mensaje agotado. Y entonces descubrí dónde buscar.

El día de mi cumpleaños se llenó de presentimientos, pero el sol se fue cayendo y la noche tuvo otros protagonistas: Rita, Sergio, mi amiga Valentina, de 1º A, Antón, Carlota, que fumaba conmigo en el baño de aquel restaurante chino en el que trabajé, María, Fer y Yol, compañeros de muchos viajes, Salva.

Martín.

Esta realidad tiene dos caras y debo encontrar el vínculo entre ambas antes de que esa primera advertencia se cumpla este año, el número 30 para mí.

El domingo, mientras recogía las copas que se habían quedado a medias entre conversaciones caprichosas y huidas improvisadas, le enseñé lo que había descubierto a Antón.

- ¿Ves?-, le indiqué-, en la esquinita hay algo más escrito.

Él estudió el papel en silencio durante unos segundos.

- No entiendo muy bien lo que pone-, dijo alejándolo un poco-. Langa…

- Langa ópticos-, rematé.

Me miró sin comprender y enseguida sacó el teléfono móvil de alguno de los bolsillos de su pijama.

- Langa ópticos-, dijo mientras esperaba para que se completase toda la información en la pantalla-. Fuencarral 54.

Aquella dirección me abrasaba los párpados desde la mañana anterior y no había podido encontrar el establecimiento abierto. Hasta ayer.

Nunca había entrado en Langa ópticos y no encontré nada allí que me hiciese sospechar que ocultaba arañas asesinas en la trastienda. Era un local pequeño y muy luminoso, con un personal amable y estanterías cargadas de gafas de todos los colores.

- Hola, buenas tardes-, le dije al propietario-, he recibido una fotografía con su logotipo y me gustaría saber si usted sabe algo de ella.

Había tratado de encontrar una manera más sutil de abordarle, pero no había nada que justificase todas las dudas que tenía.

Aquel hombre cercano me miró con serenidad y después fijó su atención en aquel papel arrugado.

- Aquí está-, señalé de nuevo, tratando de impedir que leyese el incómodo mensaje de Alma.

- Sí-, comentó absorto-, ese es nuestro logo-. Colocó la imagen bajo una lente de aumento y después de unos instantes levantó la vista-. Pero esto no es nuestro.

Me tendió la fotografía y se quitó las gafas con un gesto cómplice de mi angustia.

Y entonces me dio la clave que necesitaba.

- No revelamos desde que estábamos en el Pasaje Mutualidad.

 

Pasaje mutualidad

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¿Nada ha cambiado?

4

octubre 15, 2013 por anagomez

El viernes recogí el correo cuando llegué de la oficina y subí las escaleras detrás de una vecina cargada con un perro peludo *. En la cocina el otoño jugaba con los colores, guardé la compra, abrí la ventana para compartir la suavidad del fin de semana y puse música.

 

 

María había salido a buscar calor abandonado en las terrazas de Malasaña y Antón llevaba varios días sin pasar por casa. Sus mensajes eran rompecabezas escritos con prisa. Rita había cogido varios días de vacaciones y se había marchado a Asturias con Sergio, ascendido de amigoamanteenemigoydenuevoamigo a amanteenemigoydenuevoamante. Y Salva también llevaba varios días desaparecido entre hojas de cálculo, certificados, cédulas y otros papelajos grises.
Lavé los pimientos, la berenjena y la cebolla y los metí en el horno caliente con aceite de oliva. Mientras se doraban puse dos copas de vino sobre la mesa y llené una, me abrigué con una chaqueta vieja y busqué en los bolsillos momentos de vidas pasadas. Un billete de metro, una piedra y una lista para comprar queso tierno y manzanas. Aquello había sido en mayo, en el cumpleaños de Martín. Ahora estaba esperándole de nuevo.
Era extraño recordar todo lo que había sucedido como si lo hubiese visto en una película empezada, aquella tarde tumbados sobre un banco, abrigados con una chaqueta vieja.
Parecía que nada hubiera cambiado, la misma justicia asustada frente a los todopoderosos, el mismo Gallardón riéndose de las mujeres que no tienen miedo y un renovado Miguel Ángel Rodríguez con su superpoder para sentenciar a los demás mientras espera su propio juicio. Los mismos desahucios, más dramas ignorados, repagos, imputaciones, sindicalistas chantajistas.
Tampoco había cambiado casi nada en aquel mundo de sombras y arañas. Todavía hacía frío cuando había llamado a esa puerta con el número 35, que jamás había dado respuestas a mis preguntas.
Martín llamó al telefonillo y dejé la puerta abierta para que entrase mientras le quitaba la piel a las verduras y untaba los panes de pita con queso cremoso.
Tampoco había cambiado la impresión que dejaba su voz en todas las habitaciones de la casa.
Me ayudó a cubrir la masa con la escalibada y aceitunas negras y se sentó delante de mí con una copa en la mano. Hablamos durante horas mientras Martín jugaba distraído con la publicidad de los restaurantes chinos de la zona y entonces me fijé en aquellos papeles. Entre los colores chillones y las letras resbaladas había un sobre que ya conocía.

 

Foto

 

Es posible que todo haya cambiado de repente.

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La montaña rusa

5

octubre 8, 2013 por anagomez

Después de haber recibido ese nuevo mensaje, de haber recibido ese mensaje en un refugio aséptico y neutral, si eso es posible, de haber pedido ayuda y haber sido rechazada, de haber creído que no hay nadie a mi alrededor, de haber escuchado que efectivamente no hay nadie, sólo un par de horas después de haber compartido esa última imagen con vosotros y de haber sentido el vacío bajo mi cuerpo, Martín llamó a la puerta.

- Lo he leído-, dijo.

Le dejé pasar y aquella sensación de vacío se quedó en el pasillo. Preparé té y abrí la ventana para despistar al verano, que se había pegado a las paredes. Martín cogió dos tazas del armario sin tirador, como si siempre hubiese sabido dónde estaban, como si no hubiese dejado de saberlo.

- ¿No te han dicho nada más?-, me preguntó echándose tres cucharadas de azúcar.

Negué con la cabeza. No había nada más que contar sobre aquella visita a la comisaría.

- ¿Y no has vuelto a tener noticias del apoderado ese?-, continuó.

No había recibido más mensajes suyos, pero el último que había mandado parecía tener una continuación más allá del papel. Le imaginaba acercándose muy despacio, como un animal peligroso y arrebatado. No sabía dónde buscar o cómo detenerle.

Martín acercó su silla a la mía y me ofreció un cigarro. Fumamos en silencio durante un par de minutos.

- ¿Has vuelto a la discoteca?-. En esta ocasión la que preguntaba era yo y él negaba con la cabeza.

- Ya no tengo nada que buscar allí-, explicó con voz subterránea.

Por la mañana las páginas de los periódicos se amontonaban calientes sobre la acera. Me despedí de Martín en la parada de metro y volví a ese refugio caprichoso.

El jueves llegué al taller de Clara para encontrarme de nuevo con Jesús, Patricia, Arantza y los demás, el vino tinto, el calor de los libros viejos y nuevos, una nueva partida contra esta realidad disfrazada.

 

Llegamos a aquel parque de atracciones cuando el sol se despedía detrás de una montaña fantasma al otro lado del valle. Gallimard y yo apretamos los puños en el fondo de nuestros bolsillos y nos acercamos a un agente larguirucho.Mientras hablaba con mi compañero yo me acerqué a aquella enorme masa de chatarra.- He tomado declaración al encargado y no se explica qué pudo pasar-, decía el novato. El vagón seguía recorriendo las pendientes vacío, emitiendo un quejido culpable.- También he hablado con los que hicieron el mismo viaje-, continuó-. Y no saben en qué momento sucedió.Cuando el chico terminó su relato, mi compañero se acercó a mí y me acompañó en ese baile solitario en las alturas.- La clave, Gallimard-, dije girándome hacia él-, es si sucedió cuando subía o cuando caía.

 

Cuando salí Martín me esperaba apoyado en una farola.

Esta realidad debe continuar, no hay modo de frenarla. Todavía no os puedo contar si subo o estoy cayendo, pero sé que no estoy sola.

Mientras, la vida vuelve poco a poco a las calles.

 

Día

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Cuestión de interpretación

1

octubre 1, 2013 por anagomez

Mi segunda visita a comisaría ha sido más breve. Sola frente a esa pared descuidada por las horas huecas he escuchado el avance de las noticias en una radio particular:

“Mariano Rajoy viaja a Japón en el marco de su gira asiática…” para seguir huyendo de la corrupción. El presidente se esconde en Fukushima de preguntas incómodas como las de la periodista de Bloomberg.

- Así-, reconoce protegiéndose de la radiación con una máscara-, evito el ridículo de intentar censurarlas.

“El ministro Montoro defiende los presupuestos de la recuperación…” de sus colegas peinabigotes al frente de bancos, eléctricas y clínicas privadas de Pozuelo y agradece que ya apenas se escuche a los más débiles en las calles del país.

“Y en el ámbito internacional, cierra el gobierno de Estados Unidos…” porque un grupito de algodoneros revenidos quieren evitar que las personas con menos ingresos disfruten de la mínima cobertura sanitaria. La ministra Ana Mato ya se ha puesto en contacto con el charlatán Ted Cruz para felicitarle por su hazaña.

Cuando el agente ha vuelto a sentarse ante la misma pantalla una semana después parecía divertido.

- Mira-, me ha dicho, aunque se dirigía a otra persona, quizá a un compañero disfrazado de oficinista que no perdía detalle de nuestra conversación-, lo único que puedes hacer es poner una denuncia, pero yo no te puedo dar información sobre la página que me dices.

Después de unos minutos he salido de la habitación triste con cristales turbios y he vuelto a coger el autobús, sola, humillada una vez más.

Cuando he llegado a casa le he contado lo sucedido a María.

- Parece que estás sola en esto-, ha comentado mientras untábamos pan con tomate triturado, aguacate y wasabi.

- Y no sé qué hacer-, he respondido distraída.

Delante de la televisión todo me ha parecido irreal, una de esas series que dejan pasar la oportunidad de terminar con éxito, cuestión de interpretación. Pero ahora, frente al ordenador recuerdo el momento en el que decidí pedir ayuda a la policía por fin.

Fue ayer, sentada en mi nueva mesa en la oficina. El viernes anterior había terminado el período de formación y había empezado a trabajar junto al resto de mis compañeros. Durante el descanso aproveché para entrar en mi correo y también en Do ut des. Fue algo reflejo, una necesidad primaria. Y entonces leí el nuevo mensaje: “Sabía que no podría dar marcha atrás cuando reclamó nuestra confianza. Encuentre el camino o iremos a buscarle”.

 

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Fui

2

septiembre 25, 2013 por anagomez

- ¿Falta algo?-, me preguntó un policía tibio, mientras pulsaba teclas del ordenador al azar.

Abrí el bolso y coloqué todas mis posesiones en orden sobre la mesa. Una cartera cargada de fotos más valiosas que la Master Card, 12 euros y 37 céntimos, una funda de gafas vacía, la factura de la luz que había tenido que ir a pagar al banco, dos bolígrafos de punta fina, la libreta rota atada con un trozo de tela, auriculares enredados, un mechero sin carácter, La espuma de los días, horquillas oxidadas, una cinta métrica, la pulsera verde, llaves y un tampón que no quise sumar a aquella ceremonia exhibicionista.

- Está todo-, respondí, recogiendo mi intimidad.

El viernes María había llenado la casa de personas que celebraban su licenciatura y se preguntaban por el futuro con una cerveza medio llena en una mano y una medio vacía en la otra. Salva, Antón y yo nos sentamos en una esquina de la galería con nuestra intriga encerrada en la guitarra de Johnny Cash.

- Tenemos que ir a la discoteca y ver qué quiere ese tipo de ti-, dijo Antón. Había vuelto de la sierra con la piel endurecida y la ropa sucia.

Todos pensábamos lo mismo, pero buscábamos el valor necesario para hacerlo en el fondo de nuestros vasos.

La fiesta fermentó de manera inevitable, así que no encontramos ningún motivo para seguir ignorando la gravedad de nuestra misión. María se quedó bailando en la cocina inspirada por un Peter Sellers despistado entre las burbujas.

 

Discoteca

 

De camino al local apenas nos miramos. No teníamos un plan, sólo queríamos encontrar una respuesta en aquella cueva tramposa. Cuando entramos esa humedad acomodada que había intentado olvidar me golpeó todos los sentidos. Fui al ropero seguida por mis amigos y vi a una chica leyendo, ajena a las tristes luces que la rodeaban. Quise advertirle, como quizá había hecho Alma conmigo, pero de repente escuché una voz familiar a mi espalda.

- ¿Qué haces aquí?-. Era Laura. Me sorprendió ver que seguía escalando tacones. Parecía que hubiera pasado un mundo desde que recibía sus órdenes feroces.

- Quiero verle-, respondí acercándome a ella.

- No está y dudo que quisiera verte después de lo que nos hiciste-, también se acercó a mí.

Todo lo demás pasó muy rápido. Las personas se amontonaban en el mostrador para dejar y recoger abrigos y Laura me empujaba hacia la salida. Antón y Salva intentaban hacerse hueco para echarme una mano y al fondo la puerta del despacho se abrió sólo durante un segundo. De pronto había perdido de vista el bolso. Busqué por el suelo y en el guardarropa. Sabía que Laura no me lo podía haber quitado porque no se había apartado de mí, así que salí de allí corriendo, pero ya no había nadie en la calle.

Mis amigos me acompañaron a la comisaría y de vuelta a casa. María dormía en el sofá y nos sentamos junto a ella derrotados.

 

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Ayer en la oficina recibí la llamada de un agente y pase la tarde en la jefatura. Por eso no pude contaros lo ocurrido. Había recuperado mi bolso, con todo lo que llevaba en él.

Cuando salí de allí cogí el autobús y me senté sola. El tráfico estaba desquiciado, pero no me importó. Necesitaba un rato para pensar. Quería pasar página, olvidarme de ese jefe cobarde atrincherado en las sombras y de su encargada alborotadora. Recuperar mi realidad de té con El diario en la pantalla del ordenador, de la calle en octubre. El calor de todos los que sostenemos esos mensajes de buena esperanza que se mandan de puertas para afuera. Los pensionistas, los enfermos crónicos, las víctimas de la divina Botella, que sigue de risas mientras aprieta hasta ahogar a sus vecinos por 900 sucios euros, las funcionarias y los opositores, aquellos que vemos fascinados cómo esa televisión marilolera monta un chou mu divertío en torno a las desgracias personales, eso sí, las andaluzas primero, los desempleados y quienes estamos orgullosos de Rodrigo Rato, que no deja de superarse personal y profesionalmente. Sólo espero que su amigo Emilio le dé un par de días de asuntos propios para responder a todos los que ha hundido.

Pero entonces recordé lo que me había dicho Salva el viernes antes de salir de casa.

- Coge el sobre por si acaso.

No estaba. Aquel sobre con la fotografía que había sacado del cajón de mi escritorio había desaparecido del bolso.

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Juegos de caza

3

septiembre 17, 2013 por anagomez

De mi padre he heredado las cejas y los gemelos, el tembleque de la pierna cuando ve algo que no le interesa en televisión, el gusto por las nueces con pan, el dedo pequeño del pie y el sonido metálico que hace con la garganta al estornudar. Un pijama, la receta del arroz al horno y una capacidad explícita para escupir odio en días tan vergonzosos y tristes como este, en el que un animal ha sido acuchillado por todo el cuerpo hasta que ha muerto aterrorizado.

Mi mayor deprecio para ese paleto que se ha ensañado con un toro y se ha llevado un trofeo siniestro a casa y para todos sus cómplices. Me dais asco, porque sacáis lo peor de mí.

No puedo evitar que esta realidad primitiva me sacuda cuando voy cada mañana en el metro, cuando leo alguna de las Historias de cronopios y de famas y cuando me siento delante del ordenador para remover de nuevo las piezas de un rompecabezas imperfecto.

Durante varios días no pude olvidar ese mensaje del boxeador en la pantalla de mi teléfono: “Tenía grandes planes para ti y todavía los tengo. Siempre serás mi polilla”. Recordé que Alma también había sido la polilla de su armario y sentí náuseas. No comprendía qué quería decir aquello, pero recordaba el encuentro entre ambos en aquel garaje y el relato de Martín sobre ese último día que ella había ocupado el guardarropa.

También me obligó a recordar y ordenar todas las amenazas, advertencias y recomendaciones que había recibido a lo largo del año.

 

Amenazas

 

Por suerte también ha habido consejos y mensajes de ánimo.

 

Animo

 

Espero llegar al final Jesús. El despertador me arranca de esa pesadilla cada vez más lejana todas las mañanas y no sé cómo dominarla. Por el momento no tengo más remedio que dejar que esos personajes de ocho patas me rodeen con sus juegos de caza y volver a pediros ayuda.

¿Quizá debería volver a la discoteca?

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De madrugada

2

septiembre 10, 2013 por anagomez

Esa madrugada fue diferente. Volví a casa a la misma hora, con las manos metidas en los bolsillos y la sombra agarrada al cemento. Me quité los vaqueros y me lavé la cara en silencio. Preparé el mismo pan de ajo con queso y dados de tomate que había preparado otras mañanas acompañadas y me lo comí sentada en la galería abandonada.

Busqué el movimiento en la ventana de enfrente y me dejé bailar por el humo de un cigarro.  Parecía una madrugada como cualquier otra, sonaba y olía igual que las demás. Incluso parecía la madrugada de cualquier otra persona. Pero no lo fue.

Unas horas antes había salido de casa como cualquier otro sábado, pero había cogido un metro en dirección opuesta a la discoteca. Sentada en el vagón conté las llamadas de Laura que no había querido contestar el jueves y el viernes y no pude evitar sonreír. Estaba segura de que esa noche no insistiría. Su bilis se lo impedía. Disfrutaba sabiendo que no la vería más y que podía alejarme de aquel local en el que había cumplido una pena de 8 meses y 1 día tanto como quisiera.

El miércoles por la mañana había recibido una llamada de la que sería mi nueva jefa acompañada por el sonido de los teclados y los teléfonos, citándome el lunes para hacer un curso de formación remunerado y firmar un contrato de tres meses. Me sentí libre y mareada y salí a celebrarlo con Rita y María por Malasaña.

Después pasé dos días recuperando el sol, tratando de evitar cualquier contacto improbable con una gente que se había convertido en la familia peor avenida que me había adoptado de forma perversa. Me preguntaba qué va a pasar a partir de ahora, cómo voy a seguir las pistas lejos de aquel hogar siniestro y si quiero hacerlo.

El sábado bajé en la parada de la casa de Rita con cerveza, limones y hielo y me reencontré con personas a las que apenas había visto durante el último año, Chusa, Aída, Mamen, Mika, Angi, Nacho. Y bebí y disfruté, sin otra preocupación que la de imaginar en qué se van a dejar de invertir los miles de millones previstos para los inverosímiles Juegos Olímpicos.  Lamentando que de nuevo nos hayan intentado hacer creer que somos algo que nunca seremos, como ellos. No lloréis por algo que no tuvimos, llorad lo que nos estáis quitando a diario, por la incompetencia que tenéis que ocultar detrás de penosos discursos y de pactos secretos que recuerdan a un momento inmoral de nuestra historia que compartieron dos personajes míseros y acomplejados con los pies encima de una mesa.

Y volví a casa con las manos en los bolsillos mientras se apagaban las farolas.

Ayer entré en la oficina a las 9 en punto de la mañana, expectante, pero con una inquietud familiar. Durante el descanso volví a leer el mensaje que mi antiguo jefe me había enviado la madrugada del sábado, mientras buscaba estrellas desde la galería en el techo opaco de Madrid.

 

Mensaje Boxeador

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquella parecía una mañana como otra cualquiera, pero no lo fue.

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Los abrigos prudentes

4

septiembre 3, 2013 por anagomez

Septiembre miente. Llega suave y cálido, cargado de folletos baratos, chándal de colores y spam. Con medias incómodas y bañadores gastados. Sin Martín. Disfrazado de nuevas oportunidades y de libreta en blanco.

María ha vuelto a casa y apenas se ha movido de su escritorio. Ni siquiera me acompaña con el sonido de su guitarra infantil. Antón sigue en la sierra y yo no encuentro el camino de vuelta al hogar de esa araña vagabunda. No comprendo cómo puedo haber emprendido un camino sin retorno si no encuentro la forma de avanzar.

Salva ha vuelto a sus aviones y a Rita le han encargado un trabajo nuevo. Pero mi teléfono no ha vuelto a sonar.

El viernes llegué a una oficina inmensa con ordenadores enfrentados y olor a café y pude imaginar cuál sería mi lugar en ella.

 

el apartamento

 

Había pasado la noche anterior estudiando a qué se dedican allí y buscando ese tipo de adjetivos insulsos con los que definirme, pero la entrevista fue breve y salí de aquel edificio  gris confundida, incapaz de adivinar mi futuro.

De nuevo en la discoteca colgué algunos abrigos prudentes, esperando una llamada que me permitiese salir corriendo, olvidarme de esa Laura vampira, de un ex boxeador en serie, del infeccioso David L. Quise dejar de rebuscar céntimos en todos los bolsillos para ir a cambiarlos al banco e imaginé la primera fiesta que haría un sábado por la noche. Pero no pudo ser ese sábado.

Ha llegado septiembre con sus fascículos y sus coleccionables de estreno en los mejores quioscos del país. Por fin entenderemos a los políticos con 100 expresiones absurdas. De la desaceleración acelerada al anuncio del anuncio de una bajada de impuestos. Además, podremos aprender informática básica para corruptos ineptos y completar la enciclopedia “Derechos de la mujer del PP según Gallardón. Si tienes opinión te jodes”.

Es hora de sacar el abrigo prudente y de prepararse para lo que tenga que pasar.

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Momentos irreconciliables

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agosto 27, 2013 por anagomez

Rita y Salva han llegado con su olor a arena caliente y a crema protectora con factor 30 y se han marchado dejándome a oscuras delante de una mesa cargada de momentos que todavía no he aprendido a reconciliar. Una botella llena de conchas que suenan, una cita apuntada en un papel amarillo y una fotografía. Otra más.

 

La botella llena de conchas que suenan

 

Esta mañana me he levantado con el ruido del tráfico entrando sin cuidado en mi almohada y he puesto música para equilibrarlo.

 

 

Me he dado una ducha, he preparado café y me he sentado delante del ordenador para revisar los procesos de selección en los que estoy inscrita con otras 7.742 personas y para mandar un par de curriculum demasiado ambiciosos.

Cada día reviso las mismas páginas sobadas, golpeo unas teclas deslucidas y repito posdatas insignificantes. Todos los días me pregunto qué palabras mágicas ha utilizado una de esas 7.742 personas para abrir la puerta frente a la que esperamos juntos.

A las doce en punto ha llegado Salva con el pelo más rubio y una cerveza fría para celebrar sus últimas horas de vacaciones y poco después ha aparecido Rita con la botella llena de conchas que suenan lejanas y unas poleras de plástico para soportar su primera jornada de trabajo.

 

La cita apuntada en un papel amarillo

 

- ¿Por qué ya no hay polos de chocolate?-, ha preguntado mi amiga entrando en la cocina con una bolsa llena de cacao, maicena, leche en polvo y nata.

Mientras calentábamos todos los ingredientes comentamos el encuentro con ese extraño apoderado con americana.

De nuevo me había relajado en un ropero en el que no soy más que una polilla con los días contados, aunque cada vez que metía la mano en el bolsillo recordaba una imagen afilada que trataba de negar. No le había vuelto a ver. Tampoco había recibido más mensajes suyos.

- Pero él siempre aparece cuando menos te lo esperas-. Salva ha confirmado lo que planeaba en silencio sobre la cocina.

El timbre de mi teléfono ha roto un misterio que estaba contaminando el gusto del chocolate.

- ¡Tengo una entrevista!-, he rugido apuntando la fecha y la hora del encuentro en un papel amarillo.

 

La fotografía. Otra fotografía más

 

En la galería hemos compartido vasos de cerveza con el sol de media tarde. Agosto es un mes lánguido, un mes de gestos suaves y palabras huecas. De periódicos que apartan moscas en los chiringuitos y calzan ruedos de paella y televisiones públicas de unos cuantos parásitos para sus amigos de azul. De siesta y Casera por lo bien que lo hemos hecho. No sufráis por los incendios que estáis extendiendo ni por los que celebran cumpleaños en prisión con regalitos preparados para todos. No en agosto, porque septiembre llegará a la calle aunque huyáis del país.

Mis amigos se han ido y yo me he vuelto a sentar frente al ordenador con el frío pegado al paladar. He entrado en Du ut des y he encontrado un nuevo mensaje para Alejandro: “Sígala hasta su hogar”.

 

DUD01

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