La salida

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mayo 28, 2013 por anagomez

A mediodía nos detuvimos sobre la cuadrícula de Carl Andre como en un damero caprichoso y definitivo. El sol había ocupado las plazas de Madrid y cientos de incondicionales lo celebraban. Rita, Salva y yo nos abrazamos y nos separamos en la estación de Atocha. Después de haber recuperado el calor durante unas cuantas horas, volvió el vacío.

Rita había adelantado trabajo para que pudiésemos celebrar su cumpleaños, así que nos tomamos un café y nos colamos entre los majestuosos ascensores del Reina Sofía.

Los pasillos vacíos de seminario recogían el sonido de nuestro itinerario.

Con mis amigos sentía la confianza de nuevo, podía compartir las payasadas de Salva delante del relieve de Jean Arp e inventar instrumentos con Rita sobre La Figura de tres ojos de Picasso, pero de vez en cuando me caía dentro de ese gris profundo de Miró con una sensación de vértigo radical.

Martín ya no estaba, ya no está. No le he vuelto a ver desde que se marchó caminando despacio aquella noche. He comprendido que no quiere que le relacione con mis intrigas, pero de madrugada tengo que hacer un esfuerzo penoso para no pedirle que venga a comer macarrones con queso sentados en la encimera de la cocina para no despertar a mis compañeros.

Pasamos el rato imaginando qué libro pintó Juan Gris junto a una garrafa y estudiamos todos los detalles del Sueño y la Mentira de Franco I para poder comentarlos después en reuniones ambientadas con música de consulta odontológica a las que jamás seremos invitados.

Nos sentamos en el suelo para poder ver a los obreros saliendo de la fábrica de los Lumière una y otra vez. Primero las mujeres, luego los hombres, algunos con bicicleta. Las sombras me agarraron de los dos brazos. No podía evitar recordar a los amigos de Martín pasando por delante de mi ropero en silencio, como aquellos trabajadores enmudecidos en la pantalla.

 



Parecía imposible que no guardasen una sorpresa al final de su procesión, pero sólo dejaban más silencio.

Antes de marcharnos conseguimos sacar una fotografía a Rita intentando dar un mordisco a la tarta de cumpleaños tóxica de Claes Oldenburg, a pesar de la mirada censora de una pareja de guardias de seguridad, y nos recreamos en la poesía infantil de los dibujos de Philip Guston.

Después de comernos un bocata de calamares en El Tres y de bebernos un par de cervezas, caminé durante mucho rato y me di cuenta de que al parecer he agotado este suspense, no quedan indicios que seguir ni fuentes que consultar.

Había conseguido olvidar a todos esos personajes extravagantes y disfrutar con mis amigos. Ya no había nada de que proteger a Martín.

 

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5 comentarios »

  1. Patricia López de Tejada dice:

    Gracias Ana.

  2. ROSA dice:

    Ana, he paseado con tu pluma y de tu mano por el Reina Sofia, he sentido el sol de Madrid y he compartido tu tristeza.

  3. othelo dice:

    Querida Ana.
    Sin duda, un capítulo importante e interesante. No sólo por tu guía cultural y gastronómica de Madrid, sinó porque con este paréntesis de aparente calma, situas tu relato en el ojo de la tormenta.
    Un abrazo

  4. Jesús dice:

    Ana,
    Que no te engañe el subconsciente. No has “agotado este suspense”… por fin estás llegando a la acción.¡Ánimo y adelante!

  5. anagomez dice:

    Así me siento, amigos, en el ojo de la tormenta. Puede que me haya expuesto demasiado al visitar el piso número 35 en el que todavía queda la sombra de Alma y un garaje violento que no puedo colocar en esta trama.

    No puedo creer que tantas incógnitas vayan a quedar sin resolver, pero al parecer debo confiar en el tiempo.

    Gracias a todos por acompañarme.

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