La montaña rusa

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octubre 8, 2013 por anagomez

Después de haber recibido ese nuevo mensaje, de haber recibido ese mensaje en un refugio aséptico y neutral, si eso es posible, de haber pedido ayuda y haber sido rechazada, de haber creído que no hay nadie a mi alrededor, de haber escuchado que efectivamente no hay nadie, sólo un par de horas después de haber compartido esa última imagen con vosotros y de haber sentido el vacío bajo mi cuerpo, Martín llamó a la puerta.

- Lo he leído-, dijo.

Le dejé pasar y aquella sensación de vacío se quedó en el pasillo. Preparé té y abrí la ventana para despistar al verano, que se había pegado a las paredes. Martín cogió dos tazas del armario sin tirador, como si siempre hubiese sabido dónde estaban, como si no hubiese dejado de saberlo.

- ¿No te han dicho nada más?-, me preguntó echándose tres cucharadas de azúcar.

Negué con la cabeza. No había nada más que contar sobre aquella visita a la comisaría.

- ¿Y no has vuelto a tener noticias del apoderado ese?-, continuó.

No había recibido más mensajes suyos, pero el último que había mandado parecía tener una continuación más allá del papel. Le imaginaba acercándose muy despacio, como un animal peligroso y arrebatado. No sabía dónde buscar o cómo detenerle.

Martín acercó su silla a la mía y me ofreció un cigarro. Fumamos en silencio durante un par de minutos.

- ¿Has vuelto a la discoteca?-. En esta ocasión la que preguntaba era yo y él negaba con la cabeza.

- Ya no tengo nada que buscar allí-, explicó con voz subterránea.

Por la mañana las páginas de los periódicos se amontonaban calientes sobre la acera. Me despedí de Martín en la parada de metro y volví a ese refugio caprichoso.

El jueves llegué al taller de Clara para encontrarme de nuevo con Jesús, Patricia, Arantza y los demás, el vino tinto, el calor de los libros viejos y nuevos, una nueva partida contra esta realidad disfrazada.

 

Llegamos a aquel parque de atracciones cuando el sol se despedía detrás de una montaña fantasma al otro lado del valle. Gallimard y yo apretamos los puños en el fondo de nuestros bolsillos y nos acercamos a un agente larguirucho.Mientras hablaba con mi compañero yo me acerqué a aquella enorme masa de chatarra.- He tomado declaración al encargado y no se explica qué pudo pasar-, decía el novato. El vagón seguía recorriendo las pendientes vacío, emitiendo un quejido culpable.- También he hablado con los que hicieron el mismo viaje-, continuó-. Y no saben en qué momento sucedió.Cuando el chico terminó su relato, mi compañero se acercó a mí y me acompañó en ese baile solitario en las alturas.- La clave, Gallimard-, dije girándome hacia él-, es si sucedió cuando subía o cuando caía.

 

Cuando salí Martín me esperaba apoyado en una farola.

Esta realidad debe continuar, no hay modo de frenarla. Todavía no os puedo contar si subo o estoy cayendo, pero sé que no estoy sola.

Mientras, la vida vuelve poco a poco a las calles.

 

Día

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5 comentarios »

  1. Jesús dice:

    Muy bueno, como si no hubiera ayer…

  2. Artur Sales dice:

    Supongo que es normal, pero se me ha hecho muy, muy corto. Bravo.

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