La chica de Hopper

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enero 15, 2013 por anagomez

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Fue el domingo de madrugada. Llegué a la cafetería y me quedé de pie mirándola unos segundos. En la calle la niebla amenazaba a los insomnes y al entrar en aquel local con olor a lejía noté un calor violento en las mejillas. Ella no me vio y no pareció oírme, aunque la puerta tenía colgadas unas escandalosas campanitas. Estaba encorvada sobre su taza de café, pálida por respeto a la situación. Rita. La chica de Hopper.

Unos días antes había vuelto de la casa de su familia a las afueras de Bilbao y la había ido a recoger a la estación de Chamartín. Nos abrazamos en el andén y nos fuimos a comer a mi casa. Mi compañera María había quedado, pero Antón había comprado vino y había preparado masa de pizza. La cubrimos con tomate seco, espinacas y un queso Idiazabal que traía Rita entre la ropa de la maleta. Nos llenamos las copas, nos sentamos alrededor de la mesa y bebimos. Mi compañero ya conocía parte de la extraña historia de la nota y me miraba divertido mientras ponía al día a Rita. Le hablé del nuevo trabajo, le enseñé esa amenaza encontrada entre las páginas de mi libro y le expliqué que no conseguía ponerme en contacto con la anterior encargada del guardarropa.

Ya habíamos abierto la segunda botella y Rita tenía la misma sonrisa de polichinela que Antón en el medio de la cara, así que seguimos comiendo, bebiendo y charlando, con la luz del sol de tarde acariciándonos el cuello, y conseguimos que olvidara unos problemas que ni siquiera sabía si tenía.

Cuando se marchó llevaba consigo la gabardina que habían abandonado en la discoteca para rematar el disfraz que llevaría a la fiesta “Una partida de canasta y un té en el club” que celebraba su amigoamanteenemigoydenuevoamigo por su cumpleaños.

El sábado era el tercer día consecutivo que trabajaba. Empezaba a notar un murmullo sobre mi cabeza y un calor impaciente en la mirada. Los únicos contactos dignos de mención los mantenía con el tipo trajeado y silencioso, que se aparecía frente a mí con la sonrisa y el abrigo siempre puestos, y con mi jefe. Me repugnaba cada minuto, pero había descubierto que la letra con la que estaba escrita la nota no era suya y que su inteligencia era más bien limitada.

Dos o tres veces por noche se acercaba a mí y me deleitaba con alguna de sus observaciones poco afortunadas, generalmente relacionadas con las mujeres. Inmediatamente lo imaginaba en el colegio, antes de haber empezado a broncearse, ridículo y torpe tratando de besar a una chica más alta, más lista y más cruel. Después se marchaba, satisfecho por haber ilustrado a una criatura supletoria como yo.

Así que había empezado a relajarme, hasta que Rita me envió un mensaje citándome en la cafetería junto a la discoteca. Y allí estaba sola de madrugada, la chica de Hopper.

El camarero limpiaba tazas y escuchaba el informativo matinal, que anunciaba una nueva marea blanca por las calles de Madrid y sentí no poder sumarme a su paso valiente en defensa de la mejor salud para todos, para los que no pueden pagar un euro por cada uno de sus medicamentos, para los que necesitan coger una ambulancia a diario, para los que tienen una urgencia fuera del horario de oficina e incluso para los Juan José Güemes, que privatizan laboratorios en hospitales públicos desde la Comunidad para mullirse el sillón de su despacho en la concesionaria del servicio.

Me acerqué a la mesa en la que estaba sentada mi amiga. Llevaba la gabardina que le había prestado y tenía un lunar pintado en la cara. Cuando me senté frente a ella no me habló, sólo sacó una nota del bolsillo y la deslizó sobre el mármol hasta ponerla frente a mí.

 

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1 comentario »

  1. Othelo dice:

    Me encanta el guiño al arte de Hopper. Me parece un recurso inteligente que crea un ambiente adecuado. Solo deseo leer el próximo capítulo.

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