Imágenes. Parte II

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octubre 29, 2013 por anagomez

He necesitado dos semanas para ordenar este relato y para asimilar lo que implica. Frente a la pantalla iluminada todavía no he dejado de sentir el frío de lo que sé y de todo lo que aún desconozco.

 

El lunes pasado entré en ese edificio por la Corredera Alta de San Pablo. El sonido de la calle se apagó en cuanto pisé aquellos suelos oscurecidos por el abandono. Los escalones, una curva misteriosa, el cristal opaco y varios comercios consumidos contaban una historia común.

Todas las puertas estaban cerradas, todas las bombillas fundidas y las voces se acumulaban en balcones inesperados. Y al doblar una esquina confusa la vi. Apoyada en la fachada de la antigua tienda Langa, leyendo La conjura de los necios, Aquella conjura de los necios en la que guardo todas sus notas, esperándome.

Me miró acercarme, torpe, y sonrió.

Un año de dudas se acumuló en mi boca, pero no llegó a salir ningún sonido de ella.

- Veo que has conseguido encontrarme-, dijo con la garganta desentrenada.

A nuestro alrededor las personas no tenían rostro y caminaban despacio hasta desaparecer en sus propias vidas.

- ¿Qué hacemos aquí?-, pregunté.

Mis palabras llegaron a la cúpula de vidrio mojado, rompiendo la pesadilla y empujándome a aquel momento absurdo.

- Mi padre trabajó aquí-, comentó-, guardo un sello de la tienda.

La miré esperando una explicación que acabase de convencerme.

- Pensé que si de verdad estabas interesada en encontrarme harías un esfuerzo-, concluyó con desgana, buscando un cigarro en su bolsito rojo.

Quise sacar alguna palabra de mi estómago, escupir todo lo que había provocado con sus sentencias apáticas, obligarla a mirar lo que no era capaz de expresar en mis ojos.

- ¿Me puedes explicar qué quieres de mí?-, pedí con angustia.

Echó un hilo de humo en la otra dirección buscando un apoyo invisible y se acomodó en una cristalera triste.

- Necesitaba ayuda-, dijo-. Quería que alguien que no tuviese nada que ver conmigo metiese las narices en ese cubo de basura para saber qué pasa allí.

- No me sirve-, respondí nerviosa.

Tiró el cigarro al suelo y se encogió en su bufanda.

- Yo estaba con alguien-, explicó, recordando un momento doloroso-. Él me metió en el ropero de la discoteca. Durante un tiempo todo fue muy bien. Nos llevábamos muy bien entre todos, tomábamos copas juntos e íbamos a fiestas en casa del jefe.

Me miró buscando una señal de conformidad. Entonces recordé la reunión en la que había trabajado en aquel piso siniestro. Allí había recibido la última nota y había conocido a David L.

Todo lo que me contaba intentaba encontrar su lugar en esta historia en la que me atrapó a principio de año.

- Pero entonces todo cambió-, continuó-. Ese hijo de puta hizo algo que nos hundió a Diego y a mí.

No me sorprendió aquella revelación. Busqué más detalles en su gesto, pero sólo reflejaba odio y angustia. Le di un momento para que recuperase la distancia con aquello que había dejado cicatriz.

- Me fui de casa de mi novio-, quería acabar cuanto antes-, pero seguí trabajando allí durante varios años para intentar averiguar algo, hasta que ese cabrón me pilló en su despacho y tuvimos una bronca.

Por fin me miró a los ojos y me enseñó lo que llevaba guardado en las entrañas. Dio unos pasos y volvió a enfrentarse a mí.

- Martín estaba allí y lo vio todo-, apuntó en voz baja-. Después llegaste tú y el jefe me dijo que me marchase sin montar el numerito y no se apartó de mí, así que no pude decirte nada.

Recordé aquella coletilla que me había golpeado el estómago, “ya sabes nena”.

- Y después me dejaste la nota-, completé su relato.

Ella asintió y noté como sus hombros se relajaban. Era mi turno, así que traté de ordenar todas las preguntas que se amontonaban.

- ¿Por qué me amenazaste?-, tenía que ir con cuidado para evitar que huyese de nuevo.

Alma rebuscó dentro de su bolsito rojo y sacó una libreta pequeña con dibujos infantiles en la portada. Era un intruso con colores de chicle dentro de aquel vacío cenizo.

- Es mi diario-, lo abrió por la última página y fue pasando hasta la primera-. Cuando empecé a escribirlo mi vida era diferente.

Volvió hacia delante más despacio y pude ver varias páginas arrancadas. Había sacado las advertencias de sus propias anotaciones.

- Aquella noche te quedaste en la garita y yo me metí en el despacho con ese-, comentó con una mueca de desprecio, refiriéndose al boxeador-. Me dio un sobre con dinero para que dejase las cosas tranquilas. Cuando salí tú estabas con Laura en la entrada, así que metí esa página en tu libro. Fue lo único que encontré para advertirte y, realmente, me pareció apropiado-, sonrió con amargura.

Reviví el momento en el que había visto la nota por primera vez. “Este va a ser tu último año”.

- ¿A quién iba dirigida esa amenaza?-, presioné. No quería que cayese en aquella sombra otra vez.

- A mí misma-, recordó con voz ronca.

De nuevo quería guardar entre las columnas de aquella galería de Fuencarral sus misterios, pero me debía verdades. Así que saqué de mi propia mochila aquellas tres notas y las coloqué delante de ella en el suelo.

Nos volvimos a mirar a los ojos en silencio y ella encendió un cigarro más.

- Sólo escribí la última después de conocerte-, dijo mirando aquel papel. “Las predicciones se están cumpliendo”.

- ¿Por qué?-, exploté-, ¿por qué has jugado conmigo durante todo este tiempo? Las notas, el sello, siempre a escondidas, la gabardina, ¿qué esperas que haga por ti? ¿Qué esperas que piense de ti si me puteas para conseguir algo que no sé qué es?

Miró sus pies como una cría humillada, mientras yo daba pequeños pasitos a un lado y a otro con el ritmo del corazón en los zapatos.

- A Diego le gustaba mi forma de ser-, comenzó un nuevo relato incoherente, recuperando su arrogancia crónica-. Esos juegos que te molestan. Así es como soy.

- Me asustaste-, escupí acercándome a ella-. Me metiste en algo muy raro.

Me tragué todo el aire amontonado en aquel pasillo y esperé a que continuase.

- Lo siento-, tartamudeó como si fuese la primera vez que sacaba aquellas palabras de su interior-. Quería que te interesaras por lo que pasaba en la discoteca, pero hace un par de meses Diego me dijo que habías ido a su casa y que habías preguntado por mí y me entraron remordimientos.

No pude evitar una sonrisa a la altura de esas suyas, tan rojas y asimétricas.

- Entonces fui a ver a Martín-, siguió, aceptando mi reproche mudo-. La noche que vio mi pelea con el jefe me dijo dónde estaba su oficina, así que sólo tuve que esperarle en la entrada.

Ahora la que quería fumar era yo.

- Le pregunté por ti y me dijo nosequé de una página.

- Do ut des-, la ayudé-. ¿Qué sabes de eso?

- Nada-, aseguró inmediatamente.

De pronto unas lámparas colgadas en techos rebeldes iluminaron los rincones y por primera vez aquella tarde la creí.

- ¿Quién es David L.?-, ya no había motivo para guardar cartas en la manga.

Su mirada fue de nuevo sincera. Sólo me quedaba una gran pregunta que hacer.

- ¿Qué pasó con el jefe?

Alma la esperaba con terror, pero las dos sabíamos que no nos íbamos a marchar de allí hasta que la respondiese, así que la animé a comenzar cuanto antes.

- Fue el 3 de abril, ¿verdad?-, me miró rígida-. Yo también sé colarme en sitios a los que no he sido invitada-, apunté, recordando el garaje hasta el que había seguido a mi jefe.

- Sí-, respondió todavía confusa-. El 3 de abril de 2010.

Aquella chica había trabajado durante tres años en el guardarropa después de aquello, así que debía haber sido veneno para ella.

- Era sábado y yo había trabajado, así que llegué de madrugada a casa-, relató-. Diego no estaba allí. Me había sorprendido no verle en la discoteca; solía ir cada noche, como Martín cuando tú ocupaste mi puesto.

Tuve la impresión de que nunca sabría hasta qué punto me conocía, cuántas veces me había observado, cuándo había seguido el sonido de mis pasos, como había hecho yo hasta aquella puerta con el número 35.

- Me sorprendió, pero estaba tan cansada que no le di importancia-, reflexionó-. Creo que en parte me marché de allí porque me sentía culpable.

Una lágrima se escondió en su bufanda.

- Llevaba un par de horas durmiendo cuando llamaron por teléfono y antes de cogerlo supe que había pasado algo. Era la madre de Diego y me llamaba desde el hospital-, levantó la cabeza-. Le habían dado una paliza en un garaje y estaba en coma.

Se encogió entre aquellos muros tratando de envolverse en piedra.

- Se despertó después de varios días-, continuó-. Si no te importa no te voy a contar los detalles de la recuperación, pero ya te habrás dado cuenta de que tendrá secuelas de por vida. El caso es que nunca dijo nada, ni a su familia ni a mí ni a la policía.

Cada vez pasaban menos personas a nuestro lado, parecían comprender la gravedad de lo que Alma estaba descubriendo. Yo tampoco quería interrumpirla con preguntas intransigentes.

- Una tarde vino el jefe a verle y me pidió que les dejase solos-, recordó-. Cuando se marchó y volví a entrar en la habitación Diego tuvo una crisis que casi lo mata. Entonces empecé a sospechar que tenía algo que ver con la paliza, pero me volqué en la rehabilitación y me olvidé de todo lo demás.

Arrugó el paquete después de dar una calada que parecía capaz de sacarla de su pasado.

- Poco a poco fui confirmando lo que pensaba y me desentendí de la discoteca.

Aquella explicación era insuficiente.

- No fue por nada en concreto, sólo el miedo que intentaba esconder cada vez que hablábamos del jefe, el tiempo que habíamos vivido juntos. Lo conocía tan bien-, comentó dejando el dolor para refugiarse en la ira-. Y entonces les vi juntos como si no hubiese pasado nada. Tuve una bronca con Diego y me marché. Sólo le veo un par de veces al año, para que no se olvide de que aquello también me marcó a mí.

Se apartó de la pared y lanzó la colilla lejos, buscando la calle con la cabeza.

- Volví a la discoteca como si no hubiese pasado nada-, concluyó-. Sabía que Diego no diría nada para protegerme. El resto ya lo sabes.

 

Han pasado dos semanas de aquello y soy incapaz de olvidar la mirada de Alma cuando nos despedíamos. Tenía los ojos tan rojos como la boca, éramos casi amigas caminando una junto a la otra hacia el metro. Habíamos compartido unas horas intensas y yo había guardado su teléfono justo antes que el de Antón.

- De todas formas ya no estoy en el ropero.

Cuando le dije el nombre de la empresa en la que había empezado a trabajar me agarró el brazo con fuerza.

- Diego trabajaba allí cuando me metió en la discoteca.

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7 comentarios »

  1. Rosa dice:

    Madre mía, qué bueno. Cuanta emoción Ana…y ahora qué.

  2. Jesús dice:

    Wow…dos caminos que se cruzan…
    Pero quedan muchas preguntas sin respuesta y pocas semanas para que acabe doscerotrece.

    • anagomez dice:

      Totalmente de acuerdo Jesús… Desde aquella tarde lo que recuerdo son las dudas, que cada día parecen más grandes, en lugar de las respuestas.

      Sin embargo, ya no sé dónde está el fin de esta historia. Aquella primera nota amenazante sólo quiso ser una llamada de atención, cruel pero absurda.

      El verdadero cronómetro lo ha puesto en marcha David L. con su DUD…

  3. Othelo dice:

    Ana , siempre que mantengas esas dudas sobre Alma y su entorno, estarás en el camino. En el momento en que confíes en ella y sus amigos “con calaña”, habrás iniciado el camino que a ella y a ellos les interesa y que sugiere un final tortuoso

    • anagomez dice:

      No puedo evitar desconfiar de ella y tampoco puedo evitar querer confiar en alguien Othelo…

      Cada personaje deja más caminos abiertos, cada vez más oscuros, y no sé cuál debo seguir.

  4. [...] Miro el número de teléfono de Alma en la pantalla de mi móvil y busco nuevos mensajes en Do ut des, pero David L. no quiere poner otro anzuelo. Ya estoy donde él quería y sigo chocando con las paredes, pero puede que haya encontrado un pasillo que él no vigila. [...]

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