Imágenes. Parte I

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octubre 22, 2013 por anagomez

Había dejado aquella fotografía sobre la mesa, con su reflexión a cuestas, peleando con el olor del pan tostado. Martín tampoco se atrevía a tocarla. Era la primera vez que se veía junto a Alma en ese papel peregrino, relleno con sonrisas molestas.

Así que nos fuimos a la galería para alejarnos de ella. Entre abrigos y mantas recordamos la conversación que habían tenido en esa discoteca delirante el pasado doscerodoce, aquel encuentro, cada vez menos casual, el robo de una imagen que vuelve, las notas que guardo entre las páginas de aquel libro que leía la madrugada del 1 de enero, conversaciones clandestinas en un garaje, amenazas, una gabardina abandonada en el perchero. Diego, el boxeador, David L.

Alma.

Agotamos un par de horas buscando la manera de localizarla, llenamos varias copas de vino y volvimos a encontrar un hueco para las verduras asadas entre la inquietud.

Esa noche conseguimos apartar la imagen sin sentido de nuestra realidad y al día siguiente me levanté para preparar café y me atreví a mirarla de nuevo. Pero sólo por la parte en la que había escrito su mensaje agotado. Y entonces descubrí dónde buscar.

El día de mi cumpleaños se llenó de presentimientos, pero el sol se fue cayendo y la noche tuvo otros protagonistas: Rita, Sergio, mi amiga Valentina, de 1º A, Antón, Carlota, que fumaba conmigo en el baño de aquel restaurante chino en el que trabajé, María, Fer y Yol, compañeros de muchos viajes, Salva.

Martín.

Esta realidad tiene dos caras y debo encontrar el vínculo entre ambas antes de que esa primera advertencia se cumpla este año, el número 30 para mí.

El domingo, mientras recogía las copas que se habían quedado a medias entre conversaciones caprichosas y huidas improvisadas, le enseñé lo que había descubierto a Antón.

- ¿Ves?-, le indiqué-, en la esquinita hay algo más escrito.

Él estudió el papel en silencio durante unos segundos.

- No entiendo muy bien lo que pone-, dijo alejándolo un poco-. Langa…

- Langa ópticos-, rematé.

Me miró sin comprender y enseguida sacó el teléfono móvil de alguno de los bolsillos de su pijama.

- Langa ópticos-, dijo mientras esperaba para que se completase toda la información en la pantalla-. Fuencarral 54.

Aquella dirección me abrasaba los párpados desde la mañana anterior y no había podido encontrar el establecimiento abierto. Hasta ayer.

Nunca había entrado en Langa ópticos y no encontré nada allí que me hiciese sospechar que ocultaba arañas asesinas en la trastienda. Era un local pequeño y muy luminoso, con un personal amable y estanterías cargadas de gafas de todos los colores.

- Hola, buenas tardes-, le dije al propietario-, he recibido una fotografía con su logotipo y me gustaría saber si usted sabe algo de ella.

Había tratado de encontrar una manera más sutil de abordarle, pero no había nada que justificase todas las dudas que tenía.

Aquel hombre cercano me miró con serenidad y después fijó su atención en aquel papel arrugado.

- Aquí está-, señalé de nuevo, tratando de impedir que leyese el incómodo mensaje de Alma.

- Sí-, comentó absorto-, ese es nuestro logo-. Colocó la imagen bajo una lente de aumento y después de unos instantes levantó la vista-. Pero esto no es nuestro.

Me tendió la fotografía y se quitó las gafas con un gesto cómplice de mi angustia.

Y entonces me dio la clave que necesitaba.

- No revelamos desde que estábamos en el Pasaje Mutualidad.

 

Pasaje mutualidad

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3 comentarios »

  1. Anónimo dice:

    Ana, tienes 30 años?

  2. Anónimo dice:

    Qué emoción, no nos dejes así.

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