Fui

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septiembre 25, 2013 por anagomez

- ¿Falta algo?-, me preguntó un policía tibio, mientras pulsaba teclas del ordenador al azar.

Abrí el bolso y coloqué todas mis posesiones en orden sobre la mesa. Una cartera cargada de fotos más valiosas que la Master Card, 12 euros y 37 céntimos, una funda de gafas vacía, la factura de la luz que había tenido que ir a pagar al banco, dos bolígrafos de punta fina, la libreta rota atada con un trozo de tela, auriculares enredados, un mechero sin carácter, La espuma de los días, horquillas oxidadas, una cinta métrica, la pulsera verde, llaves y un tampón que no quise sumar a aquella ceremonia exhibicionista.

- Está todo-, respondí, recogiendo mi intimidad.

El viernes María había llenado la casa de personas que celebraban su licenciatura y se preguntaban por el futuro con una cerveza medio llena en una mano y una medio vacía en la otra. Salva, Antón y yo nos sentamos en una esquina de la galería con nuestra intriga encerrada en la guitarra de Johnny Cash.

- Tenemos que ir a la discoteca y ver qué quiere ese tipo de ti-, dijo Antón. Había vuelto de la sierra con la piel endurecida y la ropa sucia.

Todos pensábamos lo mismo, pero buscábamos el valor necesario para hacerlo en el fondo de nuestros vasos.

La fiesta fermentó de manera inevitable, así que no encontramos ningún motivo para seguir ignorando la gravedad de nuestra misión. María se quedó bailando en la cocina inspirada por un Peter Sellers despistado entre las burbujas.

 

Discoteca

 

De camino al local apenas nos miramos. No teníamos un plan, sólo queríamos encontrar una respuesta en aquella cueva tramposa. Cuando entramos esa humedad acomodada que había intentado olvidar me golpeó todos los sentidos. Fui al ropero seguida por mis amigos y vi a una chica leyendo, ajena a las tristes luces que la rodeaban. Quise advertirle, como quizá había hecho Alma conmigo, pero de repente escuché una voz familiar a mi espalda.

- ¿Qué haces aquí?-. Era Laura. Me sorprendió ver que seguía escalando tacones. Parecía que hubiera pasado un mundo desde que recibía sus órdenes feroces.

- Quiero verle-, respondí acercándome a ella.

- No está y dudo que quisiera verte después de lo que nos hiciste-, también se acercó a mí.

Todo lo demás pasó muy rápido. Las personas se amontonaban en el mostrador para dejar y recoger abrigos y Laura me empujaba hacia la salida. Antón y Salva intentaban hacerse hueco para echarme una mano y al fondo la puerta del despacho se abrió sólo durante un segundo. De pronto había perdido de vista el bolso. Busqué por el suelo y en el guardarropa. Sabía que Laura no me lo podía haber quitado porque no se había apartado de mí, así que salí de allí corriendo, pero ya no había nadie en la calle.

Mis amigos me acompañaron a la comisaría y de vuelta a casa. María dormía en el sofá y nos sentamos junto a ella derrotados.

 

maria (1)

 

Ayer en la oficina recibí la llamada de un agente y pase la tarde en la jefatura. Por eso no pude contaros lo ocurrido. Había recuperado mi bolso, con todo lo que llevaba en él.

Cuando salí de allí cogí el autobús y me senté sola. El tráfico estaba desquiciado, pero no me importó. Necesitaba un rato para pensar. Quería pasar página, olvidarme de ese jefe cobarde atrincherado en las sombras y de su encargada alborotadora. Recuperar mi realidad de té con El diario en la pantalla del ordenador, de la calle en octubre. El calor de todos los que sostenemos esos mensajes de buena esperanza que se mandan de puertas para afuera. Los pensionistas, los enfermos crónicos, las víctimas de la divina Botella, que sigue de risas mientras aprieta hasta ahogar a sus vecinos por 900 sucios euros, las funcionarias y los opositores, aquellos que vemos fascinados cómo esa televisión marilolera monta un chou mu divertío en torno a las desgracias personales, eso sí, las andaluzas primero, los desempleados y quienes estamos orgullosos de Rodrigo Rato, que no deja de superarse personal y profesionalmente. Sólo espero que su amigo Emilio le dé un par de días de asuntos propios para responder a todos los que ha hundido.

Pero entonces recordé lo que me había dicho Salva el viernes antes de salir de casa.

- Coge el sobre por si acaso.

No estaba. Aquel sobre con la fotografía que había sacado del cajón de mi escritorio había desaparecido del bolso.

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2 comentarios »

  1. Rosa dice:

    Desando que llegue el próximo martes…Cada entrega mejor que la anterior, pero creo que estás corriendo mucho peligro y jugando con fuego.

  2. Othelo dice:

    Ana. El martes pasado me asusté al ver que no estabas. Ahora sé por qué. Por una parte me alegro que sigas ahí, dando caña a todos estos impresentables, inútiles y maltratadores que creen que nos gobiernan, por otra, me da miedo que no veas la red que te rodea.
    Gente que crees que conoces bien, en la que confías.
    ¿Que pasa con Martín?

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