En la cueva otra vez

0

noviembre 26, 2013 por anagomez

Fotos nuevas

 

Alma y yo pasamos un par de horas sentadas en el coche de Salva. En aquella cueva de nuevo. Me sentía acechada por animales subterráneos y apenas confiaba en un plan que sólo estaba basado en sospechas y temores.

En aquel periódico ponía que el ataque había tenido lugar de madrugada, así que había recogido a Alma cerca de la medianoche y juntas nos habíamos metido en aquel lugar, el mismo que ella había compartido con el jefe unos meses atrás. Pero la noticia no especificaba dónde se había producido. Por eso había pedido a Rita que vigilase el portal del boxeador. Debía seguirlo cuando saliese por si utilizaba otros garajes como cuadrilátero.

Sin embargo, tenía la intuición de que no sería así.

Martín había venido detrás de nosotras con su coche y estaba aparcado varios metros más allá, preparado.

Los nervios se apretaban entre mis costillas en medio de aquella oscuridad. Había decidido confiar en una chica que no traía referencias.

Le había mandado un mensaje unas semanas atrás para contarle lo que tenía pensado hacer y enseguida había aceptado escribir la carta que Antón y María habían entregado al jefe. Aquel efecto teatral tenía su firma.

- ¿Qué pasó aquí?-, le pregunté, rompiendo la gravedad de aquel silencio.

- Básicamente le dije que iba a descubrirle-, comentó mirando por el espejo retrovisor como si hubiese esperado aquella conversación durante varias semanas-. Se rió de mí. Me dijo que no tenía nada que descubrir, que dejase de torturarme y que le dejase en paz.

Yo también buscaba sombras en todas las esquinas, aunque podía sentir la compañía prudente de Martín.

- Le dije que no se relajase y me marché-, concluyó.

Entonces recibí un mensaje de Rita, para cerrar aquel episodio y abrir una nueva página: “Está saliendo”. Un quejido se escapó de mi garganta.

 

 

Mi amiga me iba relatando brevemente los movimientos de ese tipo miserable desde cada semáforo, acercándose. No pude evitar recordar aquella historia que me contaba mi madre en un estudio lúgubre en la que un espíritu sube escalones uno a uno, despacio, devorando el terror de Marieta, hasta llegar a su lado: “Está entrando en el garaje”.

Enseguida vimos las luces rodeando aquel espacio difuso y deteniéndose frente a nosotras. Alma estaba rígida, pero en cuanto vio al jefe salir de su coche abrió la puerta del pasajero y caminó hasta situarse a su lado.

- Veo que no te cansas de mí-, dijo él con una sonrisa colocada en la mitad de su cara.

- Esta es la prueba que necesitaba para relacionarte con aquello-, comentó ella con serenidad mal fingida.

- Ya sabes que casi nunca te entiendo, cariño-, respondió él acercándose para tratar de tocar su cara-. Dime, ¿a quién has traído?-, preguntó volviendo a su posición inicial.

Era mi turno. Salí despacio del asiento del conductor, animada por el juego de siluetas de mi acompañante. Me apoyé en el maletero del coche de Salva y por primera vez me di cuenta de que aquel ser era humano. Trataba de encajar la imagen que tenía frente a él, pero le resultaba imposible hacerlo.

Habían sucedido muchas cosas desde principio de año que aquella banda de cuatreros no había podido dirigir, pero al instante se repuso y esa sonrisa cuadrada volvió a su sitio.

- Ahora puedes explicarme cuáles son esos planes que tienes para mí-, comenté sin perder el control de mis manos.

Abrió la boca y se rió a carcajadas.

- Chicas, no sabéis en lo que os estáis metiendo.

Había escuchado aquella frase muy cerca de ese lugar, aunque en la superficie, donde el aire todavía recuerda sus obligaciones.

Miré hacia atrás y entonces Martín encendió las luces largas y el sudor iluminó la piel temblorosa de aquel personaje.

- Escucha-, dijo mirándome a los ojos-, cuando no volviste a aparecer me cabreé y quise acojonarte un poco.

Parecía un animal tratando de encontrar su madriguera, buscando la manilla de la puerta desesperadamente. Aquel movimiento meditado durante otras madrugadas le había asustado. De nuevo parecía sincero.

- Chicas, vamos a olvidar todo esto-, cerró-. Marcharos de aquí y seguid con vuestra vida.

Apenas nos dio tiempo a replicar. Una vez más desapareció dejando un sonido de neumáticos escurridizos en los muros.

Martín se acercó a nosotras y le explicamos lo sucedido. Aquellas luces le habían aterrorizado y no comprendíamos por qué, pero sí sabíamos que lo mejor era salir de aquel lugar cuanto antes.

De vuelta a la ciudad dormida las farolas nos acompañaban. Alma y yo quisimos guardar los recuerdos para cada una. Parecía imposible que ella perdonase a la persona que había roto su vida, pero yo no podía evitar pensar que sólo era el peón sin escrúpulos de una partida salvaje.

 

Bellows_George_Dempsey_and_Firpo_1924

Share


«

0 comentarios »

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>