En juego

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junio 4, 2013 por anagomez

El sábado a mediodía estaba sentada delante de la pantalla de un ordenador anónimo en un local alargado. Había abierto el mensaje de David L. en mi casa, pero no quería investigar allí la página a la que me había dirigido. Do ut des.

El silencio era rígido en aquella sala llena de desconocidos.

Lo primero que hice fue ampliar el significado de aquella expresión.

- Tiene que ver con la reciprocidad en los negocios-, le expliqué a Salva más tarde entrando en el parque del Retiro-, y se utiliza en derecho.

Ese aspecto jurídico había sido terapéutico en un primer momento.

Entré de nuevo en la página con el nombre de usuario y la contraseña que había recibido y accedí a un cuestionario. Antes de empezar a responder miré en todas direcciones y me aseguré de que nadie estaba atento a mis intrigas.

- Había muchísimas preguntas-, comenté con mi amigo caminando entre las casetas de la Feria del Libro.

Había decidido responder como lo hubiese hecho yo misma. Era lo más prudente si en algún momento tenía que repetir el test.

Y así imaginé a un Alejandro licenciado en Periodismo, común, desempleado y aficionado al cine y a la literatura, común, sin propiedades, sin pareja, sin afiliación política.

Pasé más de una hora concentrada en las cuestiones que se sucedían sobre un fondo deliberadamente ambiguo y por fin acabó el interrogatorio y un número ocupó toda la pantalla. Debajo, en una esquina había un mensaje: “Entregar a su padrino”.

- ¿El boxeador?-, preguntó Salva.

Eso creía yo. Recordé que cuando había escrito a David L. por primera vez le había hablado de la fiesta de mi jefe y él me había explicado que a pesar de ello tendría que someterme al proceso habitual.

En cuanto al número, le había dado cientos de vueltas y no le encontraba sentido.

Nos quedamos tumbados sobre la hierba caliente, pero fuimos incapaces de borrar esas cifras de nuestros párpados.

No conozco las reglas de este juego y la protección de Alejandro parece bastante frágil, pero ya había sido advertida de que no hay posibilidad de darse la vuelta y estoy decidida a llegar al fondo de este pozo siniestro con vuestra ayuda.

Nos despedimos en el Palacio de Cristal, entre sombras y reflejos melodramáticos.

 

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- Está todo claro, ¿no?-, quiso saber cuando ya nos habíamos alejado en direcciones opuestas.

Asentí y salí del parque en dirección hacia la discoteca.

El calor había sacado a cientos de personas a la calle esa noche y había llenado el local rápidamente. Durante un par de horas tuve la misma sensación entre el estómago y la garganta que cuando había tenido que colarme en el despacho privado de mi jefe. Y como en aquella ocasión, todo sucedió sin que apenas pudiese controlar la situación.

Laura había recogido el correo y me lo había dado como cada noche para que yo se lo entregase a él. Tenía la carta guardada entre los vaqueros y la camiseta y me había dado la vuelta para sacarla y meterla entre el resto de la correspondencia sin que ella me viese, pero entonces me encontré con la mirada de mi jefe hundida en mi. No pude evitar dar un paso atrás, pero en seguida vi mi oportunidad detrás de una pareja agarrada de las manos. Sin pensarlo saqué el sobre y lo metí en el montón al tiempo que él alargaba la mano para cogerlo.

No me miró, a pesar de que mis manos temblaban congeladas, se apartó distraído y se dirigió a su despacho, pero al cabo de unos segundos salió corriendo hacia la entrada. A su regreso parecía derrotado.

Mientras tanto yo no puedo hacer otra cosa que seguir esperando una respuesta inesperable.

 

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2 comentarios »

  1. Rosa dice:

    Qué miedo Ana, sal de esa historia inmediatamente, te traerá problemas…te ayudaríamos , pero CÓMO.

  2. Jesús dice:

    Ana, viendo como se complica esto, cuenta con mi ejército, que pongo bajo tu mando, compuesto por más de un millón de adjetivos, algunos gerundios y hasta una sección de cacofonías, fruto de las últimas correcciones de mis escritos.
    Seguiremos unidos en la lucha…¡hasta la victoria final!

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