El encargo

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diciembre 18, 2013 por anagomez

Algunas veces todo lo que conoces te golpea en la boca para que no te pases de listo. Duele.

Recuerdo que miré el reloj después de que David L. saliese del despacho. Eran más de las siete de la tarde. Había algunas luces encendidas, pero las sombras dominaban ese espacio vivo y teñían el aire. Los cristales ya no eran cómplices, sino enemigos, y los silencios estaban llenos de misterios.

Martín y yo no fuimos capaces de hablar, sólo pegamos nuestros hombros y esperamos. Tuvimos el presentimiento de que algo iba a complicarlo todo y así fue.

Cuando salimos de allí todavía caminábamos muy juntos. Era de madrugada y la ciudad no iba a ayudarnos. Rita había llamado 7 veces a mi teléfono y 5 al de Martín. También tenía mensajes de Antón y Salva.

Estaban en la cocina esperándonos con té caliente. Pasamos toda la noche hablando de lo sucedido y pensando qué podíamos hacer a continuación. Se marcharon cuando el sol se empezaba a colar entre la ropa tendida en el patio y Martín y yo nos quedamos sentados en silencio. Había demasiadas palabras y estaban desordenadas, aunque un encargo iba tomando forma entre tanto caos.

La mañana me despertó con resaca. Apenas había dormido y cuando había conseguido cerrar los ojos había soñado con arañas y almacenes gigantes de color gris. Preparé café y me senté delante del ordenador para escribir este relato que nos puede rescatar de la pesadilla.

 

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Todo lo sucedido la tarde anterior parecía más irreal a la luz del día. Aquellos pasos seguían siendo definitivos y esa figura conocida resultaba excepcional. No podía dejar de mirarla y no podía esconder mi fascinación. Esa encargada de discoteca estridente se había aparecido delante de nosotros disfrazada de seguridad. Esa Laura mascachicles se había convertido en una persona diferente, cargada de elegancia y poder y entonces me di cuenta de que el disfraz era el que llevaba cada noche en aquel antro.

No comprendía aquel giro y eso le resultaba divertido. Nos invitó a pasar de nuevo al despacho y esta vez fue ella la que ocupó la butaca tras la mesa. David L. se quedó de pie a su lado con las manos agarradas detrás de la espalda. Los roles se habían vuelto a repartir y ahora sí parecían definitivos.

- Cuánto tiempo…-, hasta su voz parecía diferente-. No te veo desde aquella noche…

Recordé la tarde siguiente en comisaria haciendo inventario de mis pertenencias.

- Lamento lo sucedido, no es mi estilo robar bolsos, pero es evidente que necesitabas un empujoncito.

Apenas la escuchaba. Trataba de sumar todas mis conversaciones que habíamos mantenido, todos nuestros encuentros desde la madrugada del 1 de enero.

- Estás muy callada Ana-, comentó inclinándose sobre el tablero-, ¿es que me ves muy cambiada?

- Pues sí-, contesté sacando fuerza del estómago-, no te reconozco.

- Bueno… Es lo que pretendo-, guardó silencio durante un instante-. Mi vida es muy complicada, ¿sabes? Tengo que ir con cuidado.

Martín estaba muy rígido a mi lado. Recordé que había sido Laura la que le había dado mi número de teléfono. Nos había dirigido sin hacer ningún esfuerzo.

- Pero no hablemos de mí-, continuó con un gesto tajante-. Tengo que reconocer que al principio no confié en ti, eras tan paradita… Siempre metida en tus libros… Pero por suerte me ayudaron a ver tu potencial-, concluyó girándose hacia David L.

- ¿Potencial para qué?-, quise saber.

Aquello provocó la risa de aquellos dos personajes incongruentes.

- ¿Para qué va a ser?-, preguntó levantando las manos-, para formar parte de nuestro grupito de amigos.

El corazón dio un golpe dentro de mi chaqueta de lana. Por fin habíamos llegado a algo interesante.

Laura abrió el cajón en el que el apoderado guardaba el tabaco y sacó una carpeta.

- Durante todo este año te has esforzado mucho para que te aceptemos y lo has conseguido.

Y entonces empezó a colocar sobre el escritorio fotografías en las que aparecía junto a David L. en casa del boxeador, con Alma en el Pasaje Mutualidad, en el guardarropa de la discoteca, dentro del garaje, frente al portal de Diego, en mi ventana.

- Aquí están tus méritos-, dijo sonriente.

Comprendí que aquello me comprometía con todo eso que desconocía y que me estremecía.

- Ahora ya puedes hacer tus preguntas.

- ¿Qué es Do ut des?-. Tenía la sensación de haber hecho aquella pregunta 702 veces aquella tarde.

Se levantó, dio la vuelta a la mesa y se apoyó delante de nosotros.

- No es más que un grupo de personas que se ayudan unas a otras-, explicó-. Do ut des… doy para que me des. Todavía no sabes, no sabéis, la suerte que tenéis de contar con estos amigos, de lo mucho que pueden hacer por vosotros, lo lejos que os pueden llevar-, continuó apasionada.

- ¿Quiénes son?-, intervino Martín.

- Eso es algo que nadie sabe-, respondió Laura-. Esta red ha ido creciendo y ha alcanzado posiciones que jamás creeríais.

Sentí vértigo al imaginar qué tipo de favores se intercambian en esta trama y especulé con nombres, rostros, cargos.

- ¿Qué queréis de nosotros?-, pregunté.

- Eso no es lo importante-, se escapó-. Lo fundamental es lo que podéis obtener vosotros de DUD.

Volvió al otro lado de la mesa.

- Pero necesitamos comprobar vuestro compromiso-, apuntó recostándose en su asiento.

Cogió un bolígrafo y señaló la imagen de Alma con él. De pronto me di cuenta de que el frio me había envuelto por completo.

- Esta chica tenía una carrera prometedora-, reveló Laura mirándome sin pestañear-, pero eligió un camino equivocado.

Pensé en Alma, que había hipotecado su vida para tratar de aclarar quién había destrozado la de su pareja.

Ya es hora de que tengamos una charla con ella-, continuó aquella mujer con sombras-, pero estoy segura de que no responderá a mi llamada. Tú serás la encargada de convocarla.

Todos compartimos un silencio sombrío.

- No-, grité.

- Verás-, dijo Laura-, tu amiga se ha metido en esto porque su amiguito quiso dejarnos.

Estaba atrapada en el medio de una red violenta y pegajosa.

La encargada se levantó de nuevo y se dirigió a la puerta seguida por el apoderado

- El director de un diario nacional me ha comentado que busca redactor jefe, me habías dicho que eras periodista, ¿no?-, me guiñó un ojo-. Ya sabes lo que puedes ganar y todo lo que tienes que perder-, se despidió-. El jueves 19 a las 15 horas en el garaje.

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