Dobleces

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enero 8, 2013 por anagomez

La luz es débil frente al ordenador y el humo del té trepa hacia la bombilla formando dibujos de terciopelo azul. Ayer llegaron mis compañeros y ahora puedo escuchar su acompañamiento de televisión y cocina rápida mientras leo las últimas noticias.

El ministro de Defensa, Pedro Morenés, agradece que los militares no atiendan a provocaciones absurdas y no puedo evitar recordar a la pluriempleada Dolores de Cospedal tachando a los indignados de golpistas el 25 de septiembre en esta España de las dobleces, de la memoria histórica como arma y no como consuelo, del 23F siempre en la puntita de la lengua y de ese patético Tejero en bermudas dando el pie a Morenés, al denunciar al president Artur Mas por provocar.

La realidad vuelve a su ritmo de tango perverso, pero los días después de ese 1 de enero fueron solitarios e inquietos tras la melodramática advertencia de muerte encontrada en las páginas de uno de mis libros preferidos. Finalmente la rutina ganó terreno a la superstición. Seguí buscando trabajo en la red, preparé espaguetis con mojama casera, ajo y almendra, me puse una mascarilla de chocolate y busqué manchas en mi cara durante 20 minutos. Abandoné mi libro por miedo a las sombras que contenía y me dejé conquistar por los feroces Relatos de lo inesperado de Roald Dahl, fui testigo y parte de ese histerismo navideño de gran superficie con el suelo pulido y descubrí maravillada que las venas del dorso de las manos son diferentes entre ellas. Compré un regalo para Noa, la hija de mi prima.

 

monstruos_frontal

 

Sin embargo, las sombras volvieron a perseguirme la madrugada del día de Reyes.

El día 5 leía el Huffington Post cuando recibí la llamada de la encargada de la discoteca. Quería que volviese a trabajar en su guardarropa sin contrato, sin sueldo y sin amor propio. Después de considerar la situación entendí que era mejor hacerme con alguna propina condescendiente que gastar luz en casa, así que cogí mi libro, me puse los tacones nuevos y un abrigo viejo y salí de casa.

En la calle las hojas muertas me revolvían el pelo. Comprendí que en estas fechas es más fácil reconocer esa España duplicada, la de las luces y la suburbana. La de esa falsa mayoría silenciosa, dócil como a ellos les gusta, para moldear a su antojo.

Ya en la discoteca, ocupé mi puesto guardián, mientras al otro lado de las pesadas cortinas sonaba alegre y confusa la melodía de una trompeta. Un tipo trajeado entró en la sala dejando tres euros en el bote y llevando consigo su gabardina al hombro. Lo vi varias veces más. No habló, pero se preocupó por no pasar desapercibido delante de mi mostrador. Después de unas horas recogiendo abrigos y ofreciendo una sonrisa, un trozo de roscón manoseado y una corona de cartón pude concentrarme en mi libro. Tanto que no vi llegar al dueño del local, ese empresario hipócrita con su condición de bruto de patio de colegio, hasta que su silueta amenazó a las letras como en unos dibujos animados facilones.

- La chica que ocupaba tu puesto ha desaparecido, así que si te portas bien seguirás con nosotros. Pero no te relajes. Trabaja como si este fuese tu último año.

Su mirada fue gélida y me persiguió hasta casa. Probablemente no iría más allá de una ridícula amenaza empresarial, pero debía averiguar qué había sucedido con la anterior chica del perchero. Ayer la llamé y no contestó. Hoy he intentado ponerme en contacto con ella de nuevo, pero tampoco hubo respuesta. Su número ha sido dado de baja.

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3 comentarios »

  1. Othelo dice:

    Si la primera parte me encantó, esta segunda entrega me parece genial y sorprendente. Enhorabuena

  2. [...] Dentro de dos días habrán pasado tres años desde que ese boxeador convertido en matón de garaje dio una paliza a un chico, otro. Lo habíamos leído en un periódico al sol de febrero en La Latina. Esa será la ocasión de dar la vuelta a este teatrillo verbenero y conseguir aclarar cuál es mi papel en él. [...]

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