Deux ex machina

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diciembre 17, 2013 por anagomez

El cemento había calentado el aire de aquel lugar mucho tiempo atrás y lo había guardado como un tesoro inconfesable.

David L. se quedó 17 segundos frente a nosotros. Sonriendo y moviendo las rodillas. Y después hizo un gesto para que le siguiéramos y se dio la vuelta. Caminó despacio entre maquinaria extravagante y enormes tanques oxidados. Era una persona bastante más pequeña de lo que me había parecido y la tela de sus pantalones se movía dibujando formas hipnóticas.

No era capaz de comprender cómo habíamos llegado a aquel espacio intimidante después de un año caminando debajo del sol y entre la lluvia, por Ballesta, por un puerto azul. Subiendo escaleras en la librería Lello, compartiendo calle con miles de personas, frente a unas pocas que nos quieren detener y separar. Habíamos intuido los secretos de la oscuridad y habíamos dejado que nos separasen.

Pero Martín y yo seguimos caminando cogidos de la mano detrás de aquel sujeto danzarín hasta una gran zona de oficinas. Todas las habitaciones estaban acristaladas, pero algunos ventanales se habían roto y el agujero había sido cubierto con un plástico opaco. Los que quedaban estaban escondidos detrás de una gran capa de polvo.

Un par de estancias más allá se adivinaban movimientos e incluso pude distinguir el sonido de unos tacones sobre el cemento áspero.

David L. nos hizo entrar a una salita y cerró la puerta tras él.

- Si no le importa espere aquí-, pidió a Martín con tono cordial-. Tengo algunos asuntos que tratar con la señorita Gómez.

- No-, empezó a decir él, pero hice un gesto para que se tranquilizase.

Desde el despacho que había detrás de la siguiente cristalera podía verle sin problema.

El apoderado cerró y me señaló un sillón destartalado que había frente al escritorio. Él se sentó al otro lado y apoyó los codos en el tablero como un niño en la mesa del profesor. Recordé a Alicia en ese mundo que le queda grande.

- Bueno, por fin está aquí-, comentó distraído-, llevamos tiempo esperándola.

Quise preguntar quiénes eran los que me esperaban y para qué, pero entonces me di cuenta de que nunca le había dicho una sola palabra y me encogí acobardada entre muelles.

- ¿Qué le parece todo esto?-, preguntó abriendo mucho los brazos y mirando en todas direcciones.

- No sé qué es esto-, contesté con sinceridad.

Se rió con un movimiento teatral y escuché a Martín revolverse en su sillón de cuero envejecido.

- Bueno, nosotros tampoco sabemos muy bien quién es usted-, continuó, recuperando la seriedad en un instante-. Ana, Alejandro… nos ha engañado durante mucho tiempo, ¿no cree? Pero la entiendo.

Abrió un cajón y sacó un paquete de tabaco. Cogió un cigarrillo y un mechero y dio la vuelta a la mesa para ofrecérmelo, pero no quería fumar. Volvió a su sitio y lo encendió con calma.

- ¿Qué es todo esto?-, insistí.

Mi voz sonó más aguda de lo que me hubiera gustado.

- Nos ha obligado a utilizar más recursos de los que solemos utilizar-, prosiguió, ignorando mi pregunta-, pero ha merecido la pena. Ahora ya está usted dentro.

Noté la presión de aquel ambiente viciado sobre mi espalda. David L. tiró la ceniza al suelo y continuó.

- Reconozco que en aquella fiesta estaba un poco achispado y había muchas personas a las que no conocía-. Comprendí que se refería a esa reunión monstruosa en casa de boxeador-. Y no me acordaba de usted, no se ofenda.

Me miró en silencio buscando una absolución insustancial y encontró mi rostro vacío.

- Desde el principio sabía que había algo raro en ese Alejandro, pero me apeteció jugar un poco-, explicó brevemente-. Y usted me siguió el juego, ¿eh? Me sorprendió recibir su respuesta a ese acertijo retorcido.

Apagó el cigarro en el suelo y se acomodó en su butaca.

- Y un día la vi salir del despacho de ese gilipollas de la discoteca -. Su mirada se llenó de desprecio, por primera vez no fingía-. Él ya me había enseñado la carta de esa metomentodo que había trabajado allí, así que la seguimos hasta el garaje. Relacionarla con ese aspirante misterioso fue cuestión de tiempo.

Sentada frente a aquel tipo que cada vez tenía más cara de secundario con necesidad de aplausos, recordé cientos de escenas en las que un malvado patético completa la trama de la película antes de intentar acabar con todos los testigos, como un Deux ex machina miserable.

 

Deux ex machina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miré a mi espalda y vi a Martín mordiéndose las uñas en aquella antesala inútil.

- La estoy aburriendo, ¿verdad?-, dijo David L.

-¿Qué es Do ut des?-, quise saber. Me había cansado de aquella charla estudiada.

Miró la mesa y dibujó algo con el dedo pensativo.

- Creo que no soy yo el que le tiene que explicar eso.

Se levantó y salió de la habitación. Martín dio un salto en su asiento, pero David L. pasó por delante de él sin mirarle.

Pensé en huir, pero no conseguiríamos escapar de aquello por mucho que corriéramos, así que esperamos juntos, escuchando voces oscuras que golpeaban el techo. Dos pares de zapatos se acercaron, unos torpes y rápidos, los de aquel mafiosillo a medio hacer, otros ágiles y femeninos.

Cuando se detuvieron frente a aquel despacho nuestro gesto se desencajó. Durante varios segundos fuimos incapaces de aceptar aquella verdad…

 

Mañana cerraré este episodio delirante, aunque la historia todavía no ha terminado.

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