Derribando muros

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julio 2, 2013 por anagomez

No consigo decidir qué música es la adecuada para ambientar un misterio cuando el sol se niega a marcharse. Puede que Woody Allen tuviese una solución diplomática para esta crisis. Llevo dos días mirando ese sobre junto al ordenador y no he averiguado qué contiene ni qué debo hacer con él.

Soy incapaz de concentrarme en la realidad de la pantalla, en las verdades y las mentiras que se suceden y que dejan de interesar pasadas las dos horas de digestión legítimas, en personajes grotescos que comparten gomina y puro en el módulo IV de Soto del Real como lo hicieron en la boda de la hijísima y en el término imputación, que ha perdido inmensidad desde que se escribe en cursiva en las tarjetas de visita de docenas de ex consejeras-diputados-directores-delegadas.

He pasado dos noches sin poder borrar la imagen de Salva frente a mi puerta con ese sobre en una mano y una botella de vino en la otra. Durante una hora le grité mientras él preparaba crêpes con queso y pistachos en silencio. Todavía me asusta pensar en lo que le podía haber pasado.

Voy de una página a otra apuntando ofertas de trabajo que me saquen de este Madrid noctámbulo y esquizofrénico, sin perder de vista ese papel envejecido y sellado. Sin poder olvidar a mi amigo sentado frente a mí, bebiendo vino y esperando a que me templase para contarme lo sucedido.

- Así que has ido allí-, le animé finalmente.

Sonrió tranquilo y asintió con la cabeza.

- Pero, ¿cómo sabías la dirección?-, todavía no podía creer lo que había hecho.

- Nos la dijiste después de haber ido tú-, contestó.

- ¿Y?

- Llamé a la puerta 35 y me abrió el tipo con bastón y me preguntó qué quería-, respondió dando un trago-. Yo llevaba pensado el número y se lo dije.

- ¿5481?-, notaba la rigidez en la boca.

- Sí-, comentó mientras dibujaba la cifra con el dedo sobre la mesa-. Se quedó mirándome extrañado y pensé que me iba a cerrar la puerta en las narices, pero entonces le dije que iba de parte del boxeador y puso una cara de terror que me dejó acojonado.

Le miraba sin poder sacar una sola palabra de la garganta.

- Me pidió que esperase y se metió en la casa-, siguió con su relato-. Intenté cotillear un poco, pero sólo se veía el pasillo. Después de un rato salió con el sobre y me lo dio.

 

Sobre

 

- ¿Cómo se te ha ocurrido hacer algo así?-, quise saber preocupada.

- Era algo que tú no podías hacer-, dijo encogiéndose de hombros-. Hay más.

Hizo una pausa dramática y yo bebí para ayudar a tragar lo que venía.

- Me dijo literalmente: “Esta es la última puerta que debes cruzar. No abras el sobre ni intentes averiguar qué contiene. Sólo encuentra a alguien a quien entregar el mensaje”. Y cerró.

Ninguno de los dos ha averiguado que significa, pero Salva me ha sacado del laberinto derribando muros y yo tengo el deber de encontrar respuestas a este acertijo para él, para ambos. Aprovecharé la noche para ocultar el verano y dar con ese alguien, con la carta en una mano.

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