De madrugada

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septiembre 10, 2013 por anagomez

Esa madrugada fue diferente. Volví a casa a la misma hora, con las manos metidas en los bolsillos y la sombra agarrada al cemento. Me quité los vaqueros y me lavé la cara en silencio. Preparé el mismo pan de ajo con queso y dados de tomate que había preparado otras mañanas acompañadas y me lo comí sentada en la galería abandonada.

Busqué el movimiento en la ventana de enfrente y me dejé bailar por el humo de un cigarro.  Parecía una madrugada como cualquier otra, sonaba y olía igual que las demás. Incluso parecía la madrugada de cualquier otra persona. Pero no lo fue.

Unas horas antes había salido de casa como cualquier otro sábado, pero había cogido un metro en dirección opuesta a la discoteca. Sentada en el vagón conté las llamadas de Laura que no había querido contestar el jueves y el viernes y no pude evitar sonreír. Estaba segura de que esa noche no insistiría. Su bilis se lo impedía. Disfrutaba sabiendo que no la vería más y que podía alejarme de aquel local en el que había cumplido una pena de 8 meses y 1 día tanto como quisiera.

El miércoles por la mañana había recibido una llamada de la que sería mi nueva jefa acompañada por el sonido de los teclados y los teléfonos, citándome el lunes para hacer un curso de formación remunerado y firmar un contrato de tres meses. Me sentí libre y mareada y salí a celebrarlo con Rita y María por Malasaña.

Después pasé dos días recuperando el sol, tratando de evitar cualquier contacto improbable con una gente que se había convertido en la familia peor avenida que me había adoptado de forma perversa. Me preguntaba qué va a pasar a partir de ahora, cómo voy a seguir las pistas lejos de aquel hogar siniestro y si quiero hacerlo.

El sábado bajé en la parada de la casa de Rita con cerveza, limones y hielo y me reencontré con personas a las que apenas había visto durante el último año, Chusa, Aída, Mamen, Mika, Angi, Nacho. Y bebí y disfruté, sin otra preocupación que la de imaginar en qué se van a dejar de invertir los miles de millones previstos para los inverosímiles Juegos Olímpicos.  Lamentando que de nuevo nos hayan intentado hacer creer que somos algo que nunca seremos, como ellos. No lloréis por algo que no tuvimos, llorad lo que nos estáis quitando a diario, por la incompetencia que tenéis que ocultar detrás de penosos discursos y de pactos secretos que recuerdan a un momento inmoral de nuestra historia que compartieron dos personajes míseros y acomplejados con los pies encima de una mesa.

Y volví a casa con las manos en los bolsillos mientras se apagaban las farolas.

Ayer entré en la oficina a las 9 en punto de la mañana, expectante, pero con una inquietud familiar. Durante el descanso volví a leer el mensaje que mi antiguo jefe me había enviado la madrugada del sábado, mientras buscaba estrellas desde la galería en el techo opaco de Madrid.

 

Mensaje Boxeador

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquella parecía una mañana como otra cualquiera, pero no lo fue.

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2 comentarios »

  1. Rosa dice:

    Buenísimo , como siempre…estoy segura que grandes cambios te esperan Ana Gómez, no pueden prescindir de tí.

  2. Othelo dice:

    Hola de nuevo, Ana. Como ves, ya no puedo conformarme con la lectura de tu historia como hacía antes. Ahora me intriga y me inquieta.
    A pesar de haber dado un giro sustancial en tu vida, no creo que puedas desligarte del pasado y eso es preocupante. Vas a tener que apartarte o mejor, acabar con esa gente antes de que acaben contigo.
    Donde hay una araña, no muy lejos hay una red y cuidado con el capullo de la “polilla”.
    No dejes de mirar atrás, por favor

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