Carreteras retorcidas

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junio 18, 2013 por anagomez

Volví a reunir al comité de crisis a las 10 de la mañana en el portal de Salva. Después de una ridícula discusión sobre el lugar que debían ocupar la sandía rellena de Rita y la mochila para imprevistos de su amigoamanteenemigoydenuevoamigo en el maletero, salimos de Madrid por la A-1 para celebrar la visita del sol de proximidad en alto.

- Aquí detrás nos vamos a quedar pegados-, comentó mi amiga despreocupada y yo sentí cómo mis hombros se hundían un poco, pero Renato Carosone me apartó de una pena que se quedaba junto a las cuatro torres. Con los personajes estroboscópicos, las exclusivas de calle y las fiestas de fin de curso delante de botellas de vino rebajado. Con el ridículo empresario de la Cavada en busca de nuevas víctimas y los mismos ricos con sus mismos codiciables.

Las carreteras se estrechaban y retorcían a medida que nos acercábamos a Patones de Arriba con una sandía cargada de ron dando vueltas detrás de nosotros.

Recorrimos las calles desiertas y guardamos el silencio de las piedras calientes para utilizarlo de vuelta. Subimos y después bajamos al rio. Nos sentamos alrededor de una mesa frente al  humus con bastones de zanahoria que había preparado Antón siguiendo la receta del Cocinero Fiel.

Después del segundo vaso de licor de sandía les enseñé a mis amigos el nuevo mensaje que había encontrado en esa página Do ut des dirigido a Alejandro: “Número 5481, su padrino le dará instrucciones para abrir la segunda puerta”.

- ¿Cómo piensas conseguir esas instrucciones?

- Es imposible que puedas hacerlo.

- Ahora sí que se ha acabado.

- Pásame la sandía.

De vuelta a la ciudad la carretera todavía tenía propiedades sedantes, pero frente a la discoteca aquella misma noche las alarmas volvieron a sonar. Cuando entré en el local Laura señaló con la cabeza al pasillo de forma despectiva y me advirtió de que el jefe estaba encerrado en el despacho y de que no quería ser molestado. Durante las últimas semanas había pasado mucho tiempo en aquella habitación.

Parecía que todo había terminado, pero de pronto se me ocurrió una idea. Llamé a Salva y le di el número de teléfono de la barra para que dejase un recado a los camareros haciéndose pasar por Alejandro y avisando de que pasaría por allí sobre las dos. Media hora después uno de ellos cruzó el pasillo y llamó a la puerta del cuarto privado del jefe. Salió de allí antes de que hubiese pasado un minuto, encerrando de nuevo los secretos.

Ahora tenía que conseguir que saliese y confiar en que hubiese dejado sus planes para mi alter ego a la vista. No pude evitar pensar en Alma, en cómo había conseguido acercarse a mí sin permiso. Ahora yo estaba haciendo lo mismo. Sus amenazas me parecieron súbitamente inocentes.

A las dos en punto respiré profundamente el aire corrupto del local y crucé el pasillo. La encargada había desaparecido dentro de la sala con sus amigas falsificadas. Llamé a la puerta y abrí una rendija.

- Hay un tipo que te quiere invitar a una copa-, le dije como una actriz sin talento-. Está dentro.

Saltó de la silla y echó a correr. Tenía que aprovechar ese instante. Entré y recogí varios vasos de la mesa tratando de encontrar algo. Uno de los cajones del escritorio estaba abierto, así que tiré de él y lo volví a cerrar al momento.

Intenté esquivar a mi jefe en la barra. Miraba en todas direcciones desesperado y cuando me vio corrió hacia mí acorralándome como en un viejo videojuego, me agarró del brazo y me preguntó cómo era. Le di un par de indicaciones vagas, dejé los vasos y volví a mi garita.

 

 

Allí pensé en lo que había visto en aquel cajón. Junto al número 5481 había escrito una dirección que me resultó familiar. Todo quedó claro cuando leí el número de la puerta: 35.

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3 comentarios »

  1. ROSA dice:

    Y ahora ¿para dónde tirar ? , ¿qué vas a hacer?

  2. ROSA dice:

    Ana Gómez, olvida a Alma, busca otro trabajo. Tus lectores te necesitamos.

  3. [...] no me he quitado ese disfraz de periodista que me queda grande, aunque he cambiado de escenario. Busco huellas en las puertas acristaladas de la empresa en la que trabajo por orden de una sombra [...]

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