Azul

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febrero 26, 2013 por anagomez

Frente al mar de febrero todo vuelve a ser relativo. El azul recupera su profundidad cantábrica y gana seguidores.

 

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Después de unos días agitados, el domingo cogí un tren y me planté en Santander exigiendo abrazos atrasados, cervezas con gusto a sal y sardinas en tomate a la hora del informativo. Nada ha cambiado en mi rincón del mundo, que tiene un hueco en esta ciudad, aunque nada es igual después de unos cuantos otoños, algunas ausencias vitales y golpes de los que cuesta recuperarse.

Sin embargo, el puerto tiene la misma luz y las terrazas mantienen la tortilla y la actualidad calientes. Las señoras tratan de comprender qué es una indemnización en diferido y en forma de simulación mientras se toman el vermú y los trabajadores que almuerzan se preguntan si será la compensación que se aplicará cuando se formalice el próximo ERE cobarde.

Yo actualizo el cariño de los míos alrededor de esas mismas mesas en las que no sólo se habla de desahucio, desalojo y alzamiento, sino también de inconstitucionalidad, absolutismo y asesinato.

Aquí, frente al mar, soy capaz de recordar la noche del miércoles como una película inquietante con personajes desproporcionados y ángulos muertos. Los 456 kilómetros que me separan de ella la convierten en algo irreal y hueco.

 

 

Después de que la encargadísima Laura me enviase un mensaje citándome en casa de nuestro jefe para trabajar en una fiesta privada fui incapaz de pensar en otra cosa y Antón, María, Rita y Salva pusieron voz a todos los pensamientos confusos.

- Es una oportunidad cojonuda para saber más de ese tipo.

- Tienes que ir allí y abrir bien los ojos y los oídos.

- Pero es como meterse en la boca del lobo.

- Yo te acompaño hasta allí.

Me despedí de Salva delante de un edificio del barrio de Salamanca en el que entraban camareros cargados con bandejas. Les seguí hasta un gran piso con el suelo brillante y sin apenas muebles. Antes de que Laura me interceptase pude ver varios trofeos, una mesa de mezclas y una barra, pero mi trabajo consistía en abrir la puerta y recoger los abrigos de los invitados así que mi investigación tenía poco futuro. Reconozco que sentí más decepción que alivio.

A lo largo de la noche pasaron por delante de mí una serie de sujetos imposibles con ojeras, dientes de oro y abrigos de piel agujereados por cigarrillos. Quizá alguna de aquellas mujeres hubiese sido actriz en otra época y seguro que alguno de esos hombres es constructor. Desde la entrada sentía sus risotadas manchadas de carmín y también escuché al dueño de la casa referirse a mí como “su nueva chica” delante de un grupo de macheteros venidos a más. Al final todos salieron, dejando el suelo manchado y una impresión de pesadilla en cada habitación.

Me marché de allí desolada y pasé el resto del fin de semana trabajando adormilada y corrigiendo el relato que había leído delante de mis nuevos compañeros de clase frente a un café en la cocina de Martín.

Pero el domingo encontré una nueva nota entre las propinas del miércoles.

 

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No las había sacado de la americana, que estaba colgada en la silla de mi habitación.

Después de dos horas en tren y de repasar una y otra vez lo sucedido aquella noche en casa de mi jefe recordé que uno de sus invitados me había dado su tarjeta cuando salía tambaleándose: “David L. Apoderado”.

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4 comentarios »

  1. rosa dice:

    buenísimo,como todos.

    • anagomez dice:

      Muchas gracias Rosa.
      Dentro de este tren que me lleva de vuelta sin remedio no puedo evitar pensar en las personas a las que no vemos tanto como querríamos…

  2. Zaira dice:

    mmmmmm, cada vez se pone mas interesante!!
    que ha pasado con martin? ;)

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