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noviembre 19, 2013 por anagomez

Ya se habían marchado todos y Martín y yo fregábamos vasos agotados y agotábamos migas de hojaldre con pollo y sobrasada. Habíamos celebrado el cumpleaños de Antón y una nueva oportunidad para María. En otra ciudad, al norte de varios ríos, sin cruzar el mar.

Habíamos planeado la primera visita que le haremos y las primeras filloas con miel y nata que compartiremos.

Habíamos puesto una vela en el centro de la mesa, habíamos bebido vino y habíamos hablado con voces arrebatadas de mierda acumulada en las rocas, las aceras y los despachos. Parece que nadie la ha colocado ahí y nadie quiere limpiarla. Hay que reconocer que tienen habilidad para esconder la mugre en cajones cargados de billetes pegajosos, para disfrazarla de éxitos y cargarla en el lomo de los que tratan de sobrevivir debajo de montones de basura que no han generado. Quieren hacernos responsables de su nulidad, cerrarnos la boca con multas cargadas de ceros, mientras celebran sentencias absurdas que ya habían pagado hace 11 años. Pero no pueden evitar la peste a chapapote cada vez que abren la boca.

Habíamos guardado una carta en el bolso de María y nos habíamos despedido. Secábamos vasos desafiantes cuando recibimos un mensaje: “Hecho”.

Dentro de dos días habrán pasado tres años desde que ese boxeador convertido en matón de garaje dio una paliza a un chico, otro. Lo habíamos leído en un periódico al sol de febrero en La Latina. Esa será la ocasión de dar la vuelta a este teatrillo verbenero y conseguir aclarar cuál es mi papel en él.

Llevo estudiando mis frases desde aquel 3 de abril en una esquina sombría y el miedo escénico ha desaparecido. Necesito conocer lo que tiene que contar ese tipo que sigue participando en mis movimientos después de haber dejado su cueva.

Seguíamos viendo Twin Peaks en el sofá cuando Antón volvió a casa. Dejamos al Agente Especial Cooper soñando cuartos intoxicados y salimos a la galería para conocer los detalles de la noche.

- Hemos ido a la discoteca-, dijo mi compañero.

Encendí un cigarro y abrí la ventana para no molestarle.

- Hicimos lo que nos dijiste-, continuó-. Fuimos a la barra y le dimos la carta al camarero.

- ¿Le visteis dársela a alguien?

- Sí-, respondió,- a la estirada esa que anda por ahí.

Se refería a Laura, la encargada. Si ella la había recogido llegaría al jefe.

- Después nos fuimos-, explicó-, por si nos conocía alguien.

Al cabo de un rato Antón se fue a dormir. Había pasado la noche de su cumpleaños haciendo recados intrigantes para ayudarme. Martín y yo nos miramos sin hablar. Habíamos completado la primera parte de aquel plan calcado y ya sólo podíamos esperar.

Dentro de dos días volveré a aquel garaje hostil para encontrarme con ese personaje secundario, como hizo Alma unos meses antes, pero no iré sola.

 

Carta

 

 

Puede que sea un error confiar en ella, como me había advertido Othelo, pero estamos unidas por un antagonista común.

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4 comentarios »

  1. Jesús dice:

    Me encanta la cabecera nueva… Te lo digo porque es verdad y para no ser reincidente con lo que digo todas las semanas: me encanta el relato, la trama, el guiño con la actualidad, la ambigüedad, el suspense… y no tengo reparos en reconocerlo ¡estoy enganchado!

  2. anagomez dice:

    * 1

    Mañana por fin resolveré tantas cuestiones pendientes.

    http://doscerotrece.es/dobleces/

  3. othelo dice:

    De acuerdo contigo Jesús. Me encanta todo y, aunque lo que termina da paso a otra historia, echaré de menos a Ana.

  4. anagomez dice:

    Compañeros, no sé cómo agradeceros vuestro abrigo.

    Os leo en una oficina que está a punto de derrumbarse conmigo dentro, en el metro, donde las miradas parecen intencionadas, en una casa cada vez más silenciosa…

    Juntos desvelaremos este misterio callejero.

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