19 de marzo

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marzo 19, 2013 por anagomez

He llegado a casa y me he sentado delante del ordenador con el pelo mojado pegado a la cara. En la bandeja del correo sólo hay ofertas de páginas que han dejado de interesarme. Mis brazos se relajan a los lados de la silla coja que encontramos junto al contenedor una madrugada que volvíamos a casa con churros y cerveza. El sonido de la guitarra infantil de María en su habitación ayuda a espantar las sombras de la lluvia, así que me deshago de la ropa mojada y abro un documento nuevo.

“No hay marcha atrás”. Di muchas vueltas a esa sentencia antes de atreverme a escribir un número para mandárselo a David L. El fin de semana intenté encontrar una reacción de mi jefe que me animase a tomar una decisión. Incluso mencioné la fiesta de su casa, pero respondió con una indiferencia ensayada delante de las muñecas descabezadas de su hermanita. Las noches son cada vez más largas detrás de mi mostrador y los abrigos llegan cargados de agua.

Me siento de nuevo frente al ordenador y vuelvo a buscar una respuesta a mi atrevimiento. Ningún correo nuevo. Fuera la lluvia deforma la luz del letrero de la farmacia y Antón habla por teléfono con su padre mientras recorre el pasillo. Escribo la fecha, “19 de marzo”.

El sábado salí de la discoteca con mi paraguas azul. Martín me recogió y preparó mazorcas de maíz a la plancha para desayunar.

- No contestes-, me pidió frente a la luz inflexible de la nevera-. Ese apoderado es sospechoso.

Y mientras comíamos, nos dedicamos a elaborar una lista de profesionales que deben soportar adjetivos injustos.

- Apoderado sospechoso-, insistió Martín.

- Asesor conspirador, testaferro gamberro-, rimé.

- Banquero usurero-, contraatacó.

- Tesorero cabrón-, rematé.

La humedad se queda pegada en los dos lados de la ventana y debo hacer un esfuerzo feroz para concentrarme en la hoja que tengo delante. “19 de marzo. Cada letra de esta realidad…”.

Ahora no consigo convencerme de que hice lo correcto, pero el domingo Rita y yo nos sentamos en una terraza de Cuatro Caminos y dejamos que la cerveza resolviese todas las dudas.

- ¿Cómo llegaste a ese número?-, preguntó mientras dejaba el tabaco, el mechero y las gafas de sol encima de la mesa.

- La clave es la palabra “dieciséis”-, le expliqué-. Es la única de la lista que tiene tilde y está encima de la séptima letra.

- Entonces si el tipo te dice “dieciocho”-, terminó su razonamiento con un lápiz del Museo del Traje en una servilleta.

- Exacto.

Después buscamos un locutorio con ordenadores y lo enviamos sin pensarlo antes. Sigo sin recibir una respuesta y esta calma es más siniestra que la confusión, pero ha dejado de llover.

“19 de marzo. Cada letra de esta realidad me la has enseñado tú”.

 

Papá

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1 comentario »

  1. Rosa dice:

    Qué bonito…me encanta como siempre Ana Gómez, que tu don para jugar con las palabras siempre estén las servicio de los verdaderos valores, como nos has contado hoy.

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