Fin (31 de diciembre)

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diciembre 31, 2013 por anagomez

Este último día del año ha amanecido lento, buscando minutos entre los contenedores de basura. He preparado té y he llenado algunas cajas con una manta de cuadros eterna, un puñado de libros viajeros y tres pulseras marroquíes que hacen juegos de música en el brazo.

No tenía nada más que hacer allí, así que me he sentado en la galería y he encendido un último cigarro delante de esa fachada, que parece menos confusa.

Se han gastado varios días, 67 felicitaciones y un temporal de viento que ha cargado con algunos de mis fantasmas. Cada día conozco algún detalle demencial de esa trama que estuvo a punto de absorberme y tendré que explicar otra vez todo lo que he escrito durante este año. La discoteca ha cerrado y la página de DUD ya no existe, pero esa encargada transformista sigue escondida en algún agujero remoto, She’s got the jack.

Martín ha recuperado el sueño y se ha quitado el traje. No puedo evitar un sentimiento de culpa casi fanática por haberle arrastrado en este desvarío, aunque fue Laura la que manejó nuestros hilos desde aquella noche en que le dio mi número de teléfono.

Ha llegado el momento de despedirse de este capítulo.

 

 

Recorro las habitaciones de una casa que ya no me pertenece, que nunca fue mía, y ordeno recuerdos en una cocina protectora. La compañía cálida de Rosa y Jesús desde aquel 1 de enero, un plato de arroz al horno que sabe mejor a las cinco de la tarde, aquel charlestón con Salva, el abrazo de Rita, la cercanía hipnótica de María. Manchas imborrables, noches generosas y el sonido de un concurso de televisión en el último piso. Patricia, a veces al derecho y a veces al revés, Artur y Eva de cerca, Antonio, Luci, tan dulce entre rizos.

La ropa interior de la vecina, cientos de soles descolgándose por las cuerdas, el recuerdo de Paula y la familia de Nestor, siempre en el espejo en el que miro. Los cálculos de Fernan y Zaira, el cariño de Yolanda, Amanda.

Una discusión sobre la mejor hora para ver Los pájaros, sin duda después de comer, la nevera vacía y Antón rellenando un autodefinido sobre el suelo fregado. La inspiración de Juanjo, Aída y Mamen, siempre esperando un poquito más, todas las canciones de Nacho, un Anónimo puntilloso, Anirri, demasiado lejos…

Las conversaciones interrumpidas con mi abuela, una mañana escribiendo cuentos para el taller de Clara y los versos de Paco:

La vida empieza y acaba en su rincón,

viendo pasar otros tiempos,

inventando otro futuro…

Este ordenador encima de la mesa y sobre todo Othelo y Abaraz, y sobre todo Martín. Y la tranquilidad de que siempre hayan estado entre estas líneas, antes incluso de aquella tarde frente a La Bardemcilla, de que las hayan escrito, pintado, fotografiado, cantado. Un mensaje cada martes, cientos de cañas con inspiración, un par de ellas bajo el Puente Luis I, recetas prestadas, sonrisas, lágrimas y un vestido de seda firmado.

Después de todo, sigo siendo Ana, la misma Ana común, que busca el contenedor adecuado para los paquetes de tabaco, que tropieza al menos una vez al mes y sale mal en todas las fotografías. Sigo parada y ya no tengo casa. Ahora tomo el té más dulce y el café más amargo y utilizo una sola crema hidratante.

Y esta realidad sigue pudriéndose y agotándose. Este ha sido el año de los escraches, la corrupción única, la esclavitud laboral y la pantalla de plasma en oferta. De las mentiras, los enredos y los silencios. Hoy los indignados son delincuentes y las mujeres son la carne de la que se alimentan unos cuantos curillas impuestos con dolor. Hemos pasado del Nunca máis al Sempre que queras, de la Cámara baja a la Cámara arrastrada y del banquero encarcelado al juez expedientado. De los derechos sociales a los medicamentos para unos cuantos, el crucifijo en las aulas y la justicia selectiva. Este ha sido un año de dramas e impunidad, de espionaje e impunidad, de incompetencia y café con leche e impunidad. Y de la despedida de Nelson Mandela.

Puede que me marche lejos, puede que me marche con Martín, puede. Ahora lo único que sé es que voy a cenar brochetas de langostino y mozzarella con soja de tomate y wasabi con él.

Os deseo un doscerocatorce lleno de casualidades.

 

chica

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Un golpe

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diciembre 24, 2013 por anagomez

Hace menos de una semana estaba bajo tierra de nuevo y ahora me envuelvo en el calor del solomillo al horno de mi padre. La casa se ha llenado de ruido y fuera la lluvia y el viento amenazan la oscuridad. Mi madre enciende velas en el salón y mi tía Mecu envía mensajes de felicitación apurados mientras yo termino de escribir una historia a través del espejo.

Sin embargo, esta realidad sobada no es menos siniestra que aquella telaraña, tampoco tiene sitio para la libertad. Nuestro cuerpo pertenece al Estado y nuestra inteligencia está sujeta a revisión.

Nos habéis degradado a máquinas de parir en vuestro sistema del miedo, pero la mayoría absolutista no os convierte en tutores y la vagina no nos convierte en madres. En cambio, las malformaciones éticas de Alberto Ruiz Gallardón sí son razón suficiente para abortarle de esta democracia defectuosa.

El calor de una casa que se ha convertido en templo me recuerda que hace menos de una semana estaba preparada para enfrentarme a aquel encargo en una cueva cómplice. Ahora me siento libre frente a un mar desobediente.

Todo ha terminado o puede que no haya hecho más que comenzar.

 

LOS JUGADORES

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Pensamos cómo librarnos de esa tarea durante muchas horas noctámbulas, pero no iba a ser fácil. Laura me había dejado claro lo que ordena hacer a quien no colabora con Do ut des y controlaba prácticamente todos mis movimientos, así que no tenía más remedio que llamar a Alma y pedirle que volviese conmigo al garaje.

Le dije que había descubierto algo que quizá le interesase y que se lo enseñaría el día 19 a las 15 horas, como había establecido aquella mujer duplicada. Pensé que si la llevaba yo en lugar de citarla allí, Laura dependería de mí y no podría hacerme lo mismo que tenía pensado hacer con esa chica de tacones rojos.

Desde ese momento fui incapaz de comer, dormir o mantener una conversación corriente. La tormenta se acercaba y tenía miedo de que mis amigos también resultasen salpicados por mis jueguecitos.

Escribí un mensaje a David L. a través de la página de esa red febril para confirmar que Alma y yo estaríamos en el garaje a la hora prevista y me di cuenta de que esta intriga había convertido a los débiles en poderosos y a las víctimas en conspiradores. Ahora era yo la que perseguía a esa chica que me había intimidado durante tanto tiempo.

Pero todavía podía volver a dar la vuelta a la realidad para colocar a cada uno en el lugar que nos corresponde, así que traté de encontrar un aliado polémico. La persona que intentó advertirme y que ahora podría ayudarme a salir de esta trampa: el encargado del garaje.

 

EL PLAN

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No tenía más remedio que encontrarme con él en la plaza en la que le había visto aquella vez, entre la lluvia y las neurosis de mayo, porque no conocía ni siquiera su nombre, pero era arriesgado.

Cuando llegué a la plaza en la que se encuentra el ascensor de entrada al sótano recordé la sensación de pánico que había tenido cuando aquel tipo me había agarrado el brazo y me había pedido que me alejase de allí si no quería tener problemas. Era prácticamente la misma hora a la que había salido entonces, así que me senté en un banco y esperé, protegida con el gorro y los guantes.

Un gato se acercó a mí, buscando su soledad, y cuando había conseguido distraerme con su mirada hipnótica le oí. Salía del ascensor dando grandes zancadas junto a otro hombre al que le costaba mantener el ritmo. No parecía uno de los que me habían atendido meses atrás, así que eché a correr tras ellos y les grité.

Cuando se giraron pude ver el gesto congelado de aquel tipo bajo una farola débil.

- Disculpe-, dije sin apenas detenerme a su lado-. Se le ha caído este papel.

Y me marché con el corazón volcado de vuelta a mi casa.

 

 EL TINGLADO

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Había dejado ese trabajo estéril en la oficina. Me indignaba pensar que aquella gentuza había estado vigilándome frente a una mesa común y riéndose de lo cómoda que había sido para ellos.

A pesar de todo había recibido un finiquito cargado de números. De nuevo esos personajes desdibujados imponían su poder con regalos equivocados, mientras yo intentaba sujetarme a la verdad.

Cada vez tenía más claro que la trama de Do ut des era tremenda e implicaba a personas que no podía ni siquiera imaginar. Parecía imposible enfrentarse a ella, a sus extorsiones, sus amenazas y sus castigos. Había conocido la disciplina antes que sus fines y temía que la impusiesen a más personas.

Yo sola había caído en la trampa de esa araña y ahora no podía librarme de ella. Este blog era lo único que me mantenía alejada de sus redes. Daba por supuesto que no lo conocían, porque de otra manera lo hubiesen cerrado.

 

 LA TRAMA

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La fecha del encuentro se acercaba y las calles se llenaban de luces amarillas y azules. Yo sentía que caminaba en dirección contraria a todas las personas que pasean por las aceras con tranquilidad y cargan cestas de navidad semivacías. Así que me aislé de todo lo que intentase distraerme de aquello que debía hacer.

Sólo bajaba para comprar pan y pasaba los días en silencio. Antón ya se había marchado a su casa y sólo volvería para recoger sus cosas y despedirse antes de final de año y yo trataba de mantener alejados de mi veneno a Rita y a Salva. Martín era el único que podía colarse en mis reflexiones. Él estaba metido en aquella intriga, pero no lograba comprender por qué.

Un día antes de la fecha impuesta por Laura subía con mi barra y escuché ruido en la escalera. Cuando entré en casa pude percibir un olor familiar que me erizó el pelo en la nuca. Avancé despacio y revisé todas las habitaciones, pero no había nadie. Y entonces encontré un sobre encima de la mesa del salón.

Contenía la nota que le había pasado al empleado del garaje en la que le pedía que se pusiese en contacto con la policía y una fotografía en la que Martín aparecía atado en un cuarto vacío. En el reverso ponía: “Deja de jugar. Última oportunidad”.

No había marcha atrás.

 

 EL GOLPE

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Llegó el 19 de diciembre, un día tímido. Me levanté del sofá después de haber pasado la noche inmóvil mirando las irregularidades de la pared y me di una ducha. No sabía qué se suele hacer el día en que debes traicionar todo lo que has intentado defender.

No podía pensar en otra cosa que no fuese Martín. Ahora ya estaba claro cuál era su papel en esta partida y no podía permitirlo.

A las dos de la tarde recogí a Alma en el sitio en el que nos habíamos encontrado la otra vez y caminé junto a ella hacia el garaje. Tenía la sensación de haber superado la barrera de la sensatez y no sabía si podría recuperar la normalidad después de aquello.

Provoqué un choque de miradas con el empleado, que estaba muy tieso en su caseta, y acompañé a Alma al piso inferior. Cuando llegamos al lugar en el que nos habíamos encontrado con el boxeador ella quiso saber por qué la había llevado allí. Le pedí que confiase en mí, pero estaba alarmada. Empezaba a darse cuenta de que no podía confiar tampoco en mí. Y entonces escuchamos las ruedas de un coche chillando sobre el cemento. Se detuvo frente a nosotras y de él salieron David L. y el propietario de la discoteca, pero en el asiento de atrás pude ver a Martín y a otra persona que no pude reconocer.

- ¿No os había pedido que estuvieseis tranquilitas?-, comentó el jefe con una sonrisa ensayada en la cara.

- ¿Qué está pasando aquí?-, quiso saber Alma, incapaz de asimilar todo aquello.

- Aquí está pasando que tú y tu novio nos tenéis un poco hartos-, contestó el apoderado.

Ella no sabía quién era él ni a qué se estaba refiriendo.

El boxeador sacó del coche a la persona que estaba sentada junto a Martín. Era Diego y también estaba atado. Le costó acercarse a nosotras sin su bastón, pero Alma le ayudó.

- Creo que os merecéis una pequeña lección para que no tengáis más tentación de ser los listillos de la clase. Tú ya sabes cómo funciona esto, ¿verdad?-, continuó, dirigiéndose a Diego-. Ah, y tenéis que darle las gracias a vuestra amiga Ana por esta oportunidad.

Sentí sus miradas a través del pelo, pero fui incapaz de devolvérselas.

- Tranquilos, ella también tendrá que aprender con quién se la juega.

Pude ver al boxeador cerrando los puños y acercándose lentamente. Disfrutaba buscando nuestro miedo, sorteando el primer golpe que iba a dar.

Y de pronto una veintena de agentes salieron de entre las sombras y corrieron hacia él. No le dio tiempo a reaccionar. David L. trató de huir y después juró que no tenía nada que ver con aquello. Ambos fueron detenidos. Yo saqué a Martín del vehículo y le abracé. En ese momento noté los músculos de las piernas rígidos después de todos aquellos días.

 

De camino a la comisaría me disculpé con Alma y le expliqué lo sucedido. Durante la segunda visita a la policía, después de que me robasen el bolso en la discoteca, además de pedir que investigasen la página de DUD, dejé la dirección de este blog y poco tiempo después un inspector se puso en contacto conmigo para confirmar que se había interesado por la trama y para pedirme que siguiera anotando todo lo relacionado con ella. Nos comunicamos a través del buzón de mi casa y cuando Laura me ordenó llevar a Alma al lugar en el que se habían sucedido las agresiones creyó que era el momento de actuar.

Sabía que estaba siendo vigilada, así que debía ser discreta. Eso implicaba no acercarme a ella para advertirle de lo que iba a suceder. Pero sí me puse en contacto con el empleado del garaje. Aquella tarde le di una nota en la que le pedía ayuda y otra en la que le advertía de que la policía iba a actuar. Al recibir sólo la primera de vuelta comprendí que estaba dispuesto a colaborar y a permitir que los agentes se escondiesen en el sótano.

Y eso fue todo. Algunas personas fueron detenidas, escuché nombres que me congelaron el aliento, pero Laura sigue desaparecida.

No sé qué sucederá con Alma y con Diego, ni qué alcance tendrá esta historia, pero la mesa está puesta y la cena me espera al otro lado de la locura.

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El encargo

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diciembre 18, 2013 por anagomez

Algunas veces todo lo que conoces te golpea en la boca para que no te pases de listo. Duele.

Recuerdo que miré el reloj después de que David L. saliese del despacho. Eran más de las siete de la tarde. Había algunas luces encendidas, pero las sombras dominaban ese espacio vivo y teñían el aire. Los cristales ya no eran cómplices, sino enemigos, y los silencios estaban llenos de misterios.

Martín y yo no fuimos capaces de hablar, sólo pegamos nuestros hombros y esperamos. Tuvimos el presentimiento de que algo iba a complicarlo todo y así fue.

Cuando salimos de allí todavía caminábamos muy juntos. Era de madrugada y la ciudad no iba a ayudarnos. Rita había llamado 7 veces a mi teléfono y 5 al de Martín. También tenía mensajes de Antón y Salva.

Estaban en la cocina esperándonos con té caliente. Pasamos toda la noche hablando de lo sucedido y pensando qué podíamos hacer a continuación. Se marcharon cuando el sol se empezaba a colar entre la ropa tendida en el patio y Martín y yo nos quedamos sentados en silencio. Había demasiadas palabras y estaban desordenadas, aunque un encargo iba tomando forma entre tanto caos.

La mañana me despertó con resaca. Apenas había dormido y cuando había conseguido cerrar los ojos había soñado con arañas y almacenes gigantes de color gris. Preparé café y me senté delante del ordenador para escribir este relato que nos puede rescatar de la pesadilla.

 

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Todo lo sucedido la tarde anterior parecía más irreal a la luz del día. Aquellos pasos seguían siendo definitivos y esa figura conocida resultaba excepcional. No podía dejar de mirarla y no podía esconder mi fascinación. Esa encargada de discoteca estridente se había aparecido delante de nosotros disfrazada de seguridad. Esa Laura mascachicles se había convertido en una persona diferente, cargada de elegancia y poder y entonces me di cuenta de que el disfraz era el que llevaba cada noche en aquel antro.

No comprendía aquel giro y eso le resultaba divertido. Nos invitó a pasar de nuevo al despacho y esta vez fue ella la que ocupó la butaca tras la mesa. David L. se quedó de pie a su lado con las manos agarradas detrás de la espalda. Los roles se habían vuelto a repartir y ahora sí parecían definitivos.

- Cuánto tiempo…-, hasta su voz parecía diferente-. No te veo desde aquella noche…

Recordé la tarde siguiente en comisaria haciendo inventario de mis pertenencias.

- Lamento lo sucedido, no es mi estilo robar bolsos, pero es evidente que necesitabas un empujoncito.

Apenas la escuchaba. Trataba de sumar todas mis conversaciones que habíamos mantenido, todos nuestros encuentros desde la madrugada del 1 de enero.

- Estás muy callada Ana-, comentó inclinándose sobre el tablero-, ¿es que me ves muy cambiada?

- Pues sí-, contesté sacando fuerza del estómago-, no te reconozco.

- Bueno… Es lo que pretendo-, guardó silencio durante un instante-. Mi vida es muy complicada, ¿sabes? Tengo que ir con cuidado.

Martín estaba muy rígido a mi lado. Recordé que había sido Laura la que le había dado mi número de teléfono. Nos había dirigido sin hacer ningún esfuerzo.

- Pero no hablemos de mí-, continuó con un gesto tajante-. Tengo que reconocer que al principio no confié en ti, eras tan paradita… Siempre metida en tus libros… Pero por suerte me ayudaron a ver tu potencial-, concluyó girándose hacia David L.

- ¿Potencial para qué?-, quise saber.

Aquello provocó la risa de aquellos dos personajes incongruentes.

- ¿Para qué va a ser?-, preguntó levantando las manos-, para formar parte de nuestro grupito de amigos.

El corazón dio un golpe dentro de mi chaqueta de lana. Por fin habíamos llegado a algo interesante.

Laura abrió el cajón en el que el apoderado guardaba el tabaco y sacó una carpeta.

- Durante todo este año te has esforzado mucho para que te aceptemos y lo has conseguido.

Y entonces empezó a colocar sobre el escritorio fotografías en las que aparecía junto a David L. en casa del boxeador, con Alma en el Pasaje Mutualidad, en el guardarropa de la discoteca, dentro del garaje, frente al portal de Diego, en mi ventana.

- Aquí están tus méritos-, dijo sonriente.

Comprendí que aquello me comprometía con todo eso que desconocía y que me estremecía.

- Ahora ya puedes hacer tus preguntas.

- ¿Qué es Do ut des?-. Tenía la sensación de haber hecho aquella pregunta 702 veces aquella tarde.

Se levantó, dio la vuelta a la mesa y se apoyó delante de nosotros.

- No es más que un grupo de personas que se ayudan unas a otras-, explicó-. Do ut des… doy para que me des. Todavía no sabes, no sabéis, la suerte que tenéis de contar con estos amigos, de lo mucho que pueden hacer por vosotros, lo lejos que os pueden llevar-, continuó apasionada.

- ¿Quiénes son?-, intervino Martín.

- Eso es algo que nadie sabe-, respondió Laura-. Esta red ha ido creciendo y ha alcanzado posiciones que jamás creeríais.

Sentí vértigo al imaginar qué tipo de favores se intercambian en esta trama y especulé con nombres, rostros, cargos.

- ¿Qué queréis de nosotros?-, pregunté.

- Eso no es lo importante-, se escapó-. Lo fundamental es lo que podéis obtener vosotros de DUD.

Volvió al otro lado de la mesa.

- Pero necesitamos comprobar vuestro compromiso-, apuntó recostándose en su asiento.

Cogió un bolígrafo y señaló la imagen de Alma con él. De pronto me di cuenta de que el frio me había envuelto por completo.

- Esta chica tenía una carrera prometedora-, reveló Laura mirándome sin pestañear-, pero eligió un camino equivocado.

Pensé en Alma, que había hipotecado su vida para tratar de aclarar quién había destrozado la de su pareja.

Ya es hora de que tengamos una charla con ella-, continuó aquella mujer con sombras-, pero estoy segura de que no responderá a mi llamada. Tú serás la encargada de convocarla.

Todos compartimos un silencio sombrío.

- No-, grité.

- Verás-, dijo Laura-, tu amiga se ha metido en esto porque su amiguito quiso dejarnos.

Estaba atrapada en el medio de una red violenta y pegajosa.

La encargada se levantó de nuevo y se dirigió a la puerta seguida por el apoderado

- El director de un diario nacional me ha comentado que busca redactor jefe, me habías dicho que eras periodista, ¿no?-, me guiñó un ojo-. Ya sabes lo que puedes ganar y todo lo que tienes que perder-, se despidió-. El jueves 19 a las 15 horas en el garaje.

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Deux ex machina

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diciembre 17, 2013 por anagomez

El cemento había calentado el aire de aquel lugar mucho tiempo atrás y lo había guardado como un tesoro inconfesable.

David L. se quedó 17 segundos frente a nosotros. Sonriendo y moviendo las rodillas. Y después hizo un gesto para que le siguiéramos y se dio la vuelta. Caminó despacio entre maquinaria extravagante y enormes tanques oxidados. Era una persona bastante más pequeña de lo que me había parecido y la tela de sus pantalones se movía dibujando formas hipnóticas.

No era capaz de comprender cómo habíamos llegado a aquel espacio intimidante después de un año caminando debajo del sol y entre la lluvia, por Ballesta, por un puerto azul. Subiendo escaleras en la librería Lello, compartiendo calle con miles de personas, frente a unas pocas que nos quieren detener y separar. Habíamos intuido los secretos de la oscuridad y habíamos dejado que nos separasen.

Pero Martín y yo seguimos caminando cogidos de la mano detrás de aquel sujeto danzarín hasta una gran zona de oficinas. Todas las habitaciones estaban acristaladas, pero algunos ventanales se habían roto y el agujero había sido cubierto con un plástico opaco. Los que quedaban estaban escondidos detrás de una gran capa de polvo.

Un par de estancias más allá se adivinaban movimientos e incluso pude distinguir el sonido de unos tacones sobre el cemento áspero.

David L. nos hizo entrar a una salita y cerró la puerta tras él.

- Si no le importa espere aquí-, pidió a Martín con tono cordial-. Tengo algunos asuntos que tratar con la señorita Gómez.

- No-, empezó a decir él, pero hice un gesto para que se tranquilizase.

Desde el despacho que había detrás de la siguiente cristalera podía verle sin problema.

El apoderado cerró y me señaló un sillón destartalado que había frente al escritorio. Él se sentó al otro lado y apoyó los codos en el tablero como un niño en la mesa del profesor. Recordé a Alicia en ese mundo que le queda grande.

- Bueno, por fin está aquí-, comentó distraído-, llevamos tiempo esperándola.

Quise preguntar quiénes eran los que me esperaban y para qué, pero entonces me di cuenta de que nunca le había dicho una sola palabra y me encogí acobardada entre muelles.

- ¿Qué le parece todo esto?-, preguntó abriendo mucho los brazos y mirando en todas direcciones.

- No sé qué es esto-, contesté con sinceridad.

Se rió con un movimiento teatral y escuché a Martín revolverse en su sillón de cuero envejecido.

- Bueno, nosotros tampoco sabemos muy bien quién es usted-, continuó, recuperando la seriedad en un instante-. Ana, Alejandro… nos ha engañado durante mucho tiempo, ¿no cree? Pero la entiendo.

Abrió un cajón y sacó un paquete de tabaco. Cogió un cigarrillo y un mechero y dio la vuelta a la mesa para ofrecérmelo, pero no quería fumar. Volvió a su sitio y lo encendió con calma.

- ¿Qué es todo esto?-, insistí.

Mi voz sonó más aguda de lo que me hubiera gustado.

- Nos ha obligado a utilizar más recursos de los que solemos utilizar-, prosiguió, ignorando mi pregunta-, pero ha merecido la pena. Ahora ya está usted dentro.

Noté la presión de aquel ambiente viciado sobre mi espalda. David L. tiró la ceniza al suelo y continuó.

- Reconozco que en aquella fiesta estaba un poco achispado y había muchas personas a las que no conocía-. Comprendí que se refería a esa reunión monstruosa en casa de boxeador-. Y no me acordaba de usted, no se ofenda.

Me miró en silencio buscando una absolución insustancial y encontró mi rostro vacío.

- Desde el principio sabía que había algo raro en ese Alejandro, pero me apeteció jugar un poco-, explicó brevemente-. Y usted me siguió el juego, ¿eh? Me sorprendió recibir su respuesta a ese acertijo retorcido.

Apagó el cigarro en el suelo y se acomodó en su butaca.

- Y un día la vi salir del despacho de ese gilipollas de la discoteca -. Su mirada se llenó de desprecio, por primera vez no fingía-. Él ya me había enseñado la carta de esa metomentodo que había trabajado allí, así que la seguimos hasta el garaje. Relacionarla con ese aspirante misterioso fue cuestión de tiempo.

Sentada frente a aquel tipo que cada vez tenía más cara de secundario con necesidad de aplausos, recordé cientos de escenas en las que un malvado patético completa la trama de la película antes de intentar acabar con todos los testigos, como un Deux ex machina miserable.

 

Deux ex machina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miré a mi espalda y vi a Martín mordiéndose las uñas en aquella antesala inútil.

- La estoy aburriendo, ¿verdad?-, dijo David L.

-¿Qué es Do ut des?-, quise saber. Me había cansado de aquella charla estudiada.

Miró la mesa y dibujó algo con el dedo pensativo.

- Creo que no soy yo el que le tiene que explicar eso.

Se levantó y salió de la habitación. Martín dio un salto en su asiento, pero David L. pasó por delante de él sin mirarle.

Pensé en huir, pero no conseguiríamos escapar de aquello por mucho que corriéramos, así que esperamos juntos, escuchando voces oscuras que golpeaban el techo. Dos pares de zapatos se acercaron, unos torpes y rápidos, los de aquel mafiosillo a medio hacer, otros ágiles y femeninos.

Cuando se detuvieron frente a aquel despacho nuestro gesto se desencajó. Durante varios segundos fuimos incapaces de aceptar aquella verdad…

 

Mañana cerraré este episodio delirante, aunque la historia todavía no ha terminado.

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Ritmo

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diciembre 10, 2013 por anagomez

Efectivamente, Antón y yo compartimos silencio y canelones en la encimera de la cocina. Hace más de una semana. Hoy todo es diferente, la soledad nos está ganando una partida más y ya no quedan recetas ni pasos de María en el portal.

Se marchó en medio de una tormenta de la que yo ya no puedo escapar.

Siento haber asustado a mis amigos y me esforzaré por contar todo lo que pasó desde aquel viernes.

 

29 de noviembre

 

El día despertó en aquella oficina con cristales velados y ritmo inquieto. No había olvidado la cita en el garaje, pero había vuelto a concentrarme en la rutina, en los anuncios de perfumes y préstamos fáciles.

Aquel personaje que había dirigido mi vida durante varios meses había huido sin atender a nuestras preguntas, pero el miedo que había visto en sus ojos era una respuesta. Tenía que descubrir qué inquietaba a ese grandullón inconsciente y lo hice.

A las tres en punto apagué el monitor, buscando Changes entre los temas de David Bowie en el teléfono, y entré en el ascensor de la oficina detrás de un tipo que permaneció de espaldas a mí. Cuando salió se despidió del empleado de seguridad y entonces me quedé rígida en mitad de la recepción.

Conocía aquella voz. Sus palabras estaban grabadas en mi cerebro: “No sabes en lo que te estás metiendo, déjalo estar si no quieres tener problemas muy serios”.

Era imposible que todo aquello fuese casual. Apenas una semana atrás había vuelto al garaje en el que trabajaba y ahora estaba allí.

Sin pensarlo fui detrás de él. Puede que yo también sea una inconsciente o que esta historia sin fin me haya convertido en alguien diferente.

Me mantuve a distancia y le vi dar la vuelta al edificio por una calle por la que nunca había ido y de repente se coló en un pasadizo precipitado. Dejé pasar un par de minutos y nadie entró o salió de allí, así que me acerqué. Estaba prácticamente sola y tuve que concentrarme en el compás que marcaban mis botas para no salir corriendo. Entré en aquel callejón que atravesaba las entrañas de la oficina. Sabía lo que iba a encontrar cuando llegase al final, pero de pronto escuché pasos al fondo. Me escabullí sin hacer ruido y me fui directa al metro, buscando The man who sold the world en la pantalla del móvil.

 

30 de noviembre y 1 de diciembre

 

El fin de semana prometió miles de minutos rebeldes y se marchó sin despedirse, agarrado a la guitarra de María.

Martín estuvo fuera de Madrid hasta el lunes y Salva pasó el sábado con su familia, así que intenté no aburrirme con mi compañía. Desayuné tostadas con nocilla, me reconcilié con el gimnasio y releí la Carta a una señorita de París. Encendí la televisión y la apagué cuatro veces, di un paseo por el Canal de Isabel II y deseé no haber visto todavía la película que cambiará mi universo. Busqué un regalo, comí pipas, ojeé El País.

Confirmé que la realidad es más absurda que los conejitos vomitados por Cortázar, que las políticas de cuchilla se complementan con patéticos spot navideños, que Robin Hood llena grandes carteras falsificadas con billetes robados a los pobres para hacerse rico y que ese cobarde del sillón más grande sigue haciendo un muro con nuestras opiniones. Todos defienden la misma patria y no es la tuya.

 

2 de diciembre

 

De nuevo la mañana llegó cuando ya me había encerrado en ese espacio degenerado. No podía pensar en nada que no fuese aquel pasillo, pero tampoco importaba. Durante 8 horas tuve la certeza de que era la protagonista involuntaria de una comedia negra y quise saber cuántos espectadores tenía, así que a las tres en punto volví a dar la vuelta al edificio.

Busqué un lugar seguro al otro lado de la calle y pasé al menos una hora vigilando la entrada a esa realidad perversa. No pasó nada. Nadie entró ni salió y apenas pasaron un par de coches por delante. Daba la impresión de que fuese un territorio ajeno a la ciudad.

Y por fin decidí entrar. La sensación de pánico que había tenido el viernes anterior me volvió a dominar, pero fui capaz de avanzar.

Durante varios metros el pasadizo se estrechaba a ambos lados, pero de pronto se abrió en una especie de patio con una claraboya que dejaba entrar una luz mentirosa. Había llegado al final del recorrido. Frente a mí había una puerta metálica protegida por un panel numerado y por aquella imagen.

La había encontrado. Era la araña que David L. había enviado a mi Alejandro a través de DUD.

Durante unos segundos no supe qué hacer y después me acerqué a la puerta y la empujé, pero no se movió. Entonces sonó mi teléfono dentro del bolso y volví a correr lejos del caos.

Cuando llegué a casa de Martín le hablé de todo ello, aunque mi mente sólo podía concentrarse en un número. Pensamos avisar a la policía, pero no teníamos nada que contar que motivase la entrada en ese sitio ajeno, de manera que sólo podíamos hacer una cosa.

Cuando nos acostamos seguía repitiendo esa cifra armónica: 5481.

 

3 de diciembre

 

Me desperté convencida de que recordaría ese día el resto de mi vida y me despedí de Martín en la entrada del metro.

Ya no veía ninguna razón para meterme en aquella oficina de cartón piedra, pero debía mantener la sensación de normalidad. Durante toda la mañana busqué algún indicio de lo que estaba sucediendo realmente allí, pero nada se salió de lo común.

Cuando salí a la calle Martín me esperaba. Le cogí de la mano y le guié. Repartimos el temor y el coraje y respiramos el último pedazo de libertad antes de marcar los cuatro dígitos en el panel. La puerta se abrió y se cerró detrás de nosotros con un ruido incondicional. Nos dimos la vuelta sobresaltados y allí estaba él.

- Bienvenidos-, dijo sonriendo-, les esperábamos desde hace mucho tiempo.

 

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¿Ana?

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diciembre 3, 2013 por anagomez

Ana 2

 

Esto fue lo último que escribió Ana. Lo acabo de encontrar encima de su escritorio.

Soy Rita y creo que puede haber pasado algo.

El viernes hablé con ella y me dijo que sabía qué pasos tenía que dar. No quiso contarme nada más por teléfono y no nos vimos durante todo el fin de semana, así que hoy he decidido venir a su casa.

Antón me ha dicho que tuvieron esta conversación el domingo y que ayer no la vio. Tampoco ha hablado con Salva y Martín tiene el teléfono apagado.

Si alguien sabe dónde puede estar que nos diga algo, por favor.

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En la cueva otra vez

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noviembre 26, 2013 por anagomez

Fotos nuevas

 

Alma y yo pasamos un par de horas sentadas en el coche de Salva. En aquella cueva de nuevo. Me sentía acechada por animales subterráneos y apenas confiaba en un plan que sólo estaba basado en sospechas y temores.

En aquel periódico ponía que el ataque había tenido lugar de madrugada, así que había recogido a Alma cerca de la medianoche y juntas nos habíamos metido en aquel lugar, el mismo que ella había compartido con el jefe unos meses atrás. Pero la noticia no especificaba dónde se había producido. Por eso había pedido a Rita que vigilase el portal del boxeador. Debía seguirlo cuando saliese por si utilizaba otros garajes como cuadrilátero.

Sin embargo, tenía la intuición de que no sería así.

Martín había venido detrás de nosotras con su coche y estaba aparcado varios metros más allá, preparado.

Los nervios se apretaban entre mis costillas en medio de aquella oscuridad. Había decidido confiar en una chica que no traía referencias.

Le había mandado un mensaje unas semanas atrás para contarle lo que tenía pensado hacer y enseguida había aceptado escribir la carta que Antón y María habían entregado al jefe. Aquel efecto teatral tenía su firma.

- ¿Qué pasó aquí?-, le pregunté, rompiendo la gravedad de aquel silencio.

- Básicamente le dije que iba a descubrirle-, comentó mirando por el espejo retrovisor como si hubiese esperado aquella conversación durante varias semanas-. Se rió de mí. Me dijo que no tenía nada que descubrir, que dejase de torturarme y que le dejase en paz.

Yo también buscaba sombras en todas las esquinas, aunque podía sentir la compañía prudente de Martín.

- Le dije que no se relajase y me marché-, concluyó.

Entonces recibí un mensaje de Rita, para cerrar aquel episodio y abrir una nueva página: “Está saliendo”. Un quejido se escapó de mi garganta.

 

 

Mi amiga me iba relatando brevemente los movimientos de ese tipo miserable desde cada semáforo, acercándose. No pude evitar recordar aquella historia que me contaba mi madre en un estudio lúgubre en la que un espíritu sube escalones uno a uno, despacio, devorando el terror de Marieta, hasta llegar a su lado: “Está entrando en el garaje”.

Enseguida vimos las luces rodeando aquel espacio difuso y deteniéndose frente a nosotras. Alma estaba rígida, pero en cuanto vio al jefe salir de su coche abrió la puerta del pasajero y caminó hasta situarse a su lado.

- Veo que no te cansas de mí-, dijo él con una sonrisa colocada en la mitad de su cara.

- Esta es la prueba que necesitaba para relacionarte con aquello-, comentó ella con serenidad mal fingida.

- Ya sabes que casi nunca te entiendo, cariño-, respondió él acercándose para tratar de tocar su cara-. Dime, ¿a quién has traído?-, preguntó volviendo a su posición inicial.

Era mi turno. Salí despacio del asiento del conductor, animada por el juego de siluetas de mi acompañante. Me apoyé en el maletero del coche de Salva y por primera vez me di cuenta de que aquel ser era humano. Trataba de encajar la imagen que tenía frente a él, pero le resultaba imposible hacerlo.

Habían sucedido muchas cosas desde principio de año que aquella banda de cuatreros no había podido dirigir, pero al instante se repuso y esa sonrisa cuadrada volvió a su sitio.

- Ahora puedes explicarme cuáles son esos planes que tienes para mí-, comenté sin perder el control de mis manos.

Abrió la boca y se rió a carcajadas.

- Chicas, no sabéis en lo que os estáis metiendo.

Había escuchado aquella frase muy cerca de ese lugar, aunque en la superficie, donde el aire todavía recuerda sus obligaciones.

Miré hacia atrás y entonces Martín encendió las luces largas y el sudor iluminó la piel temblorosa de aquel personaje.

- Escucha-, dijo mirándome a los ojos-, cuando no volviste a aparecer me cabreé y quise acojonarte un poco.

Parecía un animal tratando de encontrar su madriguera, buscando la manilla de la puerta desesperadamente. Aquel movimiento meditado durante otras madrugadas le había asustado. De nuevo parecía sincero.

- Chicas, vamos a olvidar todo esto-, cerró-. Marcharos de aquí y seguid con vuestra vida.

Apenas nos dio tiempo a replicar. Una vez más desapareció dejando un sonido de neumáticos escurridizos en los muros.

Martín se acercó a nosotras y le explicamos lo sucedido. Aquellas luces le habían aterrorizado y no comprendíamos por qué, pero sí sabíamos que lo mejor era salir de aquel lugar cuanto antes.

De vuelta a la ciudad dormida las farolas nos acompañaban. Alma y yo quisimos guardar los recuerdos para cada una. Parecía imposible que ella perdonase a la persona que había roto su vida, pero yo no podía evitar pensar que sólo era el peón sin escrúpulos de una partida salvaje.

 

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noviembre 19, 2013 por anagomez

Ya se habían marchado todos y Martín y yo fregábamos vasos agotados y agotábamos migas de hojaldre con pollo y sobrasada. Habíamos celebrado el cumpleaños de Antón y una nueva oportunidad para María. En otra ciudad, al norte de varios ríos, sin cruzar el mar.

Habíamos planeado la primera visita que le haremos y las primeras filloas con miel y nata que compartiremos.

Habíamos puesto una vela en el centro de la mesa, habíamos bebido vino y habíamos hablado con voces arrebatadas de mierda acumulada en las rocas, las aceras y los despachos. Parece que nadie la ha colocado ahí y nadie quiere limpiarla. Hay que reconocer que tienen habilidad para esconder la mugre en cajones cargados de billetes pegajosos, para disfrazarla de éxitos y cargarla en el lomo de los que tratan de sobrevivir debajo de montones de basura que no han generado. Quieren hacernos responsables de su nulidad, cerrarnos la boca con multas cargadas de ceros, mientras celebran sentencias absurdas que ya habían pagado hace 11 años. Pero no pueden evitar la peste a chapapote cada vez que abren la boca.

Habíamos guardado una carta en el bolso de María y nos habíamos despedido. Secábamos vasos desafiantes cuando recibimos un mensaje: “Hecho”.

Dentro de dos días habrán pasado tres años desde que ese boxeador convertido en matón de garaje dio una paliza a un chico, otro. Lo habíamos leído en un periódico al sol de febrero en La Latina. Esa será la ocasión de dar la vuelta a este teatrillo verbenero y conseguir aclarar cuál es mi papel en él.

Llevo estudiando mis frases desde aquel 3 de abril en una esquina sombría y el miedo escénico ha desaparecido. Necesito conocer lo que tiene que contar ese tipo que sigue participando en mis movimientos después de haber dejado su cueva.

Seguíamos viendo Twin Peaks en el sofá cuando Antón volvió a casa. Dejamos al Agente Especial Cooper soñando cuartos intoxicados y salimos a la galería para conocer los detalles de la noche.

- Hemos ido a la discoteca-, dijo mi compañero.

Encendí un cigarro y abrí la ventana para no molestarle.

- Hicimos lo que nos dijiste-, continuó-. Fuimos a la barra y le dimos la carta al camarero.

- ¿Le visteis dársela a alguien?

- Sí-, respondió,- a la estirada esa que anda por ahí.

Se refería a Laura, la encargada. Si ella la había recogido llegaría al jefe.

- Después nos fuimos-, explicó-, por si nos conocía alguien.

Al cabo de un rato Antón se fue a dormir. Había pasado la noche de su cumpleaños haciendo recados intrigantes para ayudarme. Martín y yo nos miramos sin hablar. Habíamos completado la primera parte de aquel plan calcado y ya sólo podíamos esperar.

Dentro de dos días volveré a aquel garaje hostil para encontrarme con ese personaje secundario, como hizo Alma unos meses antes, pero no iré sola.

 

Carta

 

 

Puede que sea un error confiar en ella, como me había advertido Othelo, pero estamos unidas por un antagonista común.

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noviembre 12, 2013 por anagomez

Seguimos difuminados, buscando pistas que se esconden detrás de los espejos unidireccionales. Seguimos haciendo planes con cervezas frías y papeles usados. Intentando encontrar una solución que no será amable.

Todavía no me he quitado ese disfraz de periodista que me queda grande, aunque he cambiado de escenario. Busco huellas en las puertas acristaladas de la empresa en la que trabajo por orden de una sombra imprecisa que me maneja con hilos de seda.

Cada día a la misma hora tomo café con mis compañeros, tratando de averiguar si son amigos o enemigos y si yo soy presa o trampa, pero ellos no me van a dar la respuesta. Quizá no la conocen. Y por la tarde busco la manera de seguir adelante. Recuerdo los tambores electrónicos que nos llevaron a la boca del lobo y la calma que se sucede y que siempre pasa. Reviso el correo electrónico de un Alejandro creado y repaso las líneas de esa araña una y otra vez.

Miro el número de teléfono de Alma en la pantalla de mi móvil y busco nuevos mensajes en Do ut des, pero David L. no quiere poner otro anzuelo. Ya estoy donde él quería y sigo chocando con las paredes, pero puede que haya encontrado un pasillo que él no vigila.

Rita camina a mi lado, entre bolsas amontonadas con la basura de una alcaldesa satisfecha con su ignorancia y hojas húmedas, igual que aquel día. Igual que Martín y Salva.

 

Basura

 

Siento no poder contaros más, pero esta historia se escribe y se revisa cada día con los comentarios de todos los que queráis participar. Espero vuestra ayuda, la misma que me habéis regalado antes, en esta página incompleta. Ha comenzado la cuenta atrás. 9 días hasta ese 21 de noviembre… *

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Noche de brujas

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noviembre 5, 2013 por anagomez

Me metí en un vagón de metro cargado de personas que sabían a dónde iban y me llevó a mi cama. Allí no tenía que pensar, podía abrigarme con la oscuridad anaranjada de las calles y recordar una canción que probablemente nunca haya oído.

Aquel lunes pensé que la realidad habría querido convertir mis minutos en desiertos, pero enseguida me saqueó con su habitual violencia.

Durante estos 15 días he perdido una hora, un eclipse de Sol y un día de superstición y buñuelos, he vuelto a estudiar inglés, he probado una mascarilla de cactus de Panamá, he visto Searching for Sugar Man y he hecho un comecocos con papel, pero no he conseguido que tome decisiones para mí.

 

Comecocos papel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas semanas miles de personas se han vuelto a vestir de blanco y de verde para defender lo que fue suyo, mientras los que se lo han quitado huyen de sus despachos para disfrutar de la ignorancia en familia. Es la noche de brujas y todo vale, Take a walk on the wild side. Los sátiros se visten de cura, los curas se disfrazan de educadores y los mismos cretinos de siempre vuelven para asustar a los niños con el clásico discurso de héroe sacrificado por la patria.

La negligencia se esconde bajo tierra y la tortura más atroz se engalana en las fronteras. Es un día para recordar a los muertos, pero sólo a aquellos que nos resultan cómodos, que no nos quiten el sueño y el hambre.

Pensé dejar la oficina. Había aprendido que en esta fiesta de caretas nada es casual. Si Diego había trabajado allí significaba que la empresa estaba relacionada con esa trama siniestra en la que estaba atrapada. Me enredé con las sábanas y cerré los ojos y entonces me descubrí realmente enfadada conmigo. Había llegado demasiado lejos para echarme atrás, aquel lugar era el único que podía darme respuestas y tenía que seguir adelante.

Cuando llegué a la puerta tenía los hombros rígidos, estaba expuesta en aquella mesa impersonal, “ellos” sabían que estaba allí, “ellos” me habían metido allí.

Pero no sucedió nada. Y los días que siguieron a aquel martes tampoco pasó nada, así que hoy he reunido a mis amigos alrededor de una mesa con el calor de las castañas asadas. Quiero recordarles que se acerca una fecha importante.

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